Sin insultos ni reproches
- Escrito por Juan Antonio Palacios Escobar
- Publicado en Tribuna Libre
Debemos aprovechar cada minuto para ver y sentir lo bueno que tenemos y lo que podemos aprender y disfrutar con los demás. Hay especialistas en impregnar la realidad de huellas tóxicas, y solo transmiten pensamientos y sentimientos negativos, tratando de sembrar el daño y la destrucción.
Las palabras no dichas no existen, pero lo escrito es como el viento pasa con más o menos velocidad y apenas queda en el recuerdo sino es constantemente difundido y repetido, lo visto se fija en la retina pero sobre todo en nuestras neuronas como si fuera un mensaje que deberíamos almacenar para siempre.
El camino de la democracia es siempre difícil, se hace día a día y es un proceso de permanente diálogo, de renuncia de quien más tiene, de comprensión y compromiso de quien es más inteligente y de respeto de todos con todos, pero en mayor medida de quien ostenta mayor responsabilidad hacia el conjunto de la ciudadanía.
Existe la tentación del despotismo ilustrado y falsamente democrático del siglo XXI, de establecer reglas generales perversas que predeterminan la ineficacia y el incumplimiento posterior, o bien ignorando las normas y la facilidad para saltársela a la torera, o montando organizaciones paralelas que se encargan de adoptar las verdaderas decisiones en la sombra o de bloquear aquellas que adoptan los órganos soberanos y representativos y que no son de interés y agrado.
La democracia, como el menos malo de los sistemas posibles, es aprender a vivir en el respeto, ganándolo minuto a minuto, dotándonos de autoridad moral y tratando a los demás con la misma consideración, que nosotros debemos exigir con que se nos trate.
Mostrar atención hacia todos y todas, hacia niños, jóvenes y mayores, hacia quien tiene mayor responsabilidad que nosotros y aquel que depende de nuestras decisiones, nos ayuda a ser mejores personas. Algunos hemos tenido la oportunidad de aprender a ser responsables que es la mejor autopista para conseguir valorarnos a nosotros mismos y a los demás.
No insultar ni dedicarnos a hacer reproches, es la mejor manera de cumplir con nuestros deber es, acuerdos, palabras y promesas, de aprender a ser cada día mejores demócratas, de no creer nunca que el poder que tenemos en determinado momento delegado por los ciudadanos es nuestro y para siempre, de no gastar como privado lo público, de pedir perdón cuando haga falta y corregir errores cometidos.
Quienes tienen el privilegio de haber sido elegidos por los ciudadanos para desempeñar una función pública, o aquellos que son designados por el poder democrático para llevar a cabo tareas de gobierno y administración de los bienes de la comunidad, tienen la obligación de transmitir un comportamiento ético y ejercer una pedagogía no sólo con las palabras sino con sus gestos, mostrando su templanza y tolerancia hacia quienes tienen ideas y visiones de la realidad completamente opuestas a las nuestras.
Nuestra actitud debe ser en todo momento consecuente como personas y como demócratas convencidos, permitiendo la expresión de pensamientos y sentimientos con los que no estamos de acuerdo, siempre que estos a su vez sean respetuosos con los demás, resolviendo los desacuerdos y los conflictos desde el diálogo y superando cualquier intento de violencia.
Resulta desgraciadamente normal y frecuente, observar como la sociedad en la que vivimos en esa carrera desenfrenada de prisas y vísceras, olvida la capacidad para escuchar lo que los demás han de comunicarnos, el contenido de los discursos y la moral de las actuaciones de los otros, el tomar en serio sus opiniones, sus emociones y sus deseos.