La armonía de Mazón y Sánchez como activo de un balance de terror
- Escrito por Antonio Campuzano
- Publicado en Opinión
La riada de la Valencia tiene el estigma de conmoción necesario para llevarse por delante todas y cada una de las parcelaciones mentales existentes hasta el momento presente. Los dos momentos de magnitud extraordinaria anteriores al emergido este dramático final de octubre que convulsionaron las coordenadas nacionales fueron el 11-M de 2004 y la pandemia Covid 19, de marzo de 2020. Estos sucesos tienen en común la sacudida de la opinión pública, la instalación mediática, la academia, el vulgo.
Todo es opinable e interpretable, generalmente con la escasa ayuda de la confusión en el desarrollo de los hechos y, sobre todo, con las recetas para la contención de los daños. Las dos administraciones concernidas en la catástrofe de Valencia, la Generalitat y el gobierno central, tienen delimitadas constitucionalmente las demarcaciones de actuación, que tienden a la contribución y a la mutualidad de las ayudas en el transcurso de la tragedia. Es el caso de las relaciones entre ambos presidentes, Carlos Mazón y Pedro Sánchez, de cuyas comparecencias juntos solo se ha apreciado concordia y unidad de acción. El revoltijo de declaraciones de otros agentes públicos aparece como el ingrediente necesario para la edificación del enredo y la distracción.
Y en este ceremonial de embrollo comparece con indisimulada participación el líder de la oposición, Feijóo, quien, atemorizado por la crítica que pudiera surgir ante su ausencia en la crisis nacional, aparece en los escenarios de la devastación para aportar mensajes siempre contradictorios con los exhibidos por el presidente Mazón, espacial y sentimentalmente más unido al presidente Sánchez, con quien tiene que hablar de recursos y eficacias de manera permanente, mucho más cercano que con su jefe de filas políticas e ideológicas, Alberto Núñez Feijóo. A estos malestares funcionales se añade el dirigente de Vox, Santiago Abascal, quien, entre sus deseos, resplandece ante la ocasión bronca de las muertes y la desolación la oportunidad del cuestionamiento del marco constitucional.
Todo llega tarde y a destiempo, pero tampoco se puede desaprovechar el momento de la aflicción para depauperar la imagen del estado de las autonomías, la necesidad del estado fuerte y centralista que acabe de una vez por todas con las instituciones posteriores al año 1975, el de la desaparición de la etapa negadora de la democracia. De esta catástrofe, como de todas, salen balances de vidas y de bienes. El primero nace y muere con lo sucedido en la tarde noche del día 29, los muertos y desaparecidos tienen su causa en la Dana de esa tarde noche. El balance de pérdidas materiales y desastres económicos tienen un tratamiento distinto que pasa por el resarcimiento con financiación adicional y la aparición de los seguros ante catástrofes naturales.
La sedimentación de los acontecimientos necesitará de un tiempo prolongado que se llenará de la gestión del duelo personal entre los herederos directos de la tragedia, y de la asimilación política de las consecuencias del desastre. La exigencia de responsabilidad al gobierno central de Sánchez tropieza con grandes dosis de ingratitud sobre todo cuando se contemplan las imágenes de ambos presidentes, Mazón y Sánchez. El resto de opiniones, fuera de la actuación que marca la responsabilidad de gobierno, enriquecen en su mayor parte el negacionismo de los gobiernos de 2020 y 2023, considerados ilegítimos por la sola razón de no coincidir con los deseos de los críticos de esas formaciones de gobierno.
La mentira sistemática y cocinada del 11-M suscitó un voto de castigo a quien perpetró la falacia. El estado de alarma decretado y prorrogado en 2020 con centenares de víctimas mortales en la estadística diaria por el gobierno de coalición presidido también por Sánchez fue contestado por PP y Vox, el primero con abstención en las prórrogas de las alarmas y el segundo con su negativa a las prórrogas en beneficio de una gaseosa libertad. Ahora se tropieza con el tiempo como categoría fundamental en los logros políticos. La aceleración como idea hegemónica de la acción política. A la devastación le tiene que seguir automáticamente una respuesta pública de eficacia que acabe con las consecuencias sin reparar en las causas.
La reflexión común de las administraciones convocadas es naturalmente el aparcamiento de las causas, cuyo trazado seguirá su curso ineludible en el campo público, para fijar la atención en las consecuencias y sus paliativos, para lo cual el tiempo es de una inflexibilidad que no admite condiciones. Carlo Rovelli, físico y autor de escritura luminosa, dice en “El orden del tiempo” (Anagrama, 2017), que “el dolor sigue a la herida, no la anticipa”.
El estado de alarma de la mayor tragedia conocida en vidas humanas devino en protestas por no poder estirar las piernas en las terrazas con gamba de Huelva al alcance de la mano. Ahora, con centenares de muertos aún sin clasificar, se pone en entredicho la noción del tiempo y los reflejos de un gobierno central en el Estado de la Autonomías. La imagen de dos dirigentes de partidos de conocida antagonía supone una verdadera renovación del carácter ibérico y cainita de alimentación de lo público. Pues no es suficiente.
Antonio Campuzano
Periodista (Ciencias de la Información, Univ. Complutense de Madrid), colaborador en distintas cabeceras (Diario 16, El País, Época, El Independiente, Diario de Alcalá), miembro del Patronato de la Fundación Diario Madrid.