La llegada al poder de Donald Trump ha resultado mucho más disruptiva de lo que podíamos esperar, incluso teniendo en cuenta sus ya muy singulares manifestaciones previas. Ha destruido cualquier noción de multilateralidad en las relaciones internacionales, instaurando una inaudita preeminencia de la fuerza bruta. La diplomacia, como medio de relación entre países y como intento dialogado de evitar conflictos, ha sido enviada al olvido. Cualquier situación de equilibrio entre los intereses globales de las potencias ha sido dinamitada en nombre de construir un nuevo mundo que, como culmen del cinismo, se ha presentado bajo el relato de poner fin a guerras preexistentes. Ha prendido fuego al comercio internacional como base del progreso compartido, considerando que su balanza comercial negativa era un robo y no, como realmente es, una brutal falta de productividad en su propio territorio. Ha instaurado aranceles comerciales desmesurados de la manera más arbitraria posible, como forma de castigar a los países cuyo sistema socioeconómico y democrático no le agrada. Nunca la metáfora del elefante en una cacharrería había sido tan adecuada como ahora. Ha ocupado la agenda mediática realizando comparecencias explosivas cada día, practicando el matonismo y humillando a quienes estaban presentes. Ha afirmado deshacer las guerras, y lo único que ha hecho es fomentar el genocidio de Israel en Gaza y Cisjordania o empujar a Ucrania a entregarse de forma dócil en manos del imperialismo ru so. Ha intervenido en Venezuela, no en nombre de la libertad, sino del petróleo, para facilitar, mediante una presidenta títere, el saqueo de los recursos naturales por parte de las multinacionales norteamericanas y, por cierto, también de la española Repsol.