El crimen de Cuenca, una película de Pilar Miró...
- Escrito por Antonio Chazarra Montiel
- Publicado en Tribuna Libre
CONTRA EL BLANQUEO DE LA TORTURA Y DE LA MISERIA MORAL
Tiempo que entreabre los párpados
y se deja mirar y nos mira
Octavio Paz
Los intentos por blanquear el franquismo deberían estar condenados al fracaso. Sólo por ignorancia, mala fe o ambas cosas a la vez, se puede presentar a la dictadura como un periodo dorado de prosperidad.
El franquismo no fue otra cosa que una fuga de plomo a ninguna parte. Unos años antes de su final era un juguete roto que yacía abandonado en el rincón de los trastos inútiles de la historia. Algunos pretenden resucitarlo.
Fue una etapa de ausencia de derechos, eliminación de toda libertad, torturas, vejaciones y un rígido control presidido por una censura omnipresente.
En 1979, Pilar Miró, una mujer valiente, tuvo el coraje cívico y democrático de rodar El crimen de Cuenca que describe mucho más que un error judicial. Muestra a las claras como los regímenes totalitarios recurren al miedo para mantener adocenada y sumisa a la población.
Hoy, 6 de diciembre, en el cuadragésimo sexto aniversario de la aprobación de la Constitución mediante referéndum, me viene a la memoria el impacto que en su día tuvo El crimen de Cuenca.
Se había aprobado la Constitución, más aún quedaba por delante un largo camino por recorrer. La película encontró serias dificultades para poder estrenarse. Un ministro franquista, Ricardo de la Cierva, acostumbrado al ordeno y mando de la dictadura, la considero peligrosa y actuó contra ella. Quizás no sea ocioso recordar que gobernaba la UCD.
Se consideró, por parte del bunker y de algunos poderes fácticos, que ofendía a la Guardia Civil y a la judicatura. Los defensores del dictador y de su régimen, demostraban tener la piel muy fina. De hecho, hubo que esperar hasta 1981 para que el Tribunal Supremo autorizase la proyección de la película.
¿Por qué la consideraban peligrosa, cuando los hechos que narraba ocurrieron a principios de siglo, en 1910? El caciquismo y los abusos de autoridad, entonces y mucho tiempo después, acampaban por sus fueros. No era difícil establecer correlaciones y similitudes y los espectadores las establecieron.
El crimen de Cuenca se interpretó como un alegato contra la tortura, el silencio impuesto y la impunidad. Estábamos “saliendo” de una etapa represora y manipuladora.
Los regímenes dictatoriales consideran menores de edad y súbditos a los ciudadanos. La censura infantiliza e impide que el espíritu crítico aparezca y se manifieste. De ahí que los regímenes totalitarios “pretendan controlar” lo que puede leerse o no, lo que puede pensarse o no… y las películas que pueden ser vistas. Algunos nostálgicos que tergiversan lo acaecido sin pudor, reivindican –y lo que es peor, ganan adeptos en las redes sociales- poniendo como ejemplo de paz y progreso a este régimen liberticida.
Por supuesto, callan alevosamente, que toda disidencia era sancionada, que no había más partido político que Falange, que casi todo estaba prohibido y lo demás era obligatorio. Se nos impedía que la mejor literatura del siglo XX o las mejores películas llegaran a las pantallas o lo hicieran con “grotescos recortes”.
A aquellos que intentan blanquear un pasado antidemocrático, hay que recordarles, por ejemplo, que no existía Constitución, ni libertad de expresión, ni el más mínimo respeto por los derechos humanos. Por no hablar de las torturas a los detenidos o el peligro constante de quienes luchaban por la libertad o la justicia. Era obsesivo el afán de tenerlo todo “atado y bien atado”
Algunos datos vendrán, sin duda bien, para recordar la película. Nos describe un “error judicial” que pone de manifiesto los efectos nocivos de dar patente de corso a los cuerpos represivos o a miembros indignos del aparato judicial.
En un pueblo de Cuenca, Osa de la Vega, “desapareció” José María Grimaldos, alias “El Cepa”. Unos días más tarde la familia lo denunció. Dos lugareños: Gregorio Valero y León Sánchez, fueron detenidos y posteriormente puestos en libertad.
Poco tiempo después, Emilio Isasa, llega a Belmonte como juez. No vacila en reabrir el sumario. Nuevamente, Gregorio y León son detenidos y torturados salvajemente por la Guardia Civil, hasta declararse culpables de un crimen que no habían cometido.
El fiscal no tuvo dudas en pedir la pena de muerte para ambos, que en esos años sería por garrote vil. Fueron condenados a dieciocho, de los que cumplieron once.
