Contra los trazos gruesos a propósito de Venezuela
- Escrito por Eduardo Montagut
- Publicado en Tribuna Libre
Siendo muy joven y estudiando Historia comencé a darme cuenta de que no me gustaban las equidistancias, que había que comprometerse claramente, y del mismo modo no cegarse y no defender lo indefendible tampoco. En ese momento, lo pensaba en relación con la Guerra Fría. No me gustaba nada lo que ocurría al otro lado del Telón de Acero, me horrorizaba el Muro de Berlín, el Gulag, el estalinismo y la forma de proceder que tenía la URSS. Pero, ¿eso me hacía ser un defensor de todo lo que hacían o supuestamente defendían los Estados Unidos? No. Cierto es que preferiría vivir en New York que en Moscú, pero me parecía horrible la caza de brujas, el macartismo, la Guerra de Vietnam o las intervenciones en América Latina siempre en defensa de dictadores y de dictaduras sanguinarias como las que se padecieron en el Cono sur del continente. No fui nunca defensor del régimen castrista, pero tampoco del bloqueo que sufrían los cubanos y que, en realidad, hizo más fuerte al comunismo de la Isla.
Entonces, ¿no estaba tomando partido o no me estaba comprometiendo? Ni mucho menos, me comprometía con ideas de izquierda, pero intensamente humanísticas del socialismo democrático, en favor siempre de los derechos humanos, pareciéndome tan terrible el Gulag como aquella Escuela donde se enseñaba a torturar a los aprendices de dictadores latinoamericanos.
Siempre sentí alergia por la demagógica de los discursos que escuchaba desde Cuba, pero comprendí muy pronto que Nixon era un enemigo de las libertades y la democracia en su país y en el mundo o que el experimento chapucero de la Bahía de Cochinos no buscaba, precisamente, la democracia. ¿Por qué tenía que defender que Estados Unidos enviase a miles y miles de sus jóvenes a morir a Vietnam, y por qué no podía atacar al comunismo vietnamita, al comunismo paleolítico coreano, a la “revolución cultural china” o después al horror de los jemeres rojos en toda aquella área del mundo?
Compromiso siempre, pero con la libertad, con la vida, con los derechos, con el respeto casi sagrado al derecho internacional, con la soberanía de cada Estado y contra las dictaduras y los dictadores, pero también contra los supuestos defensores de la democracia que buscaban y buscan simplemente renovar con mimbres nuevos el imperialismo de siempre, basado en el manejo de las materias primas y la energía.
Y todo esto vuelve hoy. Defender el chavismo o a Maduro desde el mundo occidental es, cuando menos, de una frivolidad mayúscula, y obviar las persecuciones es imperdonable, sin olvidar también que ese chavismo surgió, en gran medida, por el nivel de podredumbre al que había llegado el sistema político venezolano en el cambio de siglo, que se nos olvida muy pronto, como se nos olvida la corrupción sistémica de Batista también, o como algunos, aún más olvidadizos, no se acuerdan de la autocracia zarista, de los millones de campesinos rusos muertos en las trincheras de la Gran Guerra y de las mujeres hambrientas en las heladas calles de San Petersburgo.
Y dicho esto, ¿por qué no puedo criticar intensamente la violación, sí, violación del derecho internacional ante lo que acabamos de ver con helicópteros y misiles en Caracas?, ¿eso significa que defiendo a Maduro? Nunca, aunque no me crea lo del narcotráfico, pero sí el autoritarismo y la imposición que hemos visto día a día.
No soy equidistante, ni mucho menos, no puedo serlo con la demagogia populista autoritaria supuestamente de izquierdas, ni mucho menos con la arrogancia de quienes se creen los únicos capacitados para intervenir vulnerando las leyes internacionales y, además, aplicar dobles raseros, cuando en el Mediterráneo Oriental llevamos un tiempo viendo morir cada día a decenas y decenas de personas, niños incluidos, supuestamente por salvar a Israel y a Occidente, y no se interviene para llevar a los responsables de las matanzas ante un tribunal en New York o más cerca en Europa.
Todavía hay que insistir en todo esto y más en clave española, harto de la falta de pensamiento crítico y de los brochazos en las declaraciones, cuando, en realidad, además, es aún muy pronto para saber qué va a pasar en Venezuela.
Equidistancia nunca, pero sí juicio crítico, análisis de todas las variables, serenidad en las opiniones, pero firmeza inquebrantable por la democracia de verdad, por el derecho internacional, por las libertades y el respeto a la vida.
Eduardo Montagut
Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.
Premio Mejor Aliado 2024 de la Asociación Blanco, Negro y Magenta.