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Presente continuo


(Tiempo de lectura: 3 - 6 minutos)

En este artículo semanal, les voy a reproducir algunas ideas tomadas del profesor Juan Romero, catedrático de Geografía Humana de la Universitat de València, y una de las voces más reflexivas, analíticas y críticas del panorama socio-político actual, porque cada vez que asisto a alguna de sus conferencias salgo con un sinfín de notas para pensar y analizar acerca de nuestra situación global.

En primer lugar, nos recordó que la palabra del año 2024, según la prestigiosa revista The Economist, es CAQUISTOCRACIA, el gobierno de los más ineptos, de los menos capacitados y de los “profundamente incompetentes”, como ya señaló Màrius Carol en su artículo de la Vanguardia, “el gobierno de los peores”. Esta llamada de alerta se produjo a raíz de los nombramientos realizados por Donald Trump para su nuevo gobierno: un antivacunas en Sanidad, un conspiranoico en la CIA, un presentador de la Fox denunciado por agresión sexual y con tatuajes asociados a la extrema derecha que podría ser candidato a secretario de Defensa, ….

El problema es que parece combinarse de forma peligrosa la caquistocracia con el negacionismo, la intolerancia, la polarización y la mediocracia, que parece ser el primer paso para llegar a esta nueva forma de gobierno. Lo advirtió hace años el canadiense Alain Deneault con su ensayo acerca de los mediocres en el poder que se asientan por la sumisión y no sobresalir en su oficio.

Me atrevo a decir que, a nivel social, cada vez es más preocupante observar la falta de respeto por la sabiduría, por la veracidad en la palabra, por la objetividad de los datos, por la ciencia y por quienes demuestran tener una formación sólida y ser capaces de razonar y analizar de forma críticamente reflexiva. Eso no está de moda. Hemos abandonado el “yo pienso” por el “yo opino” otorgándole la misma validez.

Todo esto se produce, según Romero, en un escenario donde se asienta el conservadurismo, el relativismo moral, la pérdida de los relatos del siglo XX, el rechazo a la Modernidad, pero sin tener delante un horizonte o una utopía. Como dice Enzo Traverso, “vivimos en un presente continuo”, columpiándonos en la nostalgia de cualquier tiempo pasado fue mejor, rechazando el presente de forma abrupta y desgarrada, pero sin plantearse una utopía que nos haga caminar.

“La puerta de la Ilustración que nos sacó de la minoría de edad se está entrecerrando”, señala Juan Romero. Nos encontramos, no solo con la nostalgia, sino con el fanatismo, con el desorden, con la incertidumbre, con un tiempo de muros físicos y virtuales que amenazan cualquier aspecto social, pero además sin brújula moral.

Le achacamos a la democracia todos los males sin plantearnos que el mal lo ejercemos nosotros mismos. Si hay corrupción, no es la democracia la corrupta, sino quien lo hace; si hay ineficacia e incompetencia, no es la democracia, sino sus representantes.

Recuerdo con nitidez el ensayo que Romero publicó junto a Antonio Ariño en 2016 y que fue absolutamente preclaro con la situación social que hoy tenemos. “La secesión de los ricos” es un ensayo que analiza el comportamiento consciente y voluntario de determinados sujetos, los megaricos, que constituyen una estrategia grupal. Es una secesión que se manifiesta tanto en la política, como en la cultura y en la moral. Siempre han existido ricos y pobres dentro de la organización social, pero nunca con una diferencia de desigualdad tan exagerada que resulta hasta imposible de contabilizar. Sobre todo, presenta una característica singular: se produce en un tiempo breve y en sociedades democráticas, y además resulta imparable.

Los megáricos, la nueva clase social creada con el capitalismo financiero y globalizado, que escapan a todo control social y político, cuyo estatus parece no pertenecer a nuestro mundo, y que no se consideran comprometidos con su entorno social, son los únicos beneficiados de las consecuencias de las crisis.

Y añado: responsables hoy también de las amenazas frente a las democracias representativas. ¿Cuánta desigualdad podrá soportar nuestras democracias sin que pierdan su razón de ser?

Dice la filósofa Adela Cortina que lo peor que le puede pasar a la democracia es que pensemos que ya la hemos conquistado. Así es, porque parece que nos balanceamos entre los que ya no encuentran más motivos para seguir mejorando su funcionamiento y sus valores o los que piensan que es un sistema en decadencia por inútil y farragoso.

Lo cierto es que, a finales del siglo XX, pensábamos que la democracia era un sistema de convivencia social y política en auge, que iría extendiéndose entre todos los países con la aceptación mayoritaria de la población.

La realidad hoy es bien distinta. No solo por el creciente aumento de la ultraderecha (un elemento altamente preocupante), sino también porque el número de países en democracia ha ido descendiendo por otras formas de gobierno como democracias iliberales o autocracias, y también porque las encuestas indican que la población joven apuesta cada vez más por “un gobierno eficaz” antes que por un gobierno democrático.

Según la medida de democracia de la Unidad de Inteligencia de The Economist, casi la mitad de la población mundial vive en una democracia de algún tipo (45,4%), pero sólo el 7,8% reside en una “democracia plena”. Bastante más de un tercio de la población mundial vive bajo un régimen autoritario (39,4%).

Decía Ortega y Gasset: “No sabemos lo que nos pasa y eso es precisamente lo que nos pasa”. Lo dijo a principios del siglo XX y nos sirve para analizar nuestra realidad. Porque lo que sí percibimos es un permanente malestar: todo está mal, todo está embrutecido, todo es una negatividad continua. Y, como dice José Antonio Marina, ya hemos perdido los “afectos”.

Efectivamente, hemos perdido la capacidad de respetar al otro, de escuchar, de dialogar, de empatizar, de sentir compasión, … el “otro” se ha convertido en el enemigo. Así es imposible que la democracia funcione mínimamente. Sus dos pilares que la sustentan, la igualdad y la libertad, están en retroceso: una desigualdad creciente e imparable y una falta cada vez más acusada de libertad en una economía de oligopolios y autócratas.

Mientras resuena con más fuerza algunos versos del poeta uruguayo Eduardo Galeano, de su poema “Los nadies”:

Que no practican cultura, sino folklore.

Que no son seres humanos, sino recursos humanos.

Que no tienen cara, sino brazos.

Que no tienen nombre, sino número.

Que no figuran en la historia universal, sino en la crónica

roja de la prensa local.

Los nadies, que cuestan menos que la bala que los mata.

Nota: Que los afectados por la Dana no se conviertan en “nadies”

Doctora en Filosofía por la Universidad de Valencia.

Tutora de Sociología en la UNED (Valencia)

Miembro del consejo de redacción de la revista Temas para el Debate, y crítica de libros de la revista Sistema.

Articulista en la revista digital Sistema Digital.

Miembro de las asociaciones literarias Concilyarte y Clave.

Ha codirigido cursos de la UIMP (Valencia)

Miembro de varias ONG Greenpeace, Médicos Sin Fronteras, Cruz Roja, Amnistía Internacional y Fundación Hugo Zárate.

Coordinadora de actos culturales: mesas redondas, presentaciones de libros, encuentros literarios y exposiciones.

Varias publicaciones: artículos de prensa, críticas de libros, artículos de reflexión filosófica, antologías poéticas, novela y ensayo.


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