En el Reino Unido se aprobó una ley en 2016, conocida con el sobrenombre de “Ley Alan Turing” que perdonaba o indultaba a unas sesenta y cinco mil personas, casi todas ya fallecidas, menos unas quince mil que aún viven, del delito de “indecencia”. Lleva el nombre del genial matemático británico que con su esfuerzo y sin disparar un tiro, ni pilotar un avión, lanzar una granada ni combatir en ningún frente, fue fundamental para vencer a los nazis en la Segunda Guerra Mundial, ya que descifró los códigos secretos que utilizaban. Como es sabido, fue detenido, a raíz de una denuncia que puso por robo, por haber mantenido relaciones sexuales o “actos indecentes” con un amante o novio que estaba implicado en el robo que había sufrido. Fue condenado en 1952. Turing no se defendió ni se disculpó de “su indecencia” porque no consideraba que debía hacerlo. Para no tener que sufrir una dura pena de cárcel aceptó ser sometido a un proceso de castración química, que le causó serios perjuicios físicos. Murió después de morder una manzana con cianuro en 1954, en lo que se declaró oficialmente como suicidio, aunque tampoco las circunstancias de la muerte están completamente claras. De esta forma, el Reino Unido pagaba a uno de los ciudadanos que más ha hecho en toda su Historia para salvaguardar su propia existencia como Estado.