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Presidencia de Donald Trump: América latina no estará ausente


(Tiempo de lectura: 7 - 13 minutos)

Algo más que el patio trasero.

La primera sensación latinoamericana luego de las elecciones presidenciales en EEUU, exceptuando a México, es que no habrá una especial atención de la política de Washington hacia el sur del continente, pensando de modo general en las prioridades que ese país suele presentar.

En el momento actual encontramos una fuerte atención en el orden interno, por aquello de “make America great again” (MAGA) que implica una política dirigida a aumentar el empleo dentro de los EEUU, y para ello la aplicación de posibles restricciones al comercio de importación con sesgo proteccionista, junto con una fuerte limitación a la inmigración, ambos fenómenos muy vinculados a la tradicional política republicana neoconservadora.

Sin embargo, hallamos al mismo tiempo dentro de los temas más sensibles los grandes conflictos armados en Ucrania y en Medio Oriente, la hostilidad de Irán y Corea del Norte alineados hoy con Rusia en el citado frente de combate en Europa, la relación norteamericana con los países de la NATO en materia de gastos de defensa y los nuevos focos de atención de la seguridad de los EEUU, y posiblemente el principal desafío americano dado por el poder de China, en principio por cuestiones de orden comercial, pero más que nada desde una visión estratégica, por un lado por la competencia por la vanguardia en el desarrollo tecnológico de avanzada, donde la Inteligencia Artificial (IA) ocupa el primer plano; por otro lado, por las amenazas de despliegue económico y aún militar del país oriental sobre diferentes regiones del planeta.

En ese espectro de problemas y desafíos que propone el futuro gobierno de Trump, la presencia de América Latina aparecería solo como consecuencia de esas prioridades, es decir por incidencia indirecta y no tanto por alguna acción directa, centrada así en la no facilitación genérica de acceso al mercado norteamericano y en el cierre de fronteras a la inmigración fuertemente alimentada por los países al sur del río Grande, desde México a Venezuela, en más la expulsión de los “ilegales” (inmigrantes sin regularización de sus papeles).

Pero este primer enfoque consistente con aquella versión de Latinoamérica como el “patio trasero” (backyard) de los EEUU pareciera demasiado simplista a la vista de los primeros nombramientos y acciones del presidente electo Trump, y de aquellos problemas estratégicos que plantea la lucha comercial y tecnológica a escala global.

Por lo pronto, ya destacamos a manera de segura excepción el caso mexicano, que se encuentra en primera línea de la agenda “MAGA” desde el anecdótico muro para la separación del límite sur americano, siempre por extender y completar, para dificultar y eventualmente impedir la migración fronteriza, hasta la más sustantiva discusión que se abre el año próximo para la renovación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (NAFTA), donde el sector automotriz puede ser el punto más debatido. Es sabido que Trump apoya una exigencia de mayor integración norteamericana de los vehículos que accedan a su mercado, lo que de darse retrotraería el papel de México en materia de integración industrial a proveedor de algunos insumos y fabricación por encargo (“maquila”), más todavía si se viera reflejado ese fenómeno en otros sectores de la producción manufacturera.

En tanto, y por razones estratégicas, muchas industrias de alta tecnología de los EEUU con inversiones en China están buscando nuevas localizaciones para esas plantas off shore de modo de reducir su exposición política al gigante asiático. Esas nuevas localizaciones se dirigen hacia otros países del sudeste continental, como es el caso de Vietnam, por dar un ejemplo. Pero también México es otro destino elegido, puesto que presenta ventajas de proximidad y acceso al mercado norteamericano, amén de la disponibilidad de mano de obra razonablemente entrenada, sin que se descarte alcanzar mayores niveles de capacitación laboral.

Es por eso que, al igual que Andrés López Obrador en su momento, la nueva presidente de México, Claudia Scheinbaum, adoptaría una posición pragmática, con lo que podrá ceder ante algunas demandas de la nueva administración norteamericana, pero asegurando en cualquier caso la activa participación mexicana en el NAFTA, fenómeno que en estos momentos le está posibilitando un sostenido nivel de crecimiento económico. Más todavía, el gran flujo migratorio hacia los Estados Unidos a través de la frontera encuentra como protagonistas principales a nacionales de otros países del Caribe y Sudamérica, entre estos últimos Venezuela principalmente, antes que los propios aztecas que hoy gozan de un mejor nivel de vida.

No obstante, es importante advertir que los temas conflictivos en la relación bilateral entre yanquis (yankees) y aztecas no se limitan a la cuestión migratoria, puesto que la lucha contra el narcotráfico es otro motivo de preocupación -al menos en los anuncios-, al punto que Trump se propondría extender esa acción punitoria más allá de sus fronteras, no sólo en los aspectos tradicionales de cooperación, información e inteligencia compartidas, sino también en términos de intervención directa. Por supuesto, sin acuerdos esa acción sería objeto de notorias fricciones, no solo de las de orden legal.

