Las escaleras del poder
- Escrito por Juan Antonio Palacios Escobar
- Publicado en Tribuna Libre
Subir y subir las escaleras hasta alcanzar el poder, puede ser como un viaje al paraíso o un camino hacia el infierno, según los momentos, con tiempos para el triunfo y espacios para el fracaso, experiencias que nos favorecerán o perjudicaran y de las que guardaremos recuerdos agradables o intentaremos borrar de nuestro disco duro.
En ese trayecto tendremos secretos inconfesables o pregonaremos a los cuatro vientos nuestros talentos presentándonos como el mejor de los mejores, aunque todo sea una escenificación y una dramatización para que nos conozcan, nos reconozcan y seamos respetados.
Vamos superando escalón tras escalón, y construyendo nuestro relato para explicar nuestro ascenso entre agresiones y aceptaciones, decisiones e inhibiciones, transparencias y opacidades, e imaginamos que podemos llegar muy lejos, aunque nos quedemos a gran distancia de lograr ejercer el poder, más en una visión artificial que real.
El recorrido hasta llegar a la cumbre estará salpicado de luces, penumbras y sombras, proyectando nuestra influencia o siendo irrelevantes, contando herramientas del mundo de internet como las redes sociales o confiando en la Inteligencia Artificial, en ocasiones, más que en los creadores humanos.
Correremos el peligro de convertirnos en máquinas robóticas, sin olvidarnos de nuestra responsabilidad ética o conducirnos a través de prejuicios y dejándonos llevar sin atender y analizar lo que ocurre en nuestro entorno, ni transmitir empatía hacia nada ni hacia nadie ni considerarnos irremplazables, hasta conseguir utilizar la Inteligencia Artificial como herramienta multiusos.
La llegada al poder, a veces, se logra a saltos que nos lleva al futuro a desarrollar capacidades que no soñábamos que íbamos a alcanzar. Acceder a bases de datos con tipologías de usuarios y clientes, nos produce la sensación de juego, de sentirnos como nuevos y hace volar nuestra imaginación.
Es importante en el poder mantener una estética, donde no afeemos nuestra realidad, ni agrandemos las desigualdades y las polarizaciones, en los que haya más momentos para la cultura, y no desperdiciar el tiempo en discusiones banales, aburridos y aletargados.
Los políticos deben aprender a no crear más problemas de los que realmente soportan los ciudadanos y ciudadanas, y entre andares y caminos, pitos y flautas, caras y caretas, dimes y diretes, alegrías y tristezas, conflictos y crisis, pongan todo su empeño y voluntad en resolverlos.
A quienes quieren ejercer el poder tenemos la obligación de exigirles que cumplan con lo que nos prometieron, pero además tenemos el deber de no utilizar un doble lenguaje pidiéndoles lo que nosotros no somos capaces de hacer, sino estaríamos incurriendo en todo aquello que criticamos.
La pluralidad del panorama político nos ofrece todo tipo de sujetos y especímenes, incluso la de aquellos que practican el parricidio como en la tragedia de Edipo Rey, bien dominado por los celos, por romper lazos de dependencia, por intentar ser ellos mismos, por la necesidad de llenar el mundo, de ilusión, de afirmarse, por debilidad o por influencia de propios y extraños.
Entre el asombro y el descontento, resulta difícil encontrarnos a aquellos que son constantes en sus planteamientos hasta el agotamiento, y con estupefacción asistimos a la permanente judialización de la vida política o “lawfare”, de tal manera que diera la impresión que aquello que no se lleva a los tribunales, no existe, en lugar de practicar el diálogo para llegar a acuerdos que beneficien a todos y todas, o respetar la discrepancia como una saludable práctica democrática.
Resulta difícil entender, que aquel que no está de acuerdo con nosotros puede ser en el peor de los casos nuestro adversario, pero de ahí a convertirlo en enemigo irreconciliable va un abismo sin sentido, al igual que percibir a los ciudadanos y ciudadanas como quienes nos sirven y no como a quienes hemos de rendir cuentas.
El dilema en la actividad pública, debe ser una constante que nos sitúe necesariamente en la crítica y la autocrítica: si realmente queremos subir las escaleras del poder, hemos de servir a la comunidad y no aprovecharnos de ella, hemos de ser fuertes ante los fuertes, ser leales a nuestros principios y colocar nuestras convicciones por delante de la legitima ambición y los deseos de protagonismo.
La lucha por el poder lleva a algunos y algunas a la ceguera, a no ver ni aquello que tienen delante de sus narices y ante cualquier problema que les surge al paso, se inventan conspiraciones, promueven filtraciones e intoxicaciones de todo tipo y cuando se ven perdidos culpan al mensajero que les ha estado sirviendo.