Diálogo con mi autocensura
- Escrito por Luis Méndez
- Publicado en Opinión
El otro día mi autocensura me obligó a sentarme a la mesa:
--Vamos a ver –me dijo imperiosamente--, ¿Nunca aprenderás?
--¿De qué hablas?
--De tu imprudencia, de que cada día que pasa me obligas a trabajar más.
Me sorprendió. Nunca hubiera podido imaginar que la autocensura fuera un trabajo. Así se lo hice ver.
--Pues, sí –prosiguió ella--, y agotador. El 80 por ciento o más de lo que dices es inconveniente. Me sorprendió.
--Dudo que yo tenga nada significativo que decir. Mi pequeñez cultural me impide conocer cosas que realmente puedan molestar. Aparte de que todas están ahí, algo escondidas, pero ahí. No es la ley las que las convierte en apostasías, sino la ignorancia. Descubrirlo provocaría en muchos la misma sorpresa del que descubrió que hablaba en prosa.
--Ese es tu problema, la desconexión con la realidad. ¿No te has dado cuenta de que no repetir el discurso oficial ya es en sí inconveniente?
--¿Por qué? El sistema es sólido e inamovible como una pirámide. La pluralidad, se decía, era una de sus ventajas.
--Incauto. No es sólo lo que se dice. Es el talante. ¿Te acuerdas de aquello de las adhesiones inquebrantables? Pues eso. Era increíble. Sabía a mi autocensura timorata, pero no servil.
--Pero hay cosas que deben ser dichas—argüí—. No toda oposición es destructiva. La corrupción sí que lo es, y ahí la tienes, utilizada como relleno y expulsando del terreno a otros problemas.
Mi autocensura hizo un gesto de impaciencia:
--El problema es que no ves que el mundo cambia… Sigues en el 78, cuando eso de la libertad de expresión colaba…
--Bueno, había cierta libertad. Incluso tolerancia. La correlación de fuerzas era incierta.
--¿Qué dices? Sabían que todos estábamos en babia.
--Lo que quieras. En babia, inexpertos, en obligada credulidad. Pero cumplía el plan de demostrar que había un cambio. Que no se produzca será negativo para todos, incluso para los que se oponen a él. Las aguas se pueden detener sólo hasta cierto punto. La politiquería y los politicastros en parte de nuestros dirigentes deberían preocuparnos a todos. A pesar de lo que diga Aznar, no se puede conducir bebido. Es una frase muy imprudente.
--¿Ves? Crees que se puede hablar así?
--He dicho en parte. Según tu criterio lo mejor sería echarse a hacer la siesta y no despertar hasta la siesta siguiente.
--¿No te molesta comprometer a los demás?
--¿Yo? Pobre de mí. Además, para eso está la censura.
--Les enervas.
--¿No ven lo evidente? El problema no son ya los objetivos sino los sujetos. Y van al volante. Nuestra obligación es propiciar una democracia entrenada, renovada, vigilante.
--Pareces un Pepito Grillo.
--No pretendo aconsejar a nadie. Emito opiniones muy superficialmente. Para evitar mayores profundidades estás tú. Aparte de que si otros se apartan de su función, es natural que la naturaleza ocupe ese espacio vació.
--La verdad es relativa…
--No la indignación. He leído lo de los drones de nuestros “aliados” ingleses en nuestras aguas en Gibraltar y estoy que trino.
Mi autocensura se removió incómoda.
--Esas reacciones del temperamento están algo anticuadas. Necesitas un libro de autoayuda que te actualice.
--¿Un libro de autoayuda para no indignarme? —me eché a reír. La idea estaba bien: Blinde Vd. sus sentimientos. Sólo por 20€.
--El mundo es así—continuó ella, impertérrita--. Es más cómodo cambiar de canal o de página que de conocimientos.
--¿Y no es obligado decir que ser feliz en medio del drama es una muestra de insensibilidad, de egoísmo…
--No si nadie escucha.
--Pero cada día que pasa la maldad, ya se la puede llamar así, es más descarada y audaz.
--Es la narrativa.
--Y dale con esa palabra. La aborrezco. No es sólo una narrativa, es la realidad distorsionada. Suena a eufemismo.
--¿Por qué eres tan dramático?
Me exasperaba; ya se había olvidado con qué tintes comenzó la conversación:
--¿No te preocupa que esta gente nos lleve a un suicidio innecesario, encima sin preguntarnos? Están empeñados en que nos inmolemos en nombre de sus intereses y de unos principios inexistentes. Gaza, entre otros muchos lugares, es la radiografía del mundo.
Mi autocensura hizo un gesto de impaciencia:
--¿No es esa impunidad la prueba de que no hay nada qué hacer?
--Eso se ha dicho durante muchos siglos. Incluso se gradúa el concepto de guerra, de forma que genere miedo, no culpabilidad. Saben que el miedo justifica la represión. Guerra o no, sólo remover su espantajo sirve a sus designios.
--A eso es a lo que deberías atender.
--Bueno, no creo haberme salido nunca de la ley.
--La ley es un papel mojado.
Le dio la vuelta a la tableta y tecleó. Después dijo con retintín:
-- The Telegraph informa de que en el Reino Unido se producen más de 30 arrestos diarios por publicaciones ofensivas en redes sociales y otras plataformas en línea, lo que equivale a 12.000 arrestos al año—me miró críticamente, como si fuera yo el censor (y no ella).
Continuó:
--La periodista y comentarista católica Caroline Farrow afirmó que la Policía la investigó por utilizar en unos tuits publicados en octubre de 2018 un pronombre incorrecto para referirse a una mujer trans.
La mirada de mi autocensura se endureció. Yo hice un gesto de incomprensión.
-- Una pareja fue detenida –prosiguió ella--delante de su hija pequeña después de haberse quejado de la escuela primaria de la niña en un grupo de WhatsApp. Después de cinco semanas de investigación, las autoridades concluyeron que no se debían tomar más medidas.
--¿Y?
--Si eso ocurre por tonterías como esas…
--Eso es en Inglaterra, y tú y yo creemos, contra la mayoría, que es un país tenebroso.
--No, es algo peor.
--¿Sí? ¿El qué?
--¡Que se ha desatado el mal!
--Eso ya lo había dicho yo.
Ella no se dio por aludida. Volvió a teclear:
--Mira esto otro, en LaSexta: “Genocidio convertido en espectáculo: un mirador para observar los bombardeos en Gaza se convierte en atractivo turístico de Israel… Varias agencias de viajes organizan este tipo de actividades en las que decenas de personas se agolpan en la localidad de Sderot. Con prismáticos presencian los bombardeos que constantemente golpean el norte de la Franja… Con cada impacto de una bomba en suelo palestino, los visitantes gritan y celebran como si de un gol de su equipo se tratase.
--¿Y todo esto no obliga a hablar?
--Tú lo has dicho, hablar.
--Entonces, ¿crees que hicieron mal The Telegraph y la Sexta por informar?
--Ellos sabrán…
--No seas hipócrita, eres tú quien ha abordado el asunto.
--No, yo me quejo de que me desveles. Estoy durmiendo y de repente una palabra me despierta angustiada. ¿Cómo lo ha llamado? ¿Fascista? Ésa palabra. ¿No le molestará? Quizás mejor de extrema derecha, pero, ¿y si se molestan estos porque entienden que se les relaciona con aquel? No, mejor de derecha extrema. O mejor aún, derecha intransigente. No, eso no, todo el mundo es tolerante. ¿Qué tal integrista? Tampoco, están los islamistas. ¿Ultra? Alguien se puede acordar de Girón, el León de Fuengirola. Esto es peor. Los ingleses; pueden creer que es una indirecta contra Churchill, el León del Imperio. No, mejor nos saltamos el párrafo... Dime, ¿se puede vivir así?—me miró fija, condenatoriamente.
--Más bien, no…
Suspiró:
--¿Recuerdas aquel artículo en el que el autor hablaba de sus niñas? Habla de tus niñas.
--Pero si no tengo hijos.
--¿Y qué importa? Lo importante es que esas cosas enternecen.
--Puedo hablar de mi perro.
--No creo que en este país los animales entusiasmen.
--Acuérdate de Troilo. Hay que ver, me acuerdo del perro y no del autor…
--Gala. Tú sigue diciendo tonterías.
--No es tontería. Se me olvidan los nombres.
--A lo que íbamos, no profundices. Di que todo está bien. Mejor, maravillosamente bien. Los adverbios meliorativos son gratuitos e impulsan hacia arriba.