Respecto de la política inmigratoria, algunos republicanos abogan por una aproximación más realista, consistente en el fortalecimiento económico mediante ayuda e inversiones hacia los países vecinos de México, desde donde provienen las nuevas corrientes migratorias, es decir, El Salvador, Honduras y Guatemala. En cualquier caso, será necesaria alguna apertura dialoguista con los gobiernos de estas dos últimas naciones, los presidentes Xioma Castro de izquierda y el socialdemócrata César Bernardo Arévalo, respectivamente, mientras que no se considera que el salvadoreño y derechista Nayib Bukele pueda presentar obstáculos.

Un nombramiento que cambia las perspectivas.

Entendido siempre que México es un caso especial para los Estados Unidos desde los orígenes y formación de ambas naciones por su vecindad, la agenda de un Donald Trump poniendo a su país primero (”America first”) implicaría la postergación en la atención del “patio trasero”, sin más.

Algunas señales de otras posibles excepciones provenían del rol del nuevo líder ultraconservador de Argentina, Javier Milei, que proclamó su identidad ideológica con Donald Trump desde el comienzo de la campaña electoral en el país del norte, a lo que se suma su relación personal con el magnate Elon Musk, convertido ahora en asesor estrella del presidente electo. Musk propugna ampliar su servicio satelital y de comunicaciones a escala global, y América Latina está en el centro de sus objetivos, que podrían extenderse a otros negocios. Ya se habla en Argentina de la llegada de la fábrica Tesla de vehículos eléctricos al país, aunque nada confirmado existe al respecto.

Milei persigue con intensidad fotografiarse con Trump en cuanto evento conservador pueda colarse y, cuanto menos en los gestos, tal relación parece tener algún sustento, aunque por el momento solo en términos de mutua simpatía.

El fenómeno de la irrupción de la nueva ultraderecha en las democracias de Europa y América, que es motivo de debate en occidente, con líderes ciertamente trasgresores -por utilizar una expresión suave-, encuentra en Trump y Milei expresiones destacadas.

Milei busca para su país mediante esa relación tan amistosa dos objetivos muy simples: el prioritario, un apoyo para la renegociación del crédito otorgado por el Fondo Monetario Internacional, con una posible liberación de unos USD 10 mil millones que nunca fueron desembolsados, a diferencia de los primeros tramos otorgados bajo la presidencia de Mauricio Macri en 2018/19 por un total de USD 45 mil millones. Posteriormente, el presidente Alberto Fernández gestionó una renovación de los desembolsos del FMI de modo de compensar las amortizaciones en los años de su gestión sin nuevo endeudamiento, mientras que la amortización neta efectiva se postergó para después de su período de gobierno.

El voto de los EEUU en el FMI es clave para un eventual cambio de la negativa hasta ahora encontrada para esa extensión crediticia. La objeción técnica del FMI tiene que ver con el temor del uso de esos recursos adicionales para financiar una salida de divisas ante la negativa del gobierno argentino a acentuar el ritmo de devaluación de la moneda local.

Y el segundo gran objetivo que busca Milei es ser destacado como ejemplo de la nueva política de libre mercado para atraer inversiones extranjeras, principalmente desde los Estados Unidos. Desde ya, además de una amistad estrecha, este último paso exige la liberación del mercado de cambios que Milei ha mantenido bajo controles estrictos, prolongando en ese punto la política de su predecesor Fernández, que por supuesto no conjuga con el supuesto liberalismo económico. Esa liberación del mercado cambiario está prometida para el año próximo, aunque se duda si será antes o después de las elecciones de medio tiempo (50% de la cámara de diputados y un tercio del senado), que tendrán lugar en octubre 2025.

A partir de esa mutua simpatía Trump-Milei se especula acerca de si ello podrá indicar algún grado mayor de atención hacia Latinoamérica por parte de la nueva Administración estadounidense, lo cual obviamente parecía demasiado poco como sustento de esa posibilidad.

Pero al conocerse que Marco Rubio, senador conservador de la Florida y de ascendencia cubana, muy relacionado con el contexto latinoamericano en su prédica y su accionar, será el nuevo secretario de Estado, las expectativas han cambiado por completo, al punto de especularse con una mayor atención sino prioritaria a los asuntos del “patio trasero”.

Rubio ha visitado varios países del continente, incluyendo un abrazo con foto formal en la Casa de Gobierno de Buenos Aires con Javier Milei, y es bien conocido por sus posiciones duras con los gobiernos izquierdistas de la región y, por supuesto, por su condena absoluta a las dictaduras de Cuba, Nicaragua y Venezuela, en este caso con mayor profundidad a partir del notorio fraude perpetrado en perjuicio de la oposición que lidera Corina Machado.

