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Marc Bloch: El primer historiador en el altar de la República


(Tiempo de lectura: 4 - 8 minutos)

Entrar en el Panteón constituye la máxima dignidad que Francia puede conceder a uno de sus ciudadanos. Allí descansan Rousseau, Víctor Hugo, Balzac, Marie y Pierre Curie o Jean Moulin. Sin embargo, el Panteón nunca ha sido simplemente un mausoleo de grandes figuras nacionales. Es, sobre todo, el lugar donde la República escribe su propio relato. Cada generación decide quién merece ocupar ese espacio porque cada generación necesita responder a una misma pregunta: ¿qué significa ser francés?

En realidad, el Panteón no guarda únicamente los restos de quienes construyeron Francia. Conserva el canon moral de la República. Sus muros contienen una auténtica pedagogía cívica. Allí no se honra solo el talento, sino una determinada idea del deber, del compromiso y del servicio público. Por eso cada nueva panteonización constituye, inevitablemente, un acto político.

La entrada de Marc Bloch responde precisamente a esa lógica. No se trata únicamente del reconocimiento al historiador que revolucionó la disciplina durante el siglo XX. Es también la decisión de convertirlo en un símbolo de la Francia que Emmanuel Macron desea reivindicar en un momento especialmente incierto para Europa y para las democracias occidentales.

No resulta casual que Macron haya elegido precisamente ahora a un historiador para ocupar ese lugar. En un contexto marcado por la guerra en Europa, el avance de los autoritarismos, la desinformación y la creciente fragilidad de las democracias liberales, la figura de Bloch encarna una determinada idea de ciudadanía: la del intelectual que entendió que el conocimiento no podía separarse del compromiso y que, llegado el momento, decidió defender con las armas los mismos valores que había defendido con sus libros.

Su incorporación constituye la sexta panteonización impulsada por Macron. Antes fueron Simone Veil, superviviente del Holocausto y responsable de la legalización del aborto en Francia; Joséphine Baker, artista, espía y miembro de la Resistencia; Missak Manouchian, combatiente comunista de origen armenio ejecutado por los nazis; o Robert Badinter, el ministro que abolió la pena de muerte. Existe un hilo conductor evidente: todos representan una República construida sobre la resistencia al totalitarismo, la defensa de los derechos humanos y la primacía del compromiso cívico frente al sectarismo. El Panteón se convierte así en un espejo donde Francia proyecta la imagen de la nación que aspira a seguir siendo.

Y Marc Bloch reunía todas esas virtudes. Procedía de una familia judía alsaciana profundamente identificada con Francia. De hecho, cuando Alsacia pasó a formar parte del Imperio alemán tras la guerra franco-prusiana, su familia prefirió abandonar la región antes que renunciar a su condición de ciudadanos franceses. Aquella decisión marcaría profundamente su manera de entender la patria, concebida no como una comunidad étnica, sino como un proyecto político sustentado en valores compartidos.

Ingresó en la Escuela Normal Superior en 1904 siguiendo los pasos de su padre, también historiador. Sin embargo, la experiencia que terminó definiendo su pensamiento no fue la universidad, sino la Primera Guerra Mundial. Combatió como oficial, fue condecorado con la Cruz de Guerra y conoció de primera mano el derrumbe de una Europa que había depositado una fe casi ilimitada en el progreso.

Aquella vivencia transformó su forma de hacer Historia. Junto con Lucien Febvre fundó en 1929 la revista Annales d'histoire économique et sociale, origen de la escuela historiográfica que revolucionaría la disciplina durante el siglo XX. Frente a una Historia centrada exclusivamente en reyes, gobiernos y batallas, Bloch propuso estudiar las sociedades en toda su complejidad. La economía, la geografía, la sociología, la antropología o la psicología dejaban de ser disciplinas alejadas para convertirse en herramientas imprescindibles del historiador.

Su objetivo era construir una «historia total», capaz de explicar no solo qué ocurrió, sino también cómo vivían, pensaban y sentían las personas de cada época. Definía la Historia como «la ciencia de los hombres en el tiempo», una formulación que continúa siendo una de las definiciones más precisas jamás escritas sobre esta disciplina. Comprender el pasado exigía comparar sociedades, dialogar con otras ciencias y desconfiar de cualquier explicación sencilla. «Cada ciencia, tomada de manera aislada, no representa sino un fragmento del movimiento universal hacia el conocimiento», escribió en su Introducción a la Historia. Era una defensa del rigor intelectual, pero también de la humildad del investigador.

