La emancipación de la mujer y el socialismo. Tercera Parte
- Escrito por Eduardo Montagut
- Publicado en Tribuna Libre
A pesar de las ideas de Bebel, las mujeres socialistas constataron que para muchos de sus camaradas de lucha y para las direcciones de los sindicatos y primeros partidos socialistas la cuestión femenina no estaba siendo prioritaria o no se incorporaba debidamente a la lucha general. Eso provocó que comenzaran a movilizarse y a organizarse, reuniéndose para discutir sus problemas. En este sentido, la figura de Clara Zetkin (1857-1933) es fundamental.
Zetkin fue una de las primeras mujeres que ingresaría en los mismos inicios de la Socialdemocracia alemana, porque en 1878 entraría en el SAP que, como sabemos, luego en 1890 pasó a ser conocido como el SPD, es decir el Partido Socialdemócrata Alemán. Teniendo que huir de Alemania por la persecución de Bismarck a los socialistas, se instaló en Zúrich donde entró en contacto con líderes de la importancia de Plejánov y Vera Zasúlich. Luego en París pudo conocer tanto el anarquismo como el marxismo a través de Jenny y Laura Marx, Paul Lafargue y Jules Guesde. Estuvo en la fundación de la Segunda Internacional, y ya en ese momento comenzó claramente su intenso compromiso por la emancipación de la mujer desde las premisas socialistas. En el informe que redactó para el Congreso fundacional trató de la imperiosa necesidad de que se abordase la licha de las mujeres por parte de los partidos socialistas, y de que había que ganarse a las mujeres obreras, marcando claramente la diferencia con el sufragismo. En ese sentido, años después, en 1921 y ya en el seno de la Internacional Comunista, recordó a través de su documento, Directrices para el movimiento comunista femenino, que en la Segunda Internacional se había tolerado que las organizaciones inglesas lucharan por la introducción del voto femenino restringido, pero que de haberse conseguido solamente hubiera aumentado el poder político de los poseedores y reforzado la resistencia contra el reconocimiento del sufragio universal pleno. Pero, sobre todo, denunció que tanto el socialismo belga como el austriaco se habrían negado a incluir en sus luchas por el derecho al voto, la reivindicación del sufragio femenino.
Zetkin tuvo muy clara la separación entre el feminismo socialista y el feminismo “burgués”, como había demostrado en el Congreso fundacional de la Segunda Internacional de 1889, y que analizaremos en el siguiente apartado sobre las primeras formulaciones organizativas de las mujeres socialistas. Pero, además, en ese mismo año, publicó un ensayo titulado, La cuestión de las trabajadoras en el presente, donde estableció una serie de conclusiones fundamentales para el feminismo socialista y para la labor que tenían que realizar los partidos socialistas. En primer lugar, señaló que las condiciones productivas del capitalismo habían revolucionado la condición de la mujer en su base económica, privando de justificación a sus actividades como ama de casa y educadora en la familia, y de hecho privándola de la oportunidad de ejercerlas. Esas condiciones productivas, simultáneamente, a la destrucción de la antigua actividad de las mujeres en el seno de la familia, habían sentado unas nuevas bases para las nuevas actividades de la mujer. Esas actividades habían dado como resultado su independencia económica del hombre, es decir, habían destruido las tutelas que había ejercido éste sobre la mujer. Pero esa liberación del hombre se trastocaría en una dependencia de los capitalistas. Había dejado de ser esclava doméstica para ser esclava asalariada. En consecuencia, la emancipación de la mujer era una cuestión económica, y en conexión total con la de los trabajadores, y no se podía resolver sin ir unidas. Eran dos causas inseparables, y solamente se podrían lograr con el establecimiento de la sociedad socialista, basada en la emancipación del trabajo de los capitalistas. La emancipación de la mujer solamente cabía dentro del trabajo socialista. El movimiento de las que eran “meras feministas” podía lograr algunos puntos, pero no podía resolver la cuestión de la mujer.
El deber del partido obrero o socialista era allanar el camino para la solución de la cuestión de la mujer mediante la organización y la formación político-administrativa de las mujeres, y canalizar la organización de esas trabajadoras. Esto último era, además, un factor fundamental para el progreso del movimiento obrero en general.
Eduardo Montagut
Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.
Premio Mejor Aliado 2024 de la Asociación Blanco, Negro y Magenta.