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Smedley D.Butler, el general que se bajó del caballo


(Tiempo de lectura: 3 - 5 minutos)

La bandera sigue al dólar y los soldados siguen a la bandera. Mayor General Smedley D. Butler.

Hay vidas que avanzan como una columna militar: paso firme, bandera al viento y la convicción de que el enemigo está siempre enfrente. Hasta que un día, sin aviso previo, alguien descubre que quizá llevaba años marchando en la dirección equivocada. Le ocurrió al mayor general Smedley Darlington Butler, uno de esos personajes que parecen inventados por un guionista con debilidad por las paradojas.

Butler fue, durante años, el marine perfecto. Joven prodigio, héroe de media docena de guerras, dos veces Medalla de Honor, venerado por sus tropas y temido por sus jefes. Tenía cara de granjero, voz de predicador y una biografía que podría haber adornado cualquier mitología patriótica. Si Estados Unidos hubiera querido esculpir una estatua viviente del valor, habría utilizado su silueta.

Luchó en Cuba, Filipinas, China, México, Haití, Nicaragua. Allí donde la bandera necesitaba abrirse paso, aparecía Butler con su casco, su determinación y, aunque él no lo sabía aún, la intuición de que algo en aquel teatro global olía más a negocio que a gloria. Fue uno de los artífices involuntarios del siglo imperial estadounidense: la sombra del Tío Sam avanzando viento en popa y cañón en mano.

Y entonces, en 1931, el general decidió pensar. Es un error que los militares cometen poco porque suele traer complicaciones. En Connecticut, ante un público que esperaba el típico discurso de veterano orgulloso, Butler soltó una verdad que aún hoy continúa resonando, como un disparo al aire en una iglesia:

Durante treinta y tres años fui un gánster de primera categoría al servicio de Wall Street. Un matón. Un pistolero del capitalismo.

No era una metáfora. Butler desgranó sus campañas como quien repasa una lista de trabajos sucios: proteger el petróleo en Tampico, limpiar el camino al National City Bank en Cuba y Haití, garantizar que media docena de repúblicas centroamericanas siguieran abiertas las veinticuatro horas para los intereses de Wall Street.

Al Capone operó en tres distritos de una ciudad. Yo operé en tres continentes, remató.

Los soldados, en privado, llevaban décadas diciendo cosas parecidas. Pero nunca lo había dicho un general. Y desde luego no uno con dos Medallas de Honor y prestigio suficiente como para poner nervioso a medio Washington.

Butler no se detuvo ahí. Con la misma disciplina con la que había tomado puertos extranjeros, atacó el corazón del sistema: el negocio de la guerra. Denunció a los fabricantes de armas que vendían por igual a amigos y enemigos, a los políticos que enviaban a jóvenes a morir con la misma ligereza con la que firmaban decretos, a los banqueros que convertían cada conflicto en un dividendo.

Un cuarto de siglo después, Eisenhower bautizaría aquello como “complejo militar-industrial”. Butler lo había visto antes y lo había explicado mejor. En 1935 publicó War is a Racket (“La guerra es un timo”9, un librito furioso y preciso que hoy sigue leyéndose con la misma incomodidad que entonces. Proponía limitar legalmente el radio de acción del ejército y someter cualquier guerra ofensiva a un plebiscito en el que solo votaran quienes tuvieran que empuñar un arma. Era una idea ingenua, por supuesto; casi tan ingenua como creer que los intereses económicos se quedarían cruzados de brazos.

El episodio que lo convirtió en leyenda ocurrió dos años antes, en 1933, y parece extraído de una novela de conspiración o del guion de Siete días de Mayo. Un grupo de grandes empresarios —nombres vinculados a J.P. Morgan, DuPont, General Motors— quiso reclutarlo para liderar una milicia privada de medio millón de veteranos. El plan: derrocar a Roosevelt y frenar el New Deal instaurando una especie de Mussolini made in USA. Creían que Butler, con su carisma y su aura de héroe, sería un títere agradecido. Se equivocaron.

El general los escuchó, anotó, fingió interés… y luego los denunció ante el Congreso. Testificó ante el Comité McCormack-Dickstein, detalló reuniones, nombres, cantidades. El comité confirmó que los contactos habían existido, pero el asunto se archivó discretamente. En Estados Unidos, las verdades demasiado grandes suelen guardarse en cajones demasiado pequeños.

https://youtu.be/jxThj9gi9Ao  

A partir de entonces, Butler fue insultado con creatividad admirable: paranoico, comunista, traidor. Él respondía con la serenidad de quien ha visto el mundo desde demasiadas trincheras como para dejarse intimidar:

“Prefiero ser traidor a mi clase antes que traidor a mi país”.

Siguió recorriendo el país dando charlas, escribiendo artículos, tratando de convencer a su nación de que la guerra, además de tragedia, era también un gran negocio. Murió en 1940, en su casa de Pensilvania, con el uniforme en el armario y la conciencia relativamente en paz. Era, tal vez, el único general estadounidense cuya biografía podía resumirse así: sirvió a su país mejor cuando dejó de obedecerlo.

Hay quien dice que Butler se arrepintió tarde. Pero quizá el arrepentimiento no sea la palabra adecuada. Lo que Butler hizo fue algo más difícil: comprendió. Y la comprensión, sobre todo cuando llega tras treinta años de uniforme, tiene algo de revelación religiosa. Descubrió que el enemigo no siempre habla otro idioma ni lleva otra bandera. A veces está en casa, sentado en una mesa de juntas, brindando por la próxima intervención.

Butler fue muchas cosas: héroe, matón imperial, conciencia moral, azote de plutócratas. Pero, sobre todo, fue un hombre que tuvo el valor de mirar hacia atrás sin nostalgia y hacia delante sin miedo. Y eso, en cualquier ejército, es casi un acto de indisciplina.

 

Media

Catedrático de Universidad de Biología Vegetal de la Universidad de Alcalá. Licenciado en Ciencias Biológicas por la Universidad de Granada y doctor en Ciencias Biológicas por la Universidad Complutense de Madrid.

En la Universidad de Alcalá ha sido Secretario General, Secretario del Consejo Social, Vicerrector de Investigación y Director del Departamento de Biología Vegetal.

Actualmente es Director del Real Jardín Botánico de la Universidad de Alcalá. Fue alcalde de Alcalá de Henares (1999-2003).

En el PSOE federal es actualmente miembro del Consejo Asesor para la Transición Ecológica de la Economía y responsable del Grupo de Biodiversidad.

En relación con la energía, sus libros más conocidos son El fracking ¡vaya timo! y Fracking, el espectro que sobrevuela Europa. En relación con las ciudades, Tratado de Ecología Urbana.

 


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