La emancipación de la mujer y el socialismo. Segunda Parte
- Escrito por Eduardo Montagut
- Publicado en Tribuna Libre
La incorporación de la mujer al trabajo generó en ciertos sectores del socialismo muchas críticas. Algunos se oponían al trabajo asalariado de las mujeres para protegerlas de la explotación, con no pocas dosis de paternalismo y, también porque consideraban que podía aumentar el número de abortos y la mortalidad infantil. Pero el principal argumento para desentenderse de la emancipación femenina provenía del supuesto aumento del paro masculino, así como del descenso de los salarios al incrementarse la oferta de mano de obra cuando la mujer entrase en el mercado laboral. El intento de algunos socialistas de que la mujer regresase a casa fue contestado por otros. En este sentido, es significativo que Pablo Iglesias explicase en 1888 en las páginas de El Socialista que ese deseo era imposible de cumplir, pero, sobre todo, porque no era muy recomendable para la lucha socialista porque restaría elementos para el enfrentamiento con los capitalistas.
Auguste Bebel, en su obra La mujer y el socialismo (1879) denunció que no todos los socialistas apoyaban la igualdad de los sexos, además de defender la necesidad de abrazar también la causa de las trabajadoras, como común a la de toda la clase obrera. La obra de Bebel llegó, seguramente, en el momento justo porque el sufragismo y el movimiento feminista estaban desarrollando una lucha que se estaba convirtiendo en muy atractiva también para mujeres fuera del ámbito de la burguesía, y porque muy pronto se comenzó a observar que no era tan fácil imbricar la lucha feminista con el socialismo porque, las cuestiones específicas de la primera entraban en contradicción con las más generales, especialmente por lo que hemos expresado de líderes que no terminaban de entender esas especificidades.
El libro de Bebel fue fundamental para el cambio de mentalidades en el seno del socialismo internacional en relación con la emancipación de las mujeres porque consiguió explicar e imbricar la lucha de las mujeres en el seno del socialismo de una forma metódica, y mucho más elaborada que los planteamientos de Marx y Engels. Clara Zetkin lo tuvo muy claro, pero también otra de las más destacadas socialistas, según la opinión que emitió años después sobre la obra.
Estamos hablando de Luise Kautsky, amiga de Rosa Luxemburgo, esposa de uno de los principales socialdemócratas alemanes, Karl Kautsky, y que fue concejala por el USPD, la formación que surgió de la crisis del SPD en la Gran Guerra, terminando sus días siendo asesinada por los nazis.
Luise Kautsky expresó en un trabajo como en 1910 Bebel había presentado la quincuagésima edición de su libro, aludiendo, no sin orgullo, al crecido número de ediciones publicadas en Alemania y en el mundo entero, con traducciones a quince idiomas. Expresó que el libro había dejado huella, y quienes más lo habían propagado habían sido, precisamente, sus enemigos.
Kautsky se demoraba en esta cuestión de las críticas al libro, señalando que pocas obras habían recibido ataques tan enconados y censuras más violentas que la escrita por Bebel. Las claves estaban en que el autor se había convertido en el representante de una corriente nueva. Había sido el primero en valorar una nueva fuerza social porque había instado a la movilización de la mujer contra la sociedad burguesa. Y eso, lógicamente, habría generado críticas intensas.
El autor había entrado en un “territorio virgen”. Bebel, además, no solamente trabajó por el despertar y formación de la mujer, sino también para ganarla para la causa socialista.
Al parecer, Bebel explicó que los dos años que había pasado en prisión le habían permitido estudiar, algo que no había podido hacer en los años de lucha por la vida y por la causa. En el encierro se preocupó por la cuestión femenina porque estudiando a los socialistas y comunistas franceses que se ocupaban de la situación de la mujer, aunque desde una perspectiva utópica, de dio cuenta que en el ámbito alemán había una “formidable laguna”, aunque, bien sabemos que Engels sí se había adentrado en la cuestión.
