Los test electorales que vienen siendo habituales desde diciembre del pasado año, con Extremadura por inicio, luego Aragón, hace poco Castilla y León, con parada en junio, en fecha por determinar, en Andalucía, representan un vía crucis no precisamente cuaresmal para PSOE, sino también para PP, este último en trance de necesidad de mirar las distancias entre su paso político y el del partido reaccionario en su pleito particular por la disquisición y disputa del entorchado del voto conservador, orientada esta pugna hacia la reconquista del poder ejecutivo, ahora en manos ilegítimas, que son conocedores ambos pretendientes, PP y Vox, del término que embriaga en su concepto y génesis y que están dispuestos a la práctica del olvido cuando se habla de coaliciones entre las formaciones de Génova y Bambú que han arrebatado derechos electorales para sentir el peso de la púrpura sin haber obtenido el triunfo en las urnas.