En suma, existen intereses económicos como los petroleros que auguraban un statu quo en la relación con Venezuela, sin perjuicio de críticas y demás acciones verbales en contra del auto reelecto presidente Maduro. La presencia de Rubio puede indicar un cambio o, al menos, una política menos contemplativa y desde ya otro tanto para las administraciones que no comulgan con el ultra conservadorismo, y del otro lado, mayor simpatía con las conservadoras de Javier Milei en Argentina, Luis Albinader en República Dominicana, Santiago Peña en Paraguay, Daniel Noboa en Ecuador, si fuera reelecto, y también Nayib Bukele en El Salvador, en este caso cuando pase el mal trago de aquella declaración del bocón Trump que atribuyó carácter delincuencial a la inmigración salvadoreña.

A este grupo de líderes derechitas podría sumarse a fin de 2025 el que muy posiblemente surja en Chile, conforme la situación actual en el país tras la presidencia del izquierdista Gabriel Boric, que no ha conformado al momento las expectativas de sus conciudadanos.

Una visión estratégica en la disputa con China.

Si bien las ideologías cuentan, es claro que el papel relevante lo toman los intereses materiales objetivos en la política exterior de Estados Unidos, que en la región tienen que ver con la seguridad y los negocios.

China ha desarrollado en todo lo que va del siglo XXI una política de captación de intereses, manteniendo con toda América del Sur una significativa relación comercial, al punto que constituye el principal mercado exportador para muchos países, casos de Brasil, Perú, Chile y Argentina, entre otros. Del otro lado, enormes inversiones y préstamos han fluido desde China, siendo Venezuela el más endeudado, en el orden de los USD 50 mil millones. China ocupa el nuevo rol central de país industrial que busca proveedores de materias primas en el “tercer mundo”, entre ellas soja y otros granos, petróleo, carnes, productos de la pesca, cobre, litio y otros metales, entre los más destacados que provee Latinoamérica.

Perú acaba de inaugurar un estratégico mega puerto en Chancay, cerca de su capital Lima, con un costo del orden de los USD 3.000 millones financiado y operado por empresas chinas como parte de la nueva “ruta de la seda”. El nuevo puerto, además de ser importante desde una perspectiva comercial como salida al Pacífico de mercancías de toda el área sur de América (se especula con un futuro tren para unirlo con Brasil), según los expertos en defensa también puede constituir en el futuro una base de operaciones navales para China.

Existen varias operaciones chinas en la región, una de ellas objeto de serias especulaciones militares. Nos referimos a las centrales terrestres de seguimiento y operación de satélites, una ya en operaciones radicada en la provincia de Neuquén en la zona andina sur de Argentina y la otra en construcción en San Juan, ésta en la zona andina central del país. Si bien la primera de ellas puede ser visitada, y hasta a veces parcialmente operada por técnicos locales con previa reserva, lo cierto es que no ha habido ninguna inspección internacional neutral que pueda afirmar que es realmente solo una base sin fines militares, como lo establece el convenio entre ambas naciones. Se entiende que similar problema existirá con la segunda cuando se inaugure.

Siguiendo con los ejemplos en Argentina, existen una central de energía solar con financiación y tecnología chinas en el norte del país, así como un mega emprendimiento hidroeléctrico en construcción y con financiamiento chinos en el extremo sur, actualmente interrumpido por la nueva administración Milei, y cuya continuación se está negociando. La reanudación de este último proyecto es bastante probable en cuanto el país cuenta entre sus escasas reservas de divisas disponibles con un crédito chino de USD 20 mil millones, bajo la forma de “swap” de monedas, negociado en su oportunidad por la Administración Fernández y cuya continuidad debió asegurar el presidente Milei en negociación personal con el embajador de China en Argentina. Estos temas están en la agenda chino-argentina en la reunión entre el presidente argentino y su par chino, Xi Jinping, en ocasión de la conferencia del G-20.

En suma, y dejando de lado otros múltiples ejemplos, la presencia China en la región es otro factor que puede torcer el tradicional desapego de la política exterior estadounidense con el sur del continente. Y desde ya esa presencia representa un desafío para la gestión de Marco Rubio.

Y eso no es todo, porque los gobiernos de América Latina enfrentan otro desafío igualmente complejo. Mientras intensifican sus relaciones con los Estados Unidos de Trump, o al menos lo intentan, en particular los del nuevo ultra conservadurismo como Milei, al mismo tiempo deben preservar, mantener y aún incrementar sus relaciones comerciales y financieras con China, que sigue siendo su principal cliente para las exportaciones y gran proveedor de mercancías elaboradas a precios competitivos, así como fuente de créditos de inversión y préstamos en general, amén de grandes inversiones directas.

Si bien varios de estos nuevos líderes son artistas del doble discurso, mucho deberán empeñarse para hacer este riesgoso juego de amistades cruzadas con Estados Unidos y China, que son entre sí los dos grandes adversarios a escala global.

Abogado, analista de Política Internacional y colaborador de la Fundación Alternativas.


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