Precedentes lejanos del socialismo: Utopía de Moro
- Escrito por Eduardo Montagut
- Publicado en Tribuna Libre
Los humanistas concibieron unas construcciones teóricas alejadas ciertamente de las experiencias prácticas que habían planteado los reformistas religiosos más radicales. Plantearon, a través de análisis y especulaciones, unas soluciones alternativas a un mundo injusto y que no les gustaba. En otro contexto y en el futuro, los futuros socialistas utópicos harían algo parecido.
El inglés Tomás Moro (1478-1535) fue, sin lugar a dudas, uno de los humanistas más destacados, además de protagonista trágico de la historia inglesa en el momento del trascendental cambio que supuso el reinado de Enrique VIII y la creación de la Iglesia Anglicana. Su ejecución le convirtió en santo de la Iglesia Católica.
Su gran aportación sería su obra Utopía, un libro que salió publicado en 1516. Con su este texto y su título sería el creador del concepto moderno de la utopía, sobre un término griego que significaría “no y lugar”, sin olvidar la inspiración de La República de Platón. E n la primera parte de su obra Tomás Moro realizaba una crítica muy severa a la Inglaterra de su tiempo. Explicaba los numerosos delitos de robo, a pesar de los severos castigos que se imponían, y el desplazamiento de los campesinos por las ovejas, alterando de forma significativa la estructura rural. Los grandes propietarios se habían hecho con la propiedad comunal provocando la miseria general entre los campesinos. La situación de los siervos emancipados sería durísima porque no tenían trabajo, por lo que parecía comprensible que se dedicaran a los robos y a cometer otros delitos. Los castigos siendo tan duros lo que único que conseguían era generar una situación general de embrutecimiento. Al final, Moro concluía que donde existía propiedad privada todo se medía con el valor del dinero y era imposible llevar a cabo una política justa con éxito. Se era más feliz en aquellas situaciones en que se compartían las cosas.
De ese modo, entre los utópicos, es decir, entre los habitantes de Utopía, predominaba la armonía y la igualdad porque habían abolido la propiedad privada.
Utopía estaba compuesta por veinticuatro ciudades y granjas regularmente distribuidas por todo el territorio, y todas ellas con las mismas dimensiones. Se habría conseguido que la mitad de la población viviera en el ámbito urbano y la otra mitad en el rural, turnándose cada seis meses, dándose del caso de que, en tiempos de cosecha, una gran parte de la población urbana acudiera para ayudar en el campo.
A través de elecciones se elegían a los “filarcas”, y sobre ellos a los “protofilarcas”, cuya asamblea escogía, a su vez, entre cuatro hombres propuestos por el pueblo, el jefe del estado con carácter vitalicio. Los doscientos profilarcas se renovaban anualmente. Por otro lado, con cierta regularidad tenían lugar plebiscitos para tratar de asuntos relevantes de la isla de Utopía.
En el plano social se planteaba una alternativa evidente al mundo real. Todos los adultos debían aprender agricultura y un oficio según la tradición familiar o por elección personal. Gracias al trabajo general obligatorio la jornada laboral era escasa, de seis horas. Por la mañana había conferencias científicas, cuya asistencia era obligatoria para los científicos, pero voluntaria para los demás. Por la noche, el tiempo se empleaba con juegos, como el del ajedrez, la música y otras distracciones. Pero los juegos de azar estaban prohibidos.
El sistema familiar era rígido, bajo la autoridad del jefe militar. Las familias se mantenían gracias a los almacenes estatales de subsistencia. Las comidas eran colectivas y se comía separados por edades y sexos. En las mismas habría lecturas. Existían, además, hospitales para los enfermos.
En Utopía se cuidaba mucho de que no hubiera desigualdades en el suministro, con distribuciones equitativas de los excedentes a través de entregas gratuitas o bajo precios muy moderados o a crédito. El dinero estaba en manos del Estado. Los castigos para los criminales, en todo caso, muy escasos, eran humanos, sin pena de muerte, y solían ser de trabajos forzados. Pero había esclavitud en Utopía. Eran los condenados por trabajos forzados y extranjeros comprados, así como prisioneros de guerra y esclavos voluntarios que procedían de otros lugares.
En Utopía dominaba una moral de tipo hedonista en búsqueda de la felicidad como una virtud. Era una moral perfectamente compatible con la ayuda al prójimo.
Pero en política exterior se planteaba una clara apuesta nacionalista, y se establecían los tipos de guerras justas que se podían emprender, estando, por 12 otro lado, permitidos todo tipo de ardides en el combate. Los mercenarios debían ser los encargados de la guerra para evitar a los utópicos hacerla, aunque en invasiones estarían obligados a acudir con sus mujeres e hijos mayores. Si valía casi todo en la guerra, en la victoria había que ser, en cambio, benévolo.
En conclusión, Moro planteó un modelo que, con aspectos socialistas, era bastante moderado, muy vinculado al universo de las comunidades cristianas o monásticas, eso sí, frente al predominio de las tendencias egoístas.
Eduardo Montagut
Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.
Premio Mejor Aliado 2024 de la Asociación Blanco, Negro y Magenta.