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La buena madre. Debates en torno a la maternidad antes y ahora


(Tiempo de lectura: 4 - 8 minutos)
Dorothea Lange. “La Madre Migrante.” 1936 Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos. Dorothea Lange. “La Madre Migrante.” 1936 Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos.

Laura Dern ganaba en 2019 el Globo de Oro a la mejor actriz de reparto gracias a su brillante interpretación en la cinta Historia de un matrimonio. El punto álgido de su actuación era un breve monólogo escrito por el propio director, Noah Baumbach, que cuestionaba las expectativas sobre padres y madres, y que generó una enorme controversia. En la reflexión de la abogada matrimonialista encarnada por Dern, "La gente no tolera a las madres que beben y le dicen a su hijo ‘cabroncete’. Lo entiendo, yo he sido igual. Un padre imperfecto es aceptable. El concepto de buen padre sólo se inventó hace unos treinta años. Antes era normal que los padres fuesen callados, ausentes, poco fiables y egoístas. Claro que queremos que no sean así, pero en el fondo los aceptamos. Nos gustan por sus imperfecciones, pero la gente no tolera eso mismo en las madres. Es inaceptable a nivel estructural y espiritual. Porque la base de nuestra patraña judeocristiana es María, la madre de Jesús, que es perfecta. Es una virgen que da a luz, apoya incondicionalmente a su hijo y sostiene su cadáver al morir. Y el padre ni siquiera apareció".

La polémica no tardó en aflorar. Y dejó rápidamente patente el enorme peso de las expectativas sociales sobre las madres, así como la prevalencia, aún hoy en día, de un único modelo válido de madre.

El debate sobre la vivencia de la maternidad no es nuevo, pero sí podemos afirmar que ha sido escaso y ha estado siempre acompañado de enormes controversias. Buen ejemplo de ello fue la publicación en 2015 del libro #madres arrepentidas. Una mirada radical a la maternidad y sus falacias sociales, de la socióloga Orna Donath. En este estudio, la autora, especializada en las expectativas sociales sobre las mujeres, derribaba el dogma de que todas las mujeres han venido al mundo para ser madres y realizarse a través de esta maternidad. E introducía, incluso, la posibilidad de que estas madres se arrepintieran de su decisión, lo cual desató una ola de rabiosos ataques contra la escritora. Evidenciaba también la presión para eliminar el yo en favor del nosotros que se impone a cada mujer tras la maternidad, cuando, según Donath, ningún padre se ve forzado a desterrar su identidad individual anterior tras la paternidad.

Pero es necesario poner de relieve que la evolución del modelo ideal de madre a lo largo de la Historia no ha sido inocente, ni mucho menos. Como ya demostró Roger Chartier en su clásico ensayo El mundo como representación, las construcciones culturales implican siempre formas de ejercer el poder. Es decir, a todos los niveles y para todos los colectivos, el imaginario social es una herramienta de control. Y en el caso de la mujer, como género, la maternidad y la reproducción fueron la pieza central de la construcción de su identidad. Asimismo, esta construcción discursiva ha evolucionado a lo largo del tiempo -es un objeto histórico- como puso de relieve Ivonne Knibiehler en su trabajo L’histoire des mères.

Dentro de esta evolución, durante los siglos XIX y XX los sectores más conservadores, añorantes de la moralidad del Antiguo Régimen, se convirtieron en defensores a ultranza de la familia. Pero, paradójicamente, también los liberales la enarbolaron como símbolo, considerándola la garantía de la propiedad privada y del modo de vida burgués, frente a los nuevos modelos de vida que preconizaba las ideologías más izquierdistas.

Dentro de esta izquierda, Simone de Beauvoir daba respuesta en su trabajo El Segundo Sexo al materialismo histórico de Karl Marx y Friedrich Engels. Así, según Simone de Beauvoir, la maternidad se convertía siempre en una servidumbre para la mujer, y no por cuestiones biológicas sino por todo un entramado de argumentos socioeconómicos y sentimentales elaborados por un sistema de dominación masculina. Frente a ello, sostenía que la única solución posible de escapar a esta esclavitud era la negativa a ser madres.

Ya en los años sesenta de nuestro siglo y en Estados Unidos, otra de las grandes intelectuales feministas, Betty Friedman, retomaba estos condicionantes de la construcción de la identidad de género. En su libro La mística de la feminidad abordaba lo que ella llamaba “el malestar que no tiene nombre”. Esto es, el descontento vital de las mujeres de clase media que, siguiendo los preceptos sociales, se habían dedicado a ser amas de casa esperando encontrar en ello la realización personal. Sin embargo, no habían encontrado esta realización y se encontraban sumidas a menudo en estados depresivos sin que nadie hubiera sido capaz de identificar que la causa de este malestar eran los estereotipos de género que se les habían impuesto. Sin embargo, y pesar del enorme éxito del ensayo de Betty Friedan, la “mística de la feminidad” fue sustituida a todos los efectos por una “mística de la maternidad”, que todavía sostenía que la vía de realización vital de las mujeres había de ser, unívocamente, el convertirse en madres.