Bebel, en sus glosas a un escrito sobre un estudio acerca de la verdadera estructura del cristianismo, de Yves Gugot y Segismundo Lacroix, y que había leído en la cárcel, publicó un escrito sobre la situación presente y futura de la mujer. Este opúsculo o suplemento era, a juicio del propio Bebel, el primer trabajo del Partido sobre la situación de la mujer desde el punto de vista socialista. Eso le animó, siempre a juicio de Louise Kautsky, a profundizar y a ponerse al trabajo.
El libro fue impreso clandestinamente en Leipzig, y como consecuencia de la persecución contra la Socialdemocracia, tuvo que aparecer con un título sin alusiones al socialismo, La mujer en el pasado, en el presente y en el porvenir. Y comenzó a ser un éxito entre los socialistas, que lo pedían a través de una consigna, que era el nombre de la compañera de Bebel. Así pues, la obra corrió de mano en mano.
Las ediciones del libro se multiplicaron a la muerte del propio Bebel. Diez años después de este hecho, ya se estaban en 185 ediciones nuevas, algo insólito en la propia Alemania, y más, como decía la propia Luise Kautsky, tratando de un libro sesudo, que exigía atención y estudio, y para el obrero no muy ilustrado, un gran esfuerzo.
La obra de Bebel, en consecuencia, es clave en la Historia del feminismo socialista. La historia de la mujer sería la historia de su opresión. Para el autor alemán la mujer y el trabajador tenían algo en común, la opresión que padecían. La mujer sería inferior al trabajador, tanto por los usos y la educación como por la cuestión de la libertad. Las condiciones mantenidas a lo largo del tiempo se terminaron convirtiendo en costumbres, por lo que parecía como natural y evidente que la mujer estuviera en esa condición de inferioridad. Bebel afirmaba había que demostrarle a la mujer que su situación era indigna, y que ella debía luchar por convertirse en un miembro de la sociedad con los mismos derechos que el hombre, y fuese igual bajo todo tipo de relación.
Parecía que había semejanzas entre la situación del obrero y de la mujer, pero existía una diferencia esencial. La mujer había sido el primer ser humano en sufrir la esclavitud y la servidumbre, antes de que sufriera esa condición el primer esclavo.
Como buen marxista, Bebel afirmaba que la dependencia social encontraba su origen o causa en la dependencia económica del oprimido frente al opresor. Pues bien, desde siempre la mujer se encontraba en esa situación.
Bebel se preguntaba qué lugar debía tomar la mujer en la sociedad, cómo podía desarrollar todas sus fuerzas y aptitudes para convertirse en un miembro de pleno derecho de la sociedad, teniendo todos los derechos, y pudiendo desarrollarse. Pero, y siendo fiel al marxismo, avisaba que la cuestión de la mujer no podía ser para los socialistas más que uno de los aspectos de la cuestión social general. La solución a la cuestión de la mujer pasaba por encontrar la solución definitiva en la supresión de las contradicciones sociales y de los males resultades de las mismas, es decir, no se podía desligar lo que podríamos denominar la lucha feminista de la lucha socialista general.
Así pues, con la desaparición de la esclavitud del salario, que padecerían también las mujeres, desaparecería la esclavitud sexual. Pero eso no se podía realizar a través de la lucha por la emancipación de la mujer que estaban desarrollando las mujeres de la burguesía a través del sufragismo porque esas mujeres no buscaban un cambio radical semejante al que pretendía el socialismo. Ellas disfrutaban de una situación de privilegio en función de la pertenencia a su clase. Por eso, veían el feminismo de signo proletario como una tendencia peligrosa. La diferencia de clases entre obreros y capitalistas también se daba en el movimiento feminista.
Eduardo Montagut
Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.
Premio Mejor Aliado 2024 de la Asociación Blanco, Negro y Magenta.
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