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¿Se ríen de nosotros?


(Tiempo de lectura: 5 - 10 minutos)

Mientras nosotros comprobamos cómo nuestros derechos de todo tipo reculan o desaparecen, mi institucionalizado, al que elegí a falta de otra cosa, sigue en su luna de papel timbrado. No lo puede disimular: se siente en el mejor de los mundos. Raro es el momento en que no sonría (al menos mientras le enfocan las cámaras). El otro día decía con satisfacción, en defensa de su cocarnetario superior, que la sanidad, comparada con la del pasado, había dado, para bien, un giro de 180 grados. Loable conquista, porque en el pasado se decía que la sanidad era la “joya de la corona”, que incluso los ingleses ¡oh! venían aquí a operarse la cadera. Pero, ¿un giro de 180 o de 360 grados? La germanoverde Annalena Charlotte Alma, hoy presidenta de la ONU, nos sumió en la confusión cuando en su día aseguró que la cosa europea, para mejorar, debía dar un giro de 360 grados. La frase demostraba que los españoles no somos tan singulares: He ahí al "susurrador de papi Trump". Por no hablar del canciller Merz, que no comprende le temamos a la guerra. La incomprensión es recíproca). Así que, volviendo a la sanidad, habremos de calibrar si no hemos de agradecer una demora de veinte días para que el médico de cabecera nos llame por teléfono. Podría no llamarnos. Lo extraño es que los ambulatorios estén vacíos, mientras las colas se han trasladado a la privada. Otro misterio: ¿cómo pueden ser más baratos tres intervinientes (administración que paga y empresa y trabajador que cobran) que (administración y trabajador público)?

Si hablamos de basuras, extraña que ciudades que quieren capitalidades culturales extraorbitales muestren contenedores permanentemente desbordados, obstruyendo las aceras, o improvisados basureros alrededor de las farolas sin que los ayuntamientos en cuestión se inmuten. Quizás sea una oferta estética feísta. ¿Hay algo más atractivo que tres o cuatro colchones viejos al sol o bajo la lluvia obstruyendo la acera? Pero, no exageremos, sólo estarán ahí una semana; eso sí, rápidamente reemplazados por activos depositarios.

Y, ¿quién ha dicho que la cosa va mal? Consultemos la interminable relación de proyectos aprobados. ¿Que están por realizar? Veinte años no son nada, dice el tango. Es natural. Hablamos del que será el mejor hospital del mundo; el mejor plan de infraestructuras de agua del mundo; el mejor tren litoral del mundo; el mejor teatro de ópera del mundo, la mejor infraestructura de río urbano del mundo… ¿Miles de proyectos por realizar no son prueba de incansable actividad?

El representante local al que aludíamos, alentado por tantos éxitos, en el climax de la perorata, da precisos tirones de las manga de la camisa para que sobresalgan de la manga de la chaqueta lo imprescindible. ¿Gesto psicológico insignificante? En absoluto, quienes lo conocemos del barrio sabemos que son claros signos de desclasamiento. Pero, sigamos: cuando sube al atril se le avinagra el rostro. En ese momento tememos alguna levitación peligrosa por los altos vuelos. Su dicción se torna extraña, mezcla de hecho diferencial e incómoda afectación (una pugna entre el populismo neonacionalista –de la nación pequeña, entiéndase—y el castismo. No es fácil ser de aquí y de allí. La palabra postureo ha sido una de las mejores adquisiciones de la RAE. Confiemos en que ningún anglicismo menos descriptivo la sustituya. La impresión final que causa mi representante (es un decir) es que ya no habla para los demás ni falta que le hace: se escucha a sí mismo. ¿Pasará al panteón de los elegidos? Probablemente: ha logrado milagros impensables, como haber llegado ahí. Ya con diecisiete años sabía qué quería: ser alcalde, pero de pueblo. Pero al final eligió ser cola de gatopardo que cabeza de ratón. Si en los tiempos inmemoriales le preguntábamos con cierto retintín si sabía qué representaba nuestro ideario, él, presciente, nos miraba con escepticismo. Él sí se había enterado. Nosotros todavía no. Si se le preguntaba cómo podía entusiasmase con salarios mínimos de 1.221 euros mensuales y alquileres de 800 al mes (más comunidad de vecinos) su expresión ya no era de escepticismo, sino de incredulidad. No por la relación salario, alquiler, sino por las cosas que nos preocupaban, Si se le decía que la vivienda social es la solución la reacción era un “ostentoreo” silencio. El Real Estate no se puede tocar. Nos recordaba a Pepíño Blanco, cuando preguntó a Vestringe quién lo pondría el collar al gato. El gato eran los bancos. Si insistíamos él nos decía: mirad, en Alemania prima el alquiler. Que en Holanda la vivienda social representara el 30 por ciento no le incomodaba, le dejaba frío. Estos no eran problemas de un político de casta.