--No, se enfadaría media España.
--Pues que todo va mal.
--Tampoco. Se enfadaría la otra media. --Pues que va así así.
--Peor, se enfadarían todos.
--¿Y no puedes hablar sin opinar? Recuerda el reportaje de Rosa Montero sobre la reacción negativa de los estadounidenses a los que era presentada. Su guía le aclaró que en EEUU opinar era de mala educación.
Empezaba a desesperarme, quería que fuera quien no soy.
--Yo creo que te despiertas porque estás desquiciada--espeté.
--Ya empezamos a señalar…
--¿Acaso no hay un compromiso cívico, general, para mejorar las cosas?
--Pero sin tocar las narices.
--¿Acaso las toco?
--Hombre… ¿tú crees que se puede hablar de fascismo y cosas así sin que la sociedad no se escandalice? Una cosa es llegar a acuerdos y otra mencionarlo.
--Oye, que los fascistas se proclamaban como tales. Y Churchill los tenía en alta estima. No en balde Mussolini había trabajado para el MI6.
--Bueno, pues ahí tienes la solución: di que eran excelentes personas… Ahí tienes a la Meloni, que era, o es, misina, y ahora forma parte del E¿4? He perdido la cuenta de los “willings”.
--Tampoco se trata de eso…
--Y dale. Tú habla sin decir nada. aprende de los dirigentes europeos. Que vamos, que nos quedamos; y entre el sí y el no, nadie sabe dónde están. Mientras, pasa el tiempo y ellos siguen ahí…
--No es buen consejo…
--¿Por qué?
--¿No ves que todos van cayendo en las elecciones? Salvo la Vonder, que no las necesita. Es una monarca con corte y todo. Creo que a la UE le ha caído una maldición.
--Tú no te ubiques. Ya ves qué aconsejaba Franco: Vd. siga mi ejemplo y no se meta en política.
--Pero si sólo digo bagatelas.
--Sí, pero en una libertad de expresión jibarizada lo mejor es meter la cabeza entre los hombros y decir lo normal, que es nada. ¿Y si la cosa cambia y vienen los peores?
--¿Más? ¿Y cómo lo normal? ¿Me llamas anormal?
--Recuerda qué decía Epicteto: “Si quieres mejorar, conténtate con que te consideren tonto y estúpido”. Igual los europeos le han leído.
--¿Aconsejas halagar y abrazar a todo el mundo?
--Me es indiferente. La cuestión es no decir lo que no se debe.
--¿Y qué no se debe?
--No se sabe, por eso, precisamente, hay que ser muy cautos.
--Pero si yo apenas hablo de España. Reconozco que no la entiendo. No sé si somos listísimos o si no nos enteramos.
--¿Ya empezamos?
--Es que dar cuarenta u ochenta mil millones a costa de nuestra sanidad, enseñanza, pensiones…
--¿Te los van a pedir a ti?
--Por supuesto.
Mi autocensura puso cara de circunstancias:
--No lo creo. No estaría todo el mundo tan tranquilo.
--Ese el problema, igual que había un rebelde sin causa hay millones de felices así.
--¿Y a ti te toca amargarles la vida? –inquirió ella, agresivamente--. Eso sólo lo puede hacer un cristiano como Dostoyevsky… ¿Qué he dicho…? La última conferencia sobre él la suspendieron.
--Es decir, que ya no se puede decir ni lo más nimio.
--Esa es la actitud.
--¿Qué actitud?
--Vamos a ver, imagina que estás en la comida de empresa, el jefe cuenta un chiste, y como no tiene gracia, tú no te ríes. ¿Qué crees que pensará él?
--¿Que no tiene gracia?
--¿Y por qué los demás sí rieron?
--¿Porque son unos pelotas?
--No, hombre, no. Pensará que tú eres un elemento disociativo, de los que crean problemas.
--¿Todo eso por no reír un chiste?
--No estás en el mundo.
--¿Y me recomiendas hacer tal?
--Sí. Tú haz lo que hace todo el mundo.
--¿Lo que todo el mundo? Desmontamos la industria de combustible fósil, fomentamos el coche eléctrico, nos peleamos con China, y ahora descubrimos que ellos tienen el 90 por ciento de las tierras raras.
