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Cuando puse una pica en Flandes


(Tiempo de lectura: 3 - 5 minutos)

La memoria es selectiva y, por tanto, traicionera. Cuando hice mi tesis doctoral no tenía trabajo ni beca de ningún tipo. Me financiaba ayudando a mi padre a pintar pisos. Aquel fue, por tanto, un tiempo de inseguridad y de incertidumbre. Eso es verdad, aunque no toda la verdad. Por eso mis recuerdos prefieren centrarse en la dimensión épica de lo que fue, sin lugar a dudas, una de las grandes aventuras de mi vida.

Una vez escuché que una tesis era formación y no experiencia vital. Eso, aparte de una estupidez, demuestra una frágil comprensión de lo que supone el trabajo intelectual. Se puede excusar el disparate en una persona cualquiera; no tanto en una militante de izquierdas supercomprometida. Aunque, pensándolo bien, tal vez la culpa no fuera del todo suya. La lógica de la militancia y la del conocimiento son distintas y, en ocasiones, enfrentadas. A una le importa la causa; a la otra, la simple verdad.

Hice mi tesis sobre la JOC (Juventud Obrera Cristiana) porque entonces yo era militante de ese movimiento, en la federación de Besòs-La Pau, y me pareció lógico unir ese aspecto de vida con mi trabajo académico. No imaginaba entonces la de sorpresas que me iba a llevar. Imbuido de cierta memoria histórica, imaginaba a Cardijn, el sacerdote belga fundador, como una especie de revolucionario, un teólogo de la liberación antes de la teología de la liberación. La documentación de los años 20, como el Manual de la JOC, me bajó brutalmente a la realidad. Aquella era una organización muy distinta a la que yo conocía, con su conservadurismo moral, su paternalismo hacia las chicas y su anticomunismo. Tenía elementos renovadores, como su obrerismo, pero también otros que se situaban en una larga tradición católica.

Siempre tuve claro que, entre mis ideas preconcebidas y los documentos, debían primar los documentos. Así que escribí una historia intentando reflejar fielmente todo lo que había descubierto, sin confundir el deseo con la realidad.

Ahora, en el momento de escribir estas líneas, la JOC celebra en Montserrat sus cien años de historia. Los jóvenes, por la naturaleza de las cosas, tienden a creer que el mundo empezó con ellos y que nuestro pasado son solo batallitas. No obstante, la memoria se me escapa con nostalgia, una vez más, a aquel tiempo heroico en el que tenía veintiséis años y estaba dispuesto a remover el mundo para averiguar lo que nadie más sabía. Así que, por ejemplo, me marché a Bruselas en autobús. Nunca olvidaré aquel trayecto matador de dieciocho horas. Después haría viajes mucho más largos en kilómetros, nunca en tiempo.

En la capital belga me acogieron los sacerdotes que hacían de consiliarios para la JOCI (Juventud Obrera Cristiana Internacional). Me hicieron un gran favor porque así no tuve que pagar alojamiento. El barrio donde vivían tenía un rasgo muy peculiar: había establecimientos donde chicas atractivas se ofrecían a los clientes en los escaparates. Me encontraba inmerso en una comunidad cristiana muy sensible a la situación de los más necesitados. Les acompañé una medianoche en la que salieron a ayudar a los mendigos.

Conocer a la JOCI era conocer, por así decirlo, a “los otros”. Yo venía de una JOC que pertenecía a la CIJOC (Coordinadora Internacional de la JOC), constituida a raíz de la división internacional de mediados de los ochenta. En nuestra “memoria” histórica, la JOCI era el fruto de una escisión. Mi investigación me demostró lo contrario: los escisionistas habíamos sido nosotros, protagonistas de un golpe de Estado con el apoyo de los obispos.

No fue el único caso en el que la evidencia documental cuestionaba la verdad recibida. En el archivo de la JOC valona consulté un ejemplar de la tesis de Marc Walckiers sobre la juventud de Cardijn. Imagínense mi sorpresa —mis ojos se pusieron como platos— cuando encontré el testimonio de Charles, el hermano del protagonista. Su familia no era obrera. Su padre tenía una tienda de carbón, que es algo distinto a bajar a la mina. Todo eso contradecía abiertamente una versión de los hechos que todavía hoy se repite sin crítica.

Tuve también el privilegio de conocer a Jacques Meert, el primer secretario de la JOC belga, un anciano encantador de 96 años. En la pared tenía una imagen con sus dos colegas del trío dirigente: el presidente Fernand Tonnet y el tesorero Paul Garcet, ambos muertos en el campo de Dachau durante la Segunda Guerra Mundial. Cuando le pregunté por qué la imagen estaba incompleta, puesto que faltaba él, me respondió con viveza: “¡Porque yo estoy vivo!”. Por supuesto, le hice firmar un ejemplar de la biografía de Cardijn que escribió junto a Marguerite Fiévez. Todavía guardo el libro como una de las reliquias más preciadas de mi biblioteca.

Aquella aventura en Bélgica tuvo consecuencias que llegan hasta la actualidad. Me dijeron que en el archivo de la JOCI se guardaban documentos que evidenciaban que Juan XXIII no era tan progresista como todos nos imaginamos. No pregunté, porque estaba allí para investigar la JOC catalana y no me pareció oportuno apartarme del guion, pero el caso es que desde entonces he intentado imaginar lo que dirían aquellos papeles.

Aunque no fueron buenos tiempos, recuerdo mi tesis con añoranza. Si me hubiera dedicado a otro tema, tal vez mi carrera como historiador habría sido distinta y mejor. No importa. Puedo decir, con Édith Piaf, que je ne regrette rien. No me arrepiento de nada. Todavía hoy, cuando releo mi propio trabajo, siento un legítimo orgullo. Eso es algo que vale más que cualquier otra cosa, que el dinero o los títulos. Ninguno de los libros que he escrito después se le puede comparar. Aquella experiencia me formó como historiador y me aportó un sentido de identidad. Si me considero especialista en algún ámbito del conocimiento, ese es la historia de la JOC.

Francisco Martínez Hoyos (Barcelona, 1972) se doctoró con una tesis sobre JOC (Juventud Obrera Cristiana). Volvió a profundizar en la historia de los cristianos progresistas en otros estudios, como su biografía de Alfonso Carlos Comín (Rubeo, 2009) o la obra de síntesis La Iglesia rebelde (Punto de Vista, 2013). Por otra parte, se ha interesado profundamente en el pasado americano, con Francisco de Miranda (Arpegio, 2012), La revolución mexicana (Nowtilus, 2015), Kennedy (Sílex, 2017), El indigenismo (Cátedra, 2018), Las Libertadoras (Crítica, 2019) o Che Guevara (Renacimiento, 2020). Antiguo director de la revista académica Historia, Antropología y Fuentes Orales, colabora en medios como Historia y Vida, Diario16, El Ciervo o Claves de Razón Práctica, entre otros.


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