Otro milagro era el séquito. Mientras nuestros talentos tienen que emigrar, aquí se está formando una importante casta institucional entre titulares y leales inquebrantables. Este proceso también lo hemos vivido directamente: victorias en las asambleas locales (palanca para la posterior nominación al cargo) gracias a que más de la mitad de los asambleístas tenía prometido un puesto. Eran cocarnetarios disciplinadísimos: si el candidato levantaba la mano para pedir la palabra, todos ellos, a su vez, la levantaban. Pero, ¿qué narices estamos votando? se preguntaban. No obstante, las clases, que no existen, están en todo. Otros, que no tienen que pasar por estos aburridos cónclaves laicos, también son premiables. ¿Les volverán a dar un puesto a los Príncipes de la ensalada congelada, a los Antonio Cantamañanas de turno? Cuando preguntas responden que van de asesores. ¿Asesores de qué? Cuándo te miran adivinas su pensamiento: este no esnifa el horizonte del poder (del poder mandado; el gran poder carece de rostro y va en bata de seda). Qué tiempos aquellos en los que el primer ministro seguía viviendo en su barrio y tú servías para pegar carteles. Hoy ni eso: un modisto experto en “performances” es más necesario que un crédulo sacrificado. Luego te enteras de que incluso, sin perspectivas seguras de ganar, se ha comprado un chalé en el barrio más pijo. Curioso, al ciudadano pedestre nos exigen sólidas garantías para un minipiso. ¿Que no hay dos España? Va a ser que sí. Y si se piensa bien, incluso no comprar el chalé podría resultar sospechoso: ¿un ejemplarista (facción que habría que crear), un dinamitador de condicionantes limitativos?

Entre ellos, casta institucionalizada, fingen que se estiman y valoran, y que aborrecen a los contrincantes por su falta de ideales, corruptibilidad, ambición, más la osadía de pretender disputarles el espacio. Es indignante ver tanta corrupción en el prójimo. A pesar de cuatro niveles electorales en la nación y de nueve instituciones europeas no hay para tanto apetito.

Pero, como en América, cualquier sueño es posible. Hasta el más iletrado o reciente allegado tiene posibilidades. ¿Experiencia, conocimientos, méritos, credibilidad? Paparruchas. No hacen falta buenos oficiales donde no hay batallas reales, me informa mi representante local. La ausencia de necesidad elimina al órgano. Quien realmente mueve los hilos de la cosa le dice al cocarnetario capaz y vetado, asombrado este por tales nombramientos, que “no hay gente, por lo cual hay que recurrir a todo”. El vetado se queda pasmado (le acaban de insultar impunemente); él no forma parte ni de todo, es peor. Pero en este mundo no se discute. Trata a los amigos como futuros enemigos y a los enemigos como futuros amigos es la clave. Mejor decirle al sabio distribuidor de prebendas: ayer tu enemigo y yo no tomamos una botella de vino. Inmediatamente se pondrá a calcular correlación de fuerzas. En definitiva, es la primera prueba de autocontrol por la que hay que pasar. Haga Vd. una ciudad con tales razonamientos. No digamos una nación.

Las fuertes palmadas de felicitación en la espalda son obligada expresión de fidelidad. Para el contrincante, discursos vitriólicos por encima (y que ningún aludido se cree) y acuerdos acomodaticios por debajo. Quizás de ahí esas sonrisas de escolar travieso en los zarandeados, que saben dónde está la trampa y el límite. Parece que no hemos salido de Isabel II, del Sexenio, de la Restauración. A veces superan a la estupenda revista satírica valenciana La Traca. Hoy deberían complementarla con La Falla.

¿Por qué esta falta de pasión, de irritación? Simplemente porque no estamos en una pugna de principios ni de ideas ni de proyectos ni de transformaciones ciudadanas que tienen la virtud de alterar la sangre. Hay un cartel en todo lo alto del paraninfo de los excelsos que dice; prohibido salirse de la rutina. Abróchense los cinturones los que no quieran aterrizar forzosamente.

A la salida del mítin, autoabrazos: yo también os quiero. ¿Cómo permanecer impasibles ante los vítores y aplausos de los cándidos que se dejan llevar más por las emociones que por los datos? ¿Han olvidado que su operación quirúrgica lleva esperando más de dos años? ¿Qué este mes la luz le ha subido s más de cuatro veces? ¿Qué no le han pagado las horas extra? ¿Qué se le amontonan las basuras y muebles desechados frente al portal? Además, es culpa del otro que no ha ganