Una derrota pírrica
- Escrito por Luisa Marco Sola
- Publicado en Tribuna Libre
La expresión “victoria pírrica” debe su nombre al rey Pirro de Epiro, cuyo ejército sufrió enormes pérdidas en sucesivas batallas durante las llamadas Guerras Pírricas contra el Imperio Romano (280-275 a.C.) Al ser felicitado por una de esas victorias, en la que había perdido miles de hombres, respondió con una frase que ha atravesado los siglos: “Otra victoria como esta y estoy perdido”. Desde entonces, la expresión se ha incorporado al lenguaje común para describir triunfos logrados a un coste excesivo para quien los obtiene.
Aun así, y más allá de la evidencia de que la población civil siempre paga el precio más alto en cualquier conflicto, los límites entre la victoria y la derrota suelen desdibujarse. En no pocas ocasiones, ambos conceptos terminan por instalarse en el terreno resbaladizo de la narrativa.
Sin embargo, en el caso de Estados Unidos en su guerra contra Irán, ese deslizamiento ha ido mucho más allá de la propaganda habitual que acompaña a toda contienda. En las últimas semanas ha rozado lo delirante, hasta el punto de suscitar dudas en la comunidad internacional sobre la salud mental de su presidente. Pero si se abandona el terreno del relato y se atiende a los hechos, la conclusión es difícil de eludir: la posición estadounidense es, a día de hoy, la de una derrota estratégica sin paliativos.
El problema no es solo la derrota, sino la obstinación en negarla. El empeño de Washington en sostener una victoria inexistente complica de forma extrema cualquier negociación. De hecho, la hace inviable, como se está comprobando. Negociar exige un mínimo acuerdo sobre la realidad; resulta prácticamente imposible cuando una de las partes ha terminado por creerse su propia ficción.
Por mucho que Donald Trump repita incansablemente que ha ganado la guerra, los hechos apuntan en dirección contraria. Esta reelaboración extrema de la realidad no solo erosiona su credibilidad internacional, sino que dificulta sobremanera la posibilidad de un acuerdo de paz. A estas alturas, ni siquiera entre sus aliados más fieles encuentra eco ese relato. Todo indica, además, que Estados Unidos se adentró en el conflicto sin una hoja de ruta clara y con objetivos cambiantes, redefinidos sobre la marcha a medida que los acontecimientos se sucedían.
Un segundo elemento que complica las negociaciones es la ausencia en la mesa del país que inició —y, como ya se ha reconocido oficialmente, motivó— los ataques: Israel. Aunque sus intereses están representados por figuras como Steve Witkoff y Jared Kushner, la falta de presencia formal —comprensible, por otra parte, tratándose de Estados sin relaciones diplomáticas— dificulta que pueda quedar vinculado a los eventuales acuerdos que se alcancen. A ello se suma un hecho evidente: su escaso interés en un cese de las hostilidades, lo que permite anticipar un probable boicot a cualquier intento de negociación.
La decisión de escindir la negociación entre Irán y Estados Unidos de la que afecta al eje Israel-Líbano podría interpretarse como una maniobra de Washington para procurarse una salida honrosa del conflicto, mientras Israel prosigue con sus aspiraciones expansionistas en territorio libanés. No en vano, se ha negado a aceptar una de las precondiciones planteadas por Irán: un alto el fuego en Líbano. Lejos de moderar su actuación, ha intensificado los ataques y, en un movimiento que eleva aún más la tensión, ha comenzado incluso a señalar a Turquía como su próximo objetivo. Todo ello sugiere que Israel actúa, en gran medida, al margen del control estadounidense.
Por su parte, Irán, al condicionar las negociaciones al cese de los bombardeos en Líbano, no solo evidencia su voluntad de no abandonar a sus aliados, sino que introduce un elemento de verificación política: medir la capacidad real de Estados Unidos para influir sobre Israel. Si Washington no logra detener los ataques en el presente, difícilmente podrá garantizar el cumplimiento de cualquier acuerdo futuro. En ese sentido, la exigencia iraní no es solo una condición previa, sino también una prueba de credibilidad.
Sin embargo, los términos actualmente en negociación han cambiado de forma sustancial. No es la primera vez que ocurre algo similar. Un precedente ilustrativo es la Guerra de Vietnam, en la que Estados Unidos, pese a su abrumadora superioridad militar, fue incapaz de imponerse y terminó retirándose, asumiendo de facto la victoria del comunismo en el país. Algunos analistas, entre ellos Shlomo Ben-Ami, ya apuntan en esa dirección al referirse a una posible victoria estratégica iraní en el conflicto actual.
Y conviene detenerse en lo que eso implica: una derrota estratégica de Estados Unidos. Es decir, un desenlace en el que el recurso a la fuerza no se ha traducido en la consecución de los objetivos políticos que justificaron, al menos formalmente, la intervención.
