Las vidas paralelas de Suárez y Sánchez
- Escrito por Antonio Campuzano
- Publicado en Opinión
Hasta el lunes 29 de abril no se sabrá si hay líneas paralelas entre Adolfo Suárez y Pedro Sánchez en sus sendos itinerarios públicos, cada cual con sus vicisitudes históricas. De 1981 a 2024 hay una diferencia temporal de 33 años, bastante más que una generación, planteada en España, con sus convulsiones y apelotonamientos de acontecimientos de orden político. Es decir, un período suficientemente largo como para poder ser comparado. Pero existen unos contornos que bien pudieran resultar afines entre ambas situaciones.
El abulense hacedor de gran parte del trabajo de la transición presumía con criterio de una condición brava absolutamente convivencial con la tarea histórica, sí histórica, de cambiar las instituciones para así poder cambiar España. Todo eso lo hizo con la fuerza necesaria para solventar los riesgos inerciales de la reacción de una parte de la España oficial que no deseaba cambio alguno y se encontraba cómoda con el post franquismo, con la idea de parecerse cuanto más mejor al franquismo de gran pureza y calidad. En esa línea de bravura se encuentra Sánchez, quien lleva casi una década en posición de combate a muchas atalayas fácticas. Empezó por su propio partido, cuyo sector más envejecido y enriquecido de triunfos electorales treinta años atrás, le pasó factura en ejercicio de glotonería de gloria y egoísmo histórico.
El primer señalado en esa actuación cainita se llama Felipe González, seguido con orden por muchos de aquellos ministros de los ochenta que compartieron consejo de ministros y escalinata de Moncloa. Sánchez se marchó de Ferraz, en octubre de 2016, pero volvió con el incienso de las grandes celebraciones, en mayo de 2017, a la espera de la oportunidad, un año después, de una combinación azarosa y ajedrecística constitucionalmente denominada moción de censura. A partir de ahí, alianzas de amistad y coalición con el poder ejecutivo como principal objeto de deseo. O sea, lo que haría cualquiera que estuviese en su lugar. La última apuesta, la del 23-J, capaz de arrebatar con un juego de sumas y restas la facultad de gobierno al candidato del PP, Núñez Feijóo, y al líder de Vox, Abascal, ha removido toda la orografía del suelo ibérico.
Si en la etapa de Adolfo Suárez había también un ambiente de medios de comunicación poco propicio, si bien no existían las televisiones privadas y tampoco las plataformas digitales y redes sociales, era el Ejército como instancia de fuerza y el propio partido, UCD, con sus grietas y facciones, los que amenazaban la paz material y espiritual del entonces presidente. En el presente, Sánchez no teme la nube tóxica de un poder fáctico como las fuerzas de seguridad del Estado, pero la presión mediática más ulcerosa añade una erosión que a veces aprovecha algún cuerpo ajeno a la pugna institucional clásica para dar entrada en el escenario a esa excrecencia de representación ciudadana que se llama Manos Limpias, que aprovecha centímetros legales para la producción de la inestabilidad. Con la conformidad excepcional de un poder judicial que permite la personación en causas de estrépito social de este sindicato extraño a cualquier juego de representación.
El hartazgo de Sánchez parece manifestarse con toda la sinceridad imaginable y, contrariamente a Suárez, quien recibió el okey de sus anunciados peligros solo veinticinco días después su despedida en cuerpo de golpe de Estado, bien pudiera tratarse de una dimisión para ejemplarizar un aviso de situación límite al comportamiento de algunos grupos de presión social, cuyo recurso al ruido es práctica habitual. La dimisión del jefe de gobierno Costa, en Portugal, al que asemejan con lo que pudiera hacer Sánchez, ha dibujado, tras su inocencia, un cuadro de gobierno en el vecino país que solo se puede calificar como de enorme injusticia y colosal ilegitimidad de una alternancia forzada por una interpretación judicialmente infecciosa y cívicamente perjudicial para al menos la mitad de la superficie electoral.
Suárez hizo temblar la cimentación del Estado, en 1981, con su dimisión. Mucho temblor también ha generado la decisión de paréntesis anunciada por el presidente Sánchez. El Estado de entonces y el de ahora deben saber corregir estas acometidas a la convivencia. El final del libro de moda, España, (Espasa, 21014), de Michael Reid, cita a César Vallejo, para definir lo que es nuestro país entre espasmos, “los valores permanentes de humanidad priman sobre el humo de la locomotora, sobre el plazo bancario, sobre la corneta del automóvil, y sobre el ala convencional del aeroplano”.
Antonio Campuzano
Periodista (Ciencias de la Información, Univ. Complutense de Madrid), colaborador en distintas cabeceras (Diario 16, El País, Época, El Independiente, Diario de Alcalá), miembro del Patronato de la Fundación Diario Madrid.
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