Migrantes como sacos de boxeo
- Escrito por Rafael Simancas
- Publicado en Opinión
El populismo polarizador se ha convertido en la principal carcoma de las democracias del mundo, cada vez más en España también.
Para muchos, la política ha pasado de ser esa noble disciplina que busca soluciones y acuerdos, para convertirse en una carrera simple, burda y a menudo innoble, con la meta única de arribar el poder mediante métodos abyectos.
El populismo no busca resolver problemas o atender retos, sino excitar emociones negativas, como el miedo y el odio, enfrentando a la mitad de la comunidad contra la otra mitad. Los populistas procuran, claro está, que la mitad propia tema más, odie más y, por tanto, se muestre más dispuesta a movilizarse y votar para otorgar el poder a quien lo persigue de esta manera.
La derecha española se ha abonado definitivamente a las estrategias populistas, que ya practican con fruición algunos de sus correligionarios en otras latitudes y que aquí viene ensayando desde hace años su escisión ultra. Hoy día, derechistas y ultraderechistas son prácticamente indiferenciables en discurso y estrategia.
Cualquier asunto vale a los populistas para generar miedos y odios de forma artera y malintencionada. Sea acusando falsamente a los adversarios de cómplices del terrorismo etarra, sea fomentando el falso agravio hacia Cataluña, sea inventando acusaciones falsas de corrupción hacia la familia del presidente al que no logran ganar con limpieza…
A toda esta basura emocional falsaria suman ahora la persecución de los migrantes, especialmente los migrantes subsaharianos y magrebíes, porque resultan más identificables y más vulnerables a la hora de echarles encima los miedos y los odios de aquellos a los que logran envenenar con sus mentiras.
En un país de casi cincuenta millones de habitantes, con cerca de diez millones de turistas visitándonos cada año, los profesionales del odio intentan convencernos de que los 2.600 hombres, mujeres y niños que han arribado exhaustos este verano en las costas de Canarias, arriesgándose a una muerte probable, a bordo de embarcaciones más que precarias, constituyen una amenaza terrible para la civilización de Occidente.
Mienten a sabiendas cuando aseguran que estos hombres, mujeres y niños abandonan sus lugares de origen ávidos de robarnos, violarnos y matarnos. Inventan que estas criaturas desesperadas llevan años conspirando para el “gran reemplazo”, mediante el que nos despojarán de nuestra identidad, nuestra cultura y nuestra religión…
Y exigen detenciones, cárceles, deportaciones masivas y cañoneras en el mar para hacer frente al mal absoluto que procuran atribuir a estas gentes. Acusan de ingenuos buenistas o de cómplices del maligno a cuantos se niegan a criminalizar a sus semejantes más vulnerables, aquellos que tuvieron la mala suerte de nacer entre guerra y miseria.
La variante española de la xenofobia populista incorpora un tufo racista y clasista muy de la tradición de la derecha patria. El alcalde de Badalona compartía este verano en redes su solivianto porque unos supuestos migrantes subsaharianos y magrebíes viajaban en ferry, como él mismo, con teléfono móvil en la mano, como él mismo, con gafas de sol, como él mismo, y con cuerpo aparentemente cuidado, como él mismo. Sonreían, además, como seguramente había practicado él mismo antes de toparse con el motivo de su indignación.
Aún si estos migrantes hubieran hecho presencia harapientos, en alpargatas, humillados, con cabeza gacha, y ubicados en la bodega, quizás entonces hubieran sido merecedores de algún sentimiento caritativo por su parte. Pero era evidente que los malvados aspiraban a ser iguales, y hasta ahí podíamos llegar. Mañana querrán incluso un trabajo con vacaciones pagadas.
Las migraciones son un desafío de primer orden para las sociedades europeas, desde luego. El objetivo debe ser la migración segura, ordenada, legal. Y la migración es hoy, sobre todo, un problema de derechos humanos, una emergencia humanitaria, a resolver con urgencia y compromiso solidario.
Pero es un imperativo no ya político, sino moral, de decencia moral, denunciar el uso que la derecha hace de los migrantes como sacos de boxeo, para excitar miedos, odios y votos. Sucios votos.
Los problemas más graves de la sociedad españoles no viajan hoy en cayuco, sino en las decisiones de algunos gobernantes derechistas, que desmontan deliberadamente, día a día, nuestro Estado de Bienestar, transformando el derecho a la atención sanitaria, el derecho a la educación en igualdad de oportunidades, y el derecho a una vivienda digna, en mercancías al alcance privilegiado de los que más tienen, de los que más heredan o de los que más comisionan y defraudan. Esa es la verdadera amenaza para la mayoría.
Yo vi esas miradas de temor y odio en la Alemania que mis padres migrantes ayudaron a levantar con su trabajo honesto y decente. No las quiero en mi país. Son el huevo de la serpiente.
Rafael Simancas
Diputado en las Cortes Generales por Madrid. Secretario general del Grupo Socialista en el Congreso de los Diputados.