Conviene, por tanto, revisar cuáles eran esos objetivos. Más allá de la indefinición mostrada por Donald Trump —y del hecho de que estos hayan ido mutando con el paso de las semanas— lo cierto es que ninguno de los planteados, en uno u otro momento, parece haberse materializado.
Para empezar, no ha sido una guerra rápida, como se anunció en sus inicios. Las hostilidades superan ya los dos meses y no hay indicios claros de un desenlace próximo.
Tampoco se ha producido la caída de la República Islámica. El cambio de régimen, que figuró entre los objetivos iniciales, no solo no se ha materializado, sino que el sistema político iraní ha demostrado una notable capacidad de resiliencia: ha reemplazado a los mandos eliminados y no muestra signos evidentes de fractura interna. La esperada sublevación popular, alentada desde Washington, tampoco se ha producido.
En cuanto al programa nuclear iraní, las informaciones disponibles resultan contradictorias, aunque coinciden en un punto esencial: no ha sido desmantelado. A día de hoy, no hay evidencia de que se haya puesto fin al mismo, ni de que se haya incautado el material estratégico —incluidos los repetidamente mencionados 400 kilos de uranio enriquecido— que, según diversas fuentes, obraría en poder de Irán.
Por otro lado, tampoco parece haberse logrado neutralizar a los aliados regionales de Teherán, el denominado “eje de resistencia”. Ni Hezbolá, pese a los ataques en el sur de Líbano, ni los hutíes en Yemen han quedado fuera de juego. Estos últimos, de hecho, han reiterado su disposición a implicarse directamente en el conflicto en cualquier momento.
Es cierto que la capacidad militar y balística iraní podría haberse visto parcialmente mermada. Sin embargo, los ataques contra Israel y los países del Golfo han continuado a lo largo de todo el conflicto. La aparente disminución de su intensidad parece responder más a una estrategia de desgaste sostenido que a una carencia real de medios.
Pero el alcance del conflicto no se detiene ahí. La respuesta iraní al ataque estadounidense-israelí ha introducido un factor de riesgo sistémico para la economía global, que podría encaminarse hacia una nueva recesión. El cierre del Estrecho de Ormuz —arteria fundamental del comercio energético mundial— ha desencadenado una crisis de alcance planetario.
Organismos internacionales como el Fondo Monetario Internacional han advertido ya de un posible frenazo económico global si el conflicto se prolonga o si las infraestructuras energéticas sufren daños adicionales. De hecho, el bloqueo del estrecho está tensionando las cadenas de suministro, disparando los precios del crudo y generando un shock energético de dimensiones comparables a las grandes crisis del siglo XX.
Mientras tanto, Irán mantiene el control efectivo del paso, condicionando el tránsito marítimo y demostrando su capacidad para alterar uno de los principales cuellos de botella de la economía mundial.
Aún más significativo es el impacto que esta situación podría tener sobre uno de los pilares del poder económico estadounidense: el sistema del petrodólar. Desde los acuerdos alcanzados en la década de 1970 entre Washington y Arabia Saudí, el comercio internacional de petróleo se ha articulado fundamentalmente en dólares, garantizando una demanda estructural constante de la divisa estadounidense y reforzando su hegemonía financiera.
Sin embargo, ese sistema muestra signos de erosión progresiva. Países como Rusia o Venezuela han buscado vías alternativas para sortear sanciones, mientras que China impulsa el uso del yuan en el comercio energético. En este contexto, las exigencias iraníes a los petroleros —incluyendo pagos en yuanes o en criptoactivos— no solo constituyen una fuente adicional de financiación, sino que suponen un desafío directo al dominio del dólar
No se trata aún de un cambio de paradigma consolidado, pero sí de una tendencia incipiente: la fragmentación del sistema monetario vinculado a la energía. En otras palabras, una de las consecuencias más profundas del conflicto podría no medirse únicamente en términos militares o territoriales, sino en la progresiva erosión del petrodólar y el tímido, pero significativo, avance de alternativas como el llamado petroyuan.
Con ello, Irán no solo estaría alterando el equilibrio geoestratégico, sino también reconfigurando las alianzas comerciales en la región. En ese contexto, la salida de Emiratos Árabes Unidos de la Organización de Países Exportadores de Petróleo —aplaudida por Estados Unidos en la medida en que podría contribuir a abaratar el crudo a medio y largo plazo— tiene efectos colaterales relevantes: debilita la posición de Arabia Saudí, principal rival regional de Irán en el mundo musulmán.
Más aún, el jefe de la delegación iraní, Mohammed Bagher Ghalibaf, ha dejado entrever en redes sociales que Teherán aún dispone de cartas que no ha puesto sobre la mesa. Entre ellas, la posibilidad de interrumpir el tránsito en el estratégico estrecho de Bab el-Mandeb o de atacar infraestructuras críticas como el oleoducto Este-Oeste saudí. No se trata únicamente de amenazas retóricas: son recordatorios explícitos del margen de escalada que todavía conserva Irán y del alcance potencial del conflicto si las negociaciones fracasan.
En paralelo, la gira diplomática del canciller Abbas Araghchi está contribuyendo a consolidar una red de alianzas con socios estratégicos como Omán, Pakistán o Rusia. Más allá de los acuerdos concretos que puedan haberse alcanzado, el régimen iraní ha buscado reforzar su legitimidad en el plano internacional, proyectándose simultáneamente como un Estado agredido y como un socio fiable para sus vecinos.
En este contexto, la ya mencionada salida de Emiratos Árabes Unidos de la OPEP añade una nueva capa de complejidad regional, reconfigurando equilibrios internos y tensando aún más la relación entre los principales actores del Golfo.
Y es que ya resulta prácticamente imposible, ahora que Irán ha cruzado su Rubicón, volver a la situación anterior al conflicto. Esa es una de las principales paradojas de esta guerra: que el escenario previo, supuestamente insostenible, hoy se percibe como un equilibrio perdido.
Ya es evidente que Estados Unidos busca una salida honrosa, en un intento —probablemente tardío— de limitar el desgaste político interno. Cada día de conflicto supone costes económicos millonarios y una erosión creciente de credibilidad. Mientras tanto, Irán libra una guerra que percibe como existencial y que, en términos estratégicos, ya considera ganada con la mera resistencia.
Varios líderes internacionales ya se han atrevido a reconocerlo públicamente. Mientras Yanis Varoufakis resume el dilema de Estados Unidos como “la elección entre la humillación y el agotamiento”, el canciller alemán Friedrich Merz ha llegado a hablar de una “humillación nacional” infligida a Estados Unidos por Irán, tratándola casi como un hecho consumado.
En este contexto, Donald Trump ha intentado buscar una salida honrosa recurriendo, en uno de sus célebres mensajes, a la llamada “teoría del loco”, una estrategia ya utilizada por el expresidente Nixon en el marco de la Guerra de Vietnam (1955-1975). En aquel momento, Richard Nixon dejó entrever ante la Unión Soviética su disposición a emplear incluso armas nucleares como forma de presión para poder retirarse de un conflicto que ya no podía ganar.
El paralelismo resulta especialmente sugerente si se tiene en cuenta que la guerra de Irán parece haberse “vietnamizado” para Estados Unidos: la pérdida de control sobre el terreno ha ido desembocando en una situación de desgaste que apunta a la derrota estratégica. Sin embargo, en este caso, la impredecibilidad extrema que ya caracterizaba a Trump ha llevado a que algunos lleguen incluso a cuestionar su estabilidad o salud mental.
Como consecuencia, el movimiento MAGA se encuentra dividido, atrapado entre promesas de no intervención exterior y la realidad de un conflicto prolongado. La alianza atlántica se resiente, mientras el orden internacional construido por Estados Unidos muestra signos de fragmentación acelerada.
En paralelo, emergen efectos globales de largo alcance: la posible proliferación nuclear como mecanismo de disuasión frente a grandes potencias y el impulso a la transición energética como respuesta a la vulnerabilidad estructural de los mercados del petróleo.
Independientemente del acuerdo de paz que eventualmente pudiera alcanzarse, el daño ya está hecho: tanto para la economía mundial como para las infraestructuras del Golfo, cuya reparación exigirá tiempo y recursos considerables. Ni siquiera una hipotética reapertura del Estrecho de Ormuz, por mucho que pudiera presentarse como una victoria política, permitiría obviar el hecho esencial de que dicho paso se encontraba plenamente operativo antes del conflicto.
La dificultad para alcanzar un acuerdo estable abre la puerta a un escenario distinto: un alto el fuego indefinido que podría arrastrar a la región a una situación de ambigüedad permanente y creciente inestabilidad. Un auténtico limbo estratégico, sin un tratado de paz que fije un marco legal claro y duradero.
En síntesis, dos meses después del inicio de las hostilidades, el objetivo que persigue Estados Unidos parece haberse reducido a evitar una erosión irreversible de su condición de potencia imperial. Sin embargo, los límites de su poder militar han quedado expuestos en el campo de batalla, mientras que su posición económica también se ve amenazada por la posible irrupción del yuan como alternativa al petrodólar.
En este contexto, y a través de su propio bloqueo marítimo en Ormuz, se refuerza la impresión de que Washington estaría dispuesto a asumir el daño a la economía global antes que soportar un deterioro mayor de la suya propia. Quizá haya llegado el momento de plantearse si Estados Unidos puede seguir siendo considerado un aliado fiable.
Luisa Marco Sola
Doctora en Historia Contemporánea, autora de libros y artículos especializados en el catolicismo y la guerra civil española.