La convocatoria de elecciones en España el próximo 29 de noviembre ha intensificado un fenómeno cultural que venimos observando: el uso político de la parodia.
Políticos, activistas y comunicadores se burlan de sus adversarios pero… ¿por qué lo hacen? Actualmente, las múltiples formas de la parodia funcionan como estrategias afectivas para transmitir perspectivas ideológicas.
La fuerza de la parodia
Para entender por qué funciona, conviene empezar por el relato. Para el teórico literario Christian Salmon, la política no convence con argumentos, sino con storytelling: un candidato encarna un relato de héroes y villanos, y un destino que cumplir.
Pero si la política es una historia, esta puede ser reescrita. Quien conoce la estructura del relato ajeno puede darle la vuelta, y a quien parodia le basta con apropiarse del adversario y hacer que diga lo contrario.
No es nuevo que la parodia sea política. Lo característico del presente es su centralidad en la comunicación política digital y la velocidad con la que políticos, partidos y usuarios se apropian de una misma forma paródica. Para los críticos de la posmodernidad como Fredric Jameson, la parodia perdió terreno frente al pastiche: una imitación vaciada de reivindicaciones.
Asimismo, el sociólogo francés Jean Francois Lyotard identificó cómo se había debilitado la confianza en las narrativas que prometían explicar y transformar la sociedad.
Las formas actuales de la parodia parecen apuntar a un cambio cultural. Asistimos al reforzamiento de narrativas ideológicas que interiorizamos y utilizamos para desarmar discursos contrarios. La parodia desideologiza el discurso del rival a la vez que impulsa la faceta afectiva de la ideología del emisor.
En este ecosistema, distinguimos dos tipos de parodia: referencial y situacional. La referencial se canaliza mediante forma y contenido. La situacional, en cambio, mediante la inversión de contextos discursivos.
Afectos, parodia y política
Como ejemplo de la primera podemos hablar de la campaña que el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) ha difundido estos días: La fuerza del amor, con la imagen de Pedro Sánchez y su esposa, Begoña Gómez, actualmente en medio de un –muy discutido– proceso judicial por presuntos delitos de tráfico de influencias y malversación. En tiempos de polarización y crispación, un simple beso puede hacer historia.
Las reacciones han sido inmediatas. Partidos y usuarios han convertido el mensaje político en un meme. Así, la referencia del PSOE se convierte en una plantilla que otros mensajes imitan para invertir la ideología original. De esta forma, observamos varias contracampañas paródicas.
El Partido Popular (PP) ha hecho uso de la inteligencia artificial para sustituir a Begoña Gómez por el exministro socialista José Luis Ábalos, actualmente en la cárcel. Así presenta el beso con un condenado por corrupción como “La foto de la campaña”.
El mismo partido también recicló el lema, para publicarlo con una fotografía de José Luis Ábalos y su expareja Jésica Rodríguez. Y el PP de Andalucía alteró el lema para retitularlo “La fuerza de la imputación”, con el antiguo político del PSOE Santos Cerdán León y la antigua vicepresidenta del Gobierno –y ahora senadora– María Jesús Montero.
‘Yo seré un perro, pero no tengo amo’
Sigamos con las parodias referenciales. En abril de 2021, un niño va a esquiar a Navacerrada, donde no se habían renovado las licencias de la pista. Un reportero le pregunta por ello y el chiquillo responde: “No lo cierres, Perro Sánchez, que eres el peor”.
De ese lapsus de pronunciación nació la parodia ideológica de PP y Vox sobre la plantilla del nombre del presidente. Así se orquestó una nueva memeificación: Perro Sanxe. No se trataba de cambiar un nombre, sino de mantener su forma y transformarlo, animalizando a un ser humano. El nombre –Pedro– adquiría los valores despectivos de “perro”: ‘persona despreciable’, según el Diccionario de la Real Academia.
Pero la parodia no acabó ahí. Porque entonces el PSOE diseñó una parodia de la parodia. Para celebrar la victoria progresista de 2023, utilizaron la canción “Perra”, de Rigoberta Bandini.
Tras el conflicto en Oriente Medio desatado por Trump, Pedro Sánchez defendió la paz y publicó un vídeo jugando con sus perros e invitando a una “pausa perruna”. A esto se sumó el videojuego “contra la desinformación” del PSOE, protagonizado por un perro.
Más recientemente, ante la crisis de Ceuta por la entrada masiva de migrantes, el presidente reaccionó ante el partido de ultraderecha Vox retomando la parodia: “Yo seré un perro, pero no tengo amo”. Días después, en campaña para defender las pensiones y el derecho a baja laboral, afirmó: “En la fábula de Pedro y el lobo, el lobo son ellos. Yo en todo caso seré un perro que no tiene amo”.
¿Para qué sirven estas parodias de las parodias? Ideología y afectos se entrecruzan. Ante el insulto, el PSOE responde con humor: se apropia del término, desactiva su carga original y lo reutiliza para introducir su discurso político.
El prime time de la parodia
La parodia situacional funciona de otro modo: traslada el discurso a otra situación comunicativa, donde su sentido se invierte.
La televisión es el escenario ideal, porque basta con intervenir sus reglas para que el mensaje cambie de signo.
Para la administración Trump, el humor político tiene consecuencias laborales. ABC suspendió el programa del cómico Jimmy Kimmel tras sus comentarios sobre el asesinato de Charlie Kirk –aunque después volvió a airearlo– y CBS canceló The Late Show de Stephen Colbert.
Bajo esa sombra, el programa de Televisión Española La Revuelta, que comenzó a emitirse hace dos temporadas, ha convertido en gag su propio final.
El pasado septiembre, su presentador, David Broncano, bromeó con que el torero Morante de la Puebla podría sustituirlo tras las elecciones (que irremediablemente tenían que ser como muy tarde en verano de 2027) si ganan los partidos de derechas. En el estreno dio la bienvenida a “la última temporada”.
Y cuando Sánchez convocó elecciones anticipadas en noviembre, el programa arrancó al grito de “a por el voto, oé”, y se comentó, con guasa, que tal vez se adelantase su final, previsto para marzo.
El planteamiento se sostiene a partir de la duda de qué pasará con la parrilla de Radiotelevisión Española si cambia el gobierno. El espectador no recibe una advertencia política, sino un chiste, pero el afecto sigue ahí. El miedo se comparte con la audiencia y se transforma en risa.
Su rival, el programa de Antena 3 El hormiguero, no se queda atrás. En el regreso tras las vacaciones de verano, Pablo Motos, su presentador, criticó al Gobierno, esta vez por la crisis migratoria de Ceuta. Y dio paso al humorista e imitador Carlos Latre, que volvía al programa caracterizado como Pedro Sánchez con aspecto vacacional.
Latre construye entonces una parodia sobre las soluciones de Moncloa y la entrevista, un formato amable, se convierte en un interrogatorio. El imitador pasa a ser el acusado y el presentador, el fiscal. El humor se convierte en una réplica política al servicio de la línea editorial del programa, conservadora.
La pregunta ya no es solo de quién nos reímos, sino desde dónde y con qué fin. Del meme a la televisión, la parodia deja de ser inocente y se convierte en argumento. Por eso, conviene preguntarse qué ideología viaja con cada chiste.
José Ángel Baños Saldaña, Profesor de Literatura Española, Universidad de Castilla-La Mancha y Guillermo Sánchez Ungidos, Profesor de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada, Universidad de Castilla-La Mancha
Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation.





