Adiós a Miguel Ángel Gozalo, el habitual del “mero-mero”
- Escrito por Antonio Campuzano
- Publicado en Opinión
A muy corta edad, el proyecto de Miguel Ángel Gozalo fue cogido de la mano de su padre al estadio Metropolitano en la remonta de la Avenida de la Victoria a ver a su Atleti, del que nunca se separó pese al contratiempo de su presentación. El central del equipo colchonero despejó un balón que dio en rebotar en el espectador debutante. El defensa acudió al momento de la disculpa, pero el padre no solo dijo que no había sido nada, sino que recurrió con imperativo hacia el contrito, “ y usted, a seguir jugando!”.
Miguel Ángel lo narraba con las palabras de entonces, con los detalles vividos en la grada, ya anunciadores de la profesión que elegiría frente a la protesta del progenitor. Eligió el periodismo y su padre, allí en La Coruña, preguntó: “de acuerdo, pero entonces de qué vas a vivir?”. Gozalo conoció al falangista Rodrigo Royo, en el diario “SP”, a Antonio Fontán, en el diario “Madrid”, a Jesús Hermida, en el piso compartido donde el teclado imparable del onubense, a José Luis Cebrián, en “ABC”, con la geometría de la la mesa de su despacho, ni un centímetro más ni un centímetro menos. Hablar con Gozalo era enfrentarse a una enumeración interminable de anécdotas a cual más excepcional y divertida.
Pocas personas dominaban tanto y tan bien los detalles aparentemente nimios que luego dibujaban la nitidez de los personajes. Propietario de una memoria egoísta, no dejaba a nadie el territorio del recuerdo, pues él ejercía su soberanía y su ejercicio sin estridencia pero con peso inobjetable. Su sempiterna compañera, Maribel Hernando, accedió a la costumbre de las dos horas diarias de natación en el colegio de los Agustinos, incluso llegado a la década de los ochenta, ya residente en la colonia de El Viso, con vistas al Bernabéu, “menudo disgusto”. Ya en la fase final de su vida profesional, estuvo ocho años al frente de la agencia EFE, ahora tan discutida como espacio libre de resonancia magnético-política, de los que salió con un poso de calma y fuera de la obsecuencia que es generalmente debida al partido que te nombra.
Se alejó de los cigarros habanos que tanto le gustaban, pero sin la censura de los ex fumadores. Solamente un pequeño gesto de incomprensión para decir “aquí huele a patio de cuadrillas”. Desarrolló un gusto aproximadamente exquisito al lucimiento del sombrero, en sus versiones estacionales distintas, con predilección por el Borsalino, la elegancia en la cabeza. Miguel Ángel llevaba un tiempo anclado, como él decía, en el “momento Hopper”, por el pintor americano intimista que llevó al lienzo la duda en levantarse para ganar el día. Su inclusión del “mero-mero” como el hincapié en lo sustantivo de la conversación al decir de los mexicanos le hacía reconocible y familiar.
Gozalo representaba la explicación del periodismo clásico de gimnasia argumentativa en la dictadura y la narración de la noticia y su interpretación en ocasión de la libertad de expresión. “No quiero abusar de mi erudición”, acostumbraba a decir con entonación zumbona. Se apoyaba en el enunciado del cronista taurino Julio de Urrutia para ahuyentar el veneno del juicio valorativo en periodismo: “En la profesión, el peor enemigo es la amistad”.
Antonio Campuzano
Periodista (Ciencias de la Información, Univ. Complutense de Madrid), colaborador en distintas cabeceras (Diario 16, El País, Época, El Independiente, Diario de Alcalá), miembro del Patronato de la Fundación Diario Madrid.