Si nos centramos en nuestro país, la construcción de la idea de buena madre vino determinado por las diversas coyunturas políticas que hemos atravesado como nación. Así, si bien la presencia de discursos normativos y políticas sobre la maternidad que tratan de imponer comportamientos y sentimientos que consideran propios de una “buena madre” es una constante, estos alcanzan su culmen con la dictadura franquista (1939-1975). Es entonces, como muy bien demuestra la investigadora Giuliana di Febo, cuando la construcción identitaria de la Madre alcanza el rango de responsabilidad nacional y se le atribuyen funciones educativas patriótico-religiosas.

Este constructo fue una constante social a lo largo de todo el siglo XX, como bien ha estudiado la historiadora irlandesa Mary Nash, cuando las representaciones culturales de Ángel del hogar y Perfecta casada cimentaron el culto a la maternidad como horizonte máximo de realización vital femenina. El cambio, sin embargo, se producía en las justificaciones para sustentar esta visión, dejando de lado progresivamente los argumentos religiosos para dar paso a una justificación médico-científica. Buen ejemplo de ello son los trabajos del Doctor Gregorio Marañón, cuya teoría de la diferenciación y complementariedad entre los sexos logró un amplísimo consenso social. Determinadas corrientes feministas participaban de estas posturas, principalmente en los años 20 y 30, atribuyendo a las mujeres una moralidad superior como ciudadanas que emanaba precisamente de su rol natural de madres y cuidadoras.

Algunas escasas voces dentro del feminismo español cuestionaron la pretendida realización vital de la mujer a través de la maternidad. Tal es el caso de la anarquista Lucía Sánchez Saornil, quién en 1935 en las páginas de Solidaridad Obrera, polemizaba con los postulados del Doctor Gregorio Marañón equiparando la reproducción a una herramienta de sometimiento que limitaba el pleno desarrollo de su potencial: “Toda la vida psíquica de una mujer es subordinada a un proceso biológico, y el proceso biológico no es más que el embarazo (…) “Parir, nacer, dar a luz y morir”. Aquí están los horizontes de todas las mujeres”.

Ya tras la muerte de Franco, la Transición democrática trató de romper con estos moldes y con la definición maternal identitaria. Marcando la ruptura con el discurso nacional-católico de pureza, el movimiento feminista reivindicó una sexualidad femenina desvinculada de la procreación. Buen ejemplo de ello fue uno de los lemas de la Asociación Feminista Asturiana: “¡Oh, Virgen María! Tú que pudiste tenerlo sin hacerlo, haz que podamos hacerlo sin tenerlo”.

Estas posturas aperturistas no alcanzaron un consenso mayoritario ni dentro ni fuera de nuestras fronteras, sin embargo. La publicación en el año 2000 del libro de Rachel Cusk, Un trabajo para toda la vida. Sobre la experiencia de ser madre demostraba que cualquier visión de la maternidad que se alejara de lo políticamente correcto continuaba siendo tabú. Las virulentas críticas a la obra de auto-ficción de la autora inglesa no atacaban al libro sino a ella misma, a la que tacharon de madre inepta y poco afectiva.

Las redes sociales, lejos de normalizar la diversidad, han abierto un nuevo capítulo en las críticas al comportamiento de las mujeres en su función de madres. Hasta tal nivel han crecido exponencialmente -tras el anonimato que ofrece internet- que incluso han merecido un neologismo, el mumshaming. Han sido víctimas de estos ataques personalidades internacionales como la modelo Heidi Klum, las actrices Charlize Theron, Angelina Jolie o Katie Holmes o, en nuestro país, Samanta Villar, Soraya Arnelas o Tania Llasera, entre muchas otras. Frente a ello, colectivos como Offmothers o el Club de MalasMadres defienden un concepto más abierto y menos dogmático de la maternidad.

Y es que el tiempo ha pasado, pero la redefinición de la figura de la madre que la modernidad necesita sigue pendiente. La maternidad no puede continuar siendo un reducto totalitario donde a la mujer se le dicta qué hacer, qué decir e incluso cómo sentirse, hasta llegando a convertir en una patología cualquier vivencia individual ajena al modelo oficial. En un mundo donde, afortunadamente, aceptamos diferentes modelos de vida, de pareja, de relaciones, urge abrir las puertas a un modelo de madre más libre, variado, y, en definitiva, más realista.

Doctora en Historia Contemporánea, autora de libros y artículos especializados en el catolicismo y la guerra civil española.


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