Su pensamiento nunca quedó encerrado en las aulas. Cuando Francia fue derrotada por Alemania en 1940 escribió La extraña derrota, uno de los ejercicios de autocrítica más lúcidos de la Europa contemporánea. El colapso militar no era, a su juicio, únicamente un fracaso estratégico; representaba la decadencia moral de unas élites incapaces de comprender el mundo que tenían delante. Bloch rechazaba las explicaciones cómodas. Siempre buscaba las causas profundas.

Judío, aunque profundamente laico —«solo soy judío cuando aparece un antisemita», afirmaba—, fue expulsado de la universidad por las leyes raciales del régimen de Vichy. Perdió su cátedra en la Sorbona, vio confiscados sus bienes y tuvo que refugiarse con su familia. Podría haber permanecido oculto hasta el final de la guerra. Pero eligió otro camino.

Con cincuenta y tres años ingresó en la Resistencia. Participó activamente en la organización de la lucha clandestina en la región de Lyon hasta ser detenido por la Gestapo en junio de 1944. Fue torturado durante horas. Solo proporcionó los nombres de quienes sabía ya a salvo en Londres. Diez días después del desembarco de Normandía, cuando la derrota nazi resultaba ya inevitable, fue fusilado junto a otros veintinueve resistentes.

Había dejado escrito un breve testamento espiritual en el que afirmaba sentirse, por encima de todo, francés y expresaba su deseo de morir «como un buen francés», en un «mundo asediado por la más atroz barbarie». Resulta difícil encontrar una síntesis más clara de toda una vida.

La ceremonia celebrada en el Panteón ha querido reivindicar, precisamente, esa doble condición de historiador y ciudadano. En este caso, el traslado de los restos de Marc Bloch y de su esposa, Simone Vidal —compañera y traductora de su obra—, fue simbólico, ya que la tumba de Bloch permanecerá en el cementerio de La Creuse, tal como él dispuso, y el cuerpo de su esposa, fallecida bajo una identidad falsa durante la ocupación, jamás pudo recuperarse. La panteonización es, por tanto, simbólica, pero no por ello pierde un ápice de su fuerza política. No traslada unos restos: incorpora un legado al canon moral de la República.

También por ello la familia solicitó expresamente que los representantes de Agrupación Nacional no asistieran a la ceremonia. El gesto recordaba que la memoria nunca es neutral y que las democracias siguen librando batallas por el significado de su propio pasado. Macron insistió durante su intervención en una República entendida como «deber y acción», una definición que parecía describir a la perfección la trayectoria de Bloch.

Sin embargo, quizá el aspecto más actual de su legado no resida únicamente en su ejemplo personal, sino en su manera de entender el oficio del historiador. En un tiempo en el que la mentira circula con la misma velocidad que la información, en el que proliferan los revisionismos interesados y en el que la manipulación del pasado se ha convertido en un arma política de primer orden, Bloch sigue recordándonos que la búsqueda de la verdad constituye una forma de compromiso cívico. La Historia no sirve para fabricar identidades complacientes, sino para comprender la complejidad del mundo y protegernos frente a quienes pretenden simplificarlo.

Existe una profunda coherencia entre la obra de Marc Bloch y el lugar que ahora pasa a ocupar en la memoria francesa. Dedicó su vida a estudiar cómo las sociedades construyen el recuerdo de sí mismas y terminó convirtiéndose él mismo en uno de esos recuerdos fundacionales. El historiador que explicó que el pasado solo cobra sentido cuando ayuda a comprender el presente ha terminado formando parte de ese mismo pasado que una nación decide conservar para orientar su futuro.

Quizá esa sea la verdadera razón de su entrada en el Panteón. No porque Francia necesite más héroes, sino porque necesita referentes. En una Europa donde reaparecen los autoritarismos, donde la mentira organizada erosiona el debate público y donde la historia vuelve a utilizarse como arma política, elevar a Marc Bloch significa afirmar que el conocimiento también puede ser una forma de resistencia y que la verdad sigue siendo una responsabilidad cívica.

Al fin y al cabo, eso es el Panteón: no un lugar para contemplar el pasado, sino un espacio desde el que una nación explica qué tipo de ciudadanía la forma.

Sobre la ceremonia presidían las mismas palabras que Marc Bloch quiso para su tumba: Dilexit veritatem. «Amó la verdad». No es solo el epitafio de un historiador. Es, quizá, el mejor programa político que una democracia puede legar a las generaciones futuras.

 

Doctora en Historia Contemporánea, autora de libros y artículos especializados en el catolicismo y la guerra civil española.


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