Las torturas, palizas e indefensión de los detenidos, a muchos de los que vieron la película, les recordaba lo que había sido el régimen de horror, opresión e indefensión de la dictadura.
Percibieron los espectadores que era un alegato contra la tortura. Por eso, se habló mucho de ella y por eso intentaron que no se proyectase. Ese es el motivo de que permaneciera secuestrada, más de año y medio y que su directora Pilar Miró tuviera que afrontar un proceso militar.
Quienes pretenden banquear la dictadura son fervientes partidarios de censurar libros, prohibir representaciones teatrales e impedir, por todos los medios a su alcance, que determinadas manifestaciones artísticas puedan exhibirse.
Los juicios sumarísimos estaban repletos de irregularidades y, en muchos casos, la sentencia estaba escrita antes de celebrarse. Con una indudable maestría, Pilar Miró, describe como años más tarde el supuesto asesinado reaparece sano y salvo.
A título de ejemplo, señalemos que durante algunos días, los detenidos fueron alimentados con bacalao sin desalar, negándoles el agua. Incluso se cuenta que fueron colgados por los genitales y que salvajemente les arrancaron dientes y uñas. Algunos espectadores relacionaban esto con lo sucedido en los calabozos de la Puerta del Sol.
Mención aparte merece el papel de algunos miembros de la Iglesia. El cura del pueblo, llamado Pedro Rufo, recibió una carta en la que se le pedía la partida de bautismo de “El Cepa”. Lejos de responder, la ocultó. Todas estas mentiras y tergiversaciones quedaron manifiestas cuando “El Cepa” apareció por las calles del pueblo.
La justicia poética creo que existe. Mientras Pilar Miró era encausada, El crimen de Cuenca, ganaba el Oso de Oro en el festival de Berlin. Me parece un dato representativo de lo lejos que estaba la España de la dictadura de las democracias europeas. Un dato que deberían tener presente quienes tanto la añoran y echan de menos.
El denominado Caso Grimaldos dio mucho que hablar. Ramón J. Sender, por ejemplo, escribió en su momento, la novela El lugar de un hombre (1939), poniendo especial énfasis en que las redes caciquiles seguían operativas.
Los lectores interesados, creo que deben volver a visionar la película y procurar acceder al film documental Regresa El Cepa, de Víctor Matellano. Aclara muchas cosas, haciendo hincapié en lo que todavía no podía decirse cuando se rodó El crimen de Cuenca.
No deben olvidarse estos hechos, cuando algunos vociferan esgrimiendo un revisionismo, tan ignorante como malintencionado. Debe recordarse que la inseguridad genera miedo, aleja de la política y del interés hacia lo público.
Todo régimen democrático se basa y se fundamenta en una ciudadanía que crea en los valores de justicia, igualdad y solidaridad. La responsabilidad individual debe dar paso a una responsabilidad cívica colectiva, aunque solo sea para alejar “algunos fantasmas ridículos”, disfrazados de observatorios científicos, con su ataque furibundo a la racionalidad y a la herencia de la Ilustración. Sólo así es posible el terraplanismo, las predicciones astrológicas disparatadas y su “pensamiento mágico”.
Recordemos que para los antiguos griegos la verdad era un velo que había que descorrer. Hay que atreverse a arrancar, sin tapujos, tantos velos de demagogia que se exhiben a diario en redes sociales.
El filósofo estoico Epicteto ya formulaba que “nadie que tenga miedo, pena o perturbación es libre”. La ignorancia “dinamita” los puentes que el hombre ha establecido con tanto esfuerzo, con una visión del mundo racional.
El franquismo, que algunos pretender blanquear, fue un periodo arbitrario y vacio de dignidad. Es preciso arrancar esa máscara que todavía hoy aliena, uniformiza y divulga sin pudor, tergiversaciones burdas de la realidad que intenta hacer pasar por “un relato fiable” e incluso patriótico.
¡Qué asco! Todos los esfuerzos por desenmascararlos y combatirlos son urgentes, así como un deber democrático de memoria.
Películas como El crimen de Cuenca, fueron necesarias cuando se estrenaron… y lo siguen siendo ahora.
Antonio Chazarra Montiel
Profesor Emérito de Historia de la Filosofía, Colabora o ha colaborado en revistas de pensamiento y cultura como Paideía, Ámbito Dialéctico, Leviatán, Temas de Hoy o la Revista Digital Entreletras.
Ha intervenido en simposios y seminarios en diversas Universidades, Ha organizado y dirigido ciclos de conferencias en la Fundación Progreso y Cultura sobre Memoria Histórica, actualidad de Benito Pérez Galdós, Marx, hoy. Ha sido Vicepresidente del Ateneo de Madrid.
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