Relatos sin ruido
- Escrito por Juan Antonio Palacios Escobar
- Publicado en Tribuna Libre
Con muchas de las cosas que pensamos y decimos ponemos a prueba nuestra capacidad de reflexión, la necesidad de meditar aislándonos del ruido que nos rodea, sintiendo que nos puede ayudar en encontrar nuestra verdad y todas aquellas disrupciones que nos alejan de ellas.
La unión que hace la fuerza no se improvisa con pactos borrosos y confusos, entre quienes se han venido insultando un día tras otro y negándose mutuamente la credibilidad. Los ajustes prometidos deben llevarnos a una transformación para avanzar, no para buscar un pasado que ya no existe.
En nuestras relaciones las victorias tácticas suelen ofrecer una satisfacción inmediata. La fortaleza de un Estado, en cambio, se mide en otra escala. No por su capacidad para presionar a sus vecinos, sino por su capacidad para ofrecer estabilidad, oportunidades y esperanza a los suyos.
El resultado de meditar no es la mejora social, sino que sigamos aguantando todo lo que nos incomoda. Preferimos los relatos que escribe la inteligencia artificial porque pensamos que son mejores. Las películas generadas por IA a partir de la actividad cerebral son aún toscas e imprecisas. Hay cosas que es mejor no pensar ni ver todos los días; otras son momentos de magia.
Lo que empieza siendo una reflexión sobre la ternura acaba convirtiéndose en una exploración de los límites de la comprensión y de la extraña confianza que hemos depositado en una de las grandes consignas morales de nuestro tiempo: la empatía.
Si queremos superar el ruido, hemos de recordar constantemente la importancia de ponernos en el lugar del otro. No negar la necesidad de acercarnos a los demás, sino poner en cuestión una de las promesas más seductoras de nuestro tiempo, la de que el sufrimiento ajeno puede llegar a ser comprensible.
En nuestra vida real, no en la leída, preferimos la alegría a la tristeza, la serenidad a la angustia, el ánimo a la depresión, la exaltación a la melancolía, el amor a la envidia, la generosidad al odio, la brillantez a la mediocridad: Un sentimiento negativo puede alterar completamente la visión de las cosas.
Necesitamos saber si nuestras metas son contradictorias para no fracasar. En el mundo actual hay un debate abierto acerca de si la globalización es compatible con la justicia, o si el estado del bienestar es compatible con la eficacia económica.
Para movilizar a la sociedad no hay nada como despertar el odio o el miedo, porque ambos sentimientos proponen metas muy claras: destrozar al enemigo o ponerse a salvo. La civilización occidental ha glorificado tanto las metas personales que ha llevado a la quiebra a todas las metas compartidas. Un proyecto común –proteger la dignidad de las personas-conduce a la defensa de los derechos individuales, lo que en muchos cas os se interpreta como una valoración exclusiva de los proyectos privados.
No nos hacen sufrir las cosas sino las ideas que tenemos acerca de las cosas. Si esto es verdad, la solución es cambiar nuestras ideas, no cambiar la situación. Las sociedades fomentan estilos afectivos diferentes, por ello hay culturas pacíficas, y culturas belicosas, culturas egoístas y culturas solidarias.
La inteligencia triunfante es, pues, la que inventa lo valioso en nuestras vidas, públicas y privadas. Es nuestra gran posibilidad, nuestra salvación. Frente a la torpe, monótona, repetitiva historia de la estupidez –otra equivocación, otro desvarío, otra crueldad, otra matanza, otra batalla, otra obcecación, otra codicia- tenemos que contar la historia triunfal de la humanidad, es decir, de la inteligencia. Esto obliga a despojar de grandeza las acostumbradas narraciones históricas, cuyos argumentos están llenos de ferocidad y ensañamiento.