Afganistán. “El Gran Juego”. IX
Cuando la llegada de Henry Rawlinson a Teherán, el conde Ivan Simonitch (embajador ruso) había conseguido ganarse la confianza del sha, y ser más influyente que el impasible Sir John MacNeill, el embajador británico, tanto en sofisticación como en estrategia. En 1837, Simonitch persuadió hábilmente al recién coronado monarca (Sha), para utilizar sus tropas – armadas por los británicos – en otro ataque sobre la disputada ciudad de Herat (en territorio afgano), y le ofreció un señuelo de cincuenta mil tomanes de oro y la condonación de su deuda, a cambio de que le permitiera que se estableciese, un consulado ruso en Herat, una vez que se completase la conquista. Fue una brillante estratagema. De este modo Simonitch, esperaba utilizar al sha como marioneta del zar. Aunque, en realidad, el nuevo monarca persa Mohamed II, llevaba obsesionado desde hacía mucho, con la reconquista de Herat – incluso lo había mencionado en si discurso de coronación – y no necesitaba ningún estímulo ruso, para desear tomar la ciudad.
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