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Los Acuerdos de Abraham: el último conejo en la chistera de Trump


(Tiempo de lectura: 3 - 5 minutos)

Donald Trump necesita una victoria. La necesita para exhibirla ante su electorado, pero también para persuadir a Israel —el actor más reacio a cualquier proceso de desescalada— de que existe una salida política al conflicto. El problema es que, tras meses de discursos grandilocuentes y promesas de resultados rápidos, la realidad sobre el terreno ha terminado imponiéndose. Washington no ha logrado consolidar una paz duradera ni articular un marco estable para la región, y cada nuevo intento de negociación evidencia las limitaciones de su margen de maniobra.

En ese contexto, Trump ha vuelto la mirada hacia los Acuerdos de Abraham, firmados durante su primer mandato entre Israel, Emiratos Árabes Unidos y Bahréin, y posteriormente ampliados con la adhesión de Sudán, Marruecos y Kazajstán. Aquellos acuerdos fueron presentados como un cambio de paradigma en Oriente Próximo: la normalización de las relaciones entre Israel y varios Estados árabes a través de la cooperación económica, tecnológica y de seguridad.

Se trataba, sin duda, de un avance diplomático relevante. Por primera vez desde los acuerdos de paz con Egipto en 1979 y Jordania en 1994, varios países árabes establecían relaciones formales con Israel. El trasfondo estratégico era evidente: la percepción compartida de Irán como principal amenaza regional y la voluntad de contener su influencia. Sin embargo, los Acuerdos de Abraham nacieron con una ausencia significativa.

Dejaban fuera la cuestión palestina, históricamente considerada por el mundo árabe como la condición indispensable para una normalización plena con Israel. Lejos de resolver ese problema, los años transcurridos desde su firma han demostrado hasta qué punto continúa siendo un obstáculo central para cualquier arquitectura regional de seguridad.

La cuestión resulta especialmente sensible si se tiene en cuenta que Israel sigue sin contar con unas fronteras internacionalmente definidas y que buena parte de sus vecinos observan con creciente inquietud sus ambiciones expansionistas. Para numerosos actores regionales, la normalización diplomática sin avances sustanciales en la cuestión palestina corre el riesgo de interpretarse como una aceptación tácita del statu quo.

Pese a ello, Trump pretende ahora ampliar los acuerdos incorporando a países como Arabia Saudí, Pakistán, Qatar o Turquía. El objetivo es evidente: presentar la ampliación como un éxito diplomático de alcance histórico y como la base de un nuevo equilibrio regional.

Sin embargo, la propuesta ha sido recibida con escepticismo en numerosas capitales del Golfo. No solo por las resistencias políticas internas que suscita, sino también porque el contexto regional ha cambiado profundamente desde 2020. La reciente confrontación con Irán ha puesto de manifiesto la vulnerabilidad de los Estados del Golfo, cuyas sofisticadas defensas no han logrado impedir por completo los ataques contra infraestructuras estratégicas.

Al mismo tiempo, la percepción de las amenazas regionales ha evolucionado. Hace apenas unos años, gran parte de los países árabes identificaban a Irán y a las organizaciones armadas vinculadas a Teherán como el principal factor de inestabilidad.

Hoy, sin que esa preocupación haya desaparecido, crece la desconfianza hacia Israel como socio estratégico. La actuación del Gobierno de Benjamin Netanyahu durante los últimos años ha contribuido a alimentar la imagen de un aliado imprevisible, cuyas prioridades no siempre coinciden con las de sus socios regionales.

Arabia Saudí constituye probablemente el ejemplo más significativo. Aunque continúa siendo el principal rival regional de Irán, Riad ha mostrado escaso entusiasmo ante la posibilidad de adherirse a unos acuerdos que podrían generar elevados costes políticos internos sin ofrecer garantías equivalentes en materia de seguridad. Además, el reino ha diversificado sus alianzas y dispone ya de marcos propios de cooperación estratégica con otros actores regionales.

La situación se complica aún más por la percepción de que las negociaciones se desarrollan bajo una lógica de presión. En diversos círculos diplomáticos de la región existe la sensación de que la alternativa planteada es sencilla: aceptar el marco propuesto por Washington o asumir el riesgo de una nueva escalada militar. Un planteamiento que difícilmente favorece la construcción de consensos duraderos.

Por ello, la insistencia en ampliar los Acuerdos de Abraham parece responder tanto a las necesidades políticas de Trump como a los intereses estratégicos del Gobierno israelí. Mientras la Casa Blanca busca un logro diplomático que presentar como prueba de liderazgo internacional, Netanyahu gana tiempo para consolidar una realidad territorial cada vez más difícil de revertir.

Esa divergencia de intereses constituye uno de los principales problemas para Washington. Durante años, la política estadounidense ha tendido a presentar los objetivos de Israel y de Estados Unidos como plenamente coincidentes. Sin embargo, los acontecimientos recientes sugieren que ambas agendas no siempre avanzan en la misma dirección. Cada nuevo intento de negociación se enfrenta a decisiones sobre el terreno que complican o directamente dificultan cualquier proceso de diálogo.

Por su parte, Irán mantiene prácticamente inalteradas sus condiciones para una eventual desescalada. Entre ellas destaca la exigencia de un alto el fuego efectivo en Líbano, una cuestión sobre la que Washington no ha conseguido ejercer una influencia decisiva sobre su aliado israelí.

A pesar de ello, algunos sectores próximos a Trump continúan presentando la ampliación de los Acuerdos de Abraham como la llave para resolver las tensiones regionales. Según esta visión, los países árabes asumirían progresivamente mayores responsabilidades en materia de seguridad, permitiendo a Estados Unidos reducir su presencia militar en Oriente Próximo.

La idea posee indudable atractivo político. Sin embargo, entre las aspiraciones estratégicas y la realidad existe una distancia considerable. Mientras se multiplican las declaraciones optimistas, la situación sobre el terreno continúa deteriorándose y los principales focos de conflicto permanecen abiertos.

Ese es el verdadero desafío para la Administración Trump. No tanto anunciar nuevos acuerdos como demostrar que estos pueden traducirse en una reducción efectiva de la violencia y en una estabilidad duradera. Hasta el momento, las evidencias apuntan más bien en sentido contrario. En ese contexto, la ampliación de los Acuerdos de Abraham se asemeja menos a una solución para Oriente Próximo que al intento de Trump de sacar un último conejo de la chistera. El problema es que la realidad regional rara vez se deja impresionar por los trucos de magia.

Doctora en Historia Contemporánea, autora de libros y artículos especializados en el catolicismo y la guerra civil española.


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