--¿Y a ti, qué?
--¿A mí qué? ¿Has visto lo de Milei? El oro a Inglaterra, las pensiones rebajadas, los pensionistas pagándose las medicinas, los alquileres a partir de septiembre un 50 por ciento más caros… Lo que veas allí, témelo aquí.
--¿Lo vas a cambiar?
--Tengo derecho a indignarme.
--Muy subida tienes la autoestima.
--¿Por qué no la convocas también?
--¿No es pretencioso pensar que puedes dirigirte a las conciencias de los demás?
--No hago eso, sólo pido que recuperemos nuestra personalidad moral, nuestra cordura; que los mejores ocupen el lugar que les corresponde para que dirijan y arreglen este desastre, sin dejarse llevar por nadie. Nos desindustrializaron, nos dejaron sin flota pesquera, sin industria ganadera, sin agricultura. Nos dieron unos fondos, sí, que luego devolveríamos con creces otorgándoles las grandes obras.
--¿Nada más que eso?
--Recordando también el compromiso que cada ciudadano debería tener con su patria. No pueden impedirnos que intervengamos en los asuntos que nos conciernen. Lo que es tanto como decir que hay que luchar en defensa de la patria, no en defensa de intereses foráneos. Cada pueblo ha de asumir la responsabilidad de lo que ha provocado sin involucrar a los demás.
--¿Y a ti qué te importa? ¿Irás tú, acaso, a defender esos intereses?
--No. Ni aunque fuera joven. Pero afectará a todos, vayan o no. Sólo pronunciar la palabra guerra va a producir un déficit de ochocientos mil millones que no hay.
--Eres un iluso. Todo eso son pompas de jabón.
--No lo es. Por ejemplo, se prevé que la IA entre 2030-2035, provocará que 50 millones de trabajadores estadounidenses tendrán que cambiar de trabajo; eso requerirá una serie de medidas sociales costosas que esta minoría no está dispuesta a realizar. ¿Seguiremos aceptando que el 1 por ciento siga acumulando beneficios en detrimento del resto? Para eso está el Estado, para detener tales abusos y reorganizar unos bienes que son del país.
--No interesa a la gente.
--Pues es la realidad tangible. ¿Por qué nos movemos por Gaza, lo que está muy bien, y no por nosotros mismos.
--Misterios de las masas.
--No escurras el bulto. Esa es la realidad tangible. Pero también es real que hay una potencia invisible, abstracta, positiva, que va transformando las cosas al margen del mundo verticalizado. Es como el agua que se escapa de las manos por mucho que se cierren y aprieten los dedos. Tú lo has dicho. Todos ellos van cayendo. Ahora Bayrou, poco antes la número dos del gobierno inglés.
--Lo has dicho tú.
--Es igual. ¿No es la prueba de que hay un rechazo silencioso y culpabilizador? Pues contribuyamos, aunque sea en lo modesto de nuestras posibilidades. Lo que no podemos es solapar este desastre. No se nos está diciendo qué pasa. Cuando pasen 50 años veremos que nos hicieron transitar por un camino similar al de la desindustrialización.
--Es un paripé. Las cosas han ido a peor con silencios y con tartamudeos.
--Hace falta un contrapunto.
Mi autocensura volvió a mostrar su escepticismo:
--¿Qué contrapunto?
--Es decir, que hay que aceptar felices que gasten el 2 o el 5 por ciento del pib en algo innecesario. Que pidas ver al médico porque te sientes muy mal y te den cita para una, dos semanas. Que pidas el especialista y a los tres meses ni te hayan contestado. Que haya 800 mil personas en lista de espera para operarse y sigan hablando como si nuestra sanidad estuviera en su plenitud. Que te den teléfonos informativos que comunican constantemente. Que sin ruido se pongan ahora manos a la privatización de todo, incluidas las viviendas sociales. Que estemos en un sistema tan caótico que ya no sepamos de quiénes son las competencias y las responsabilidades territoriales. Algo habrá que hacer, o decir.
Mi autocensura se echó a reír:
--Sé resiliente.
--¿Sabes qué te digo? Que hasta en esto de la autocensura hay categorías. Unas son necesarias, otras como tú, dignas de ser estranguladas.
--¿Pues a qué esperas para hacer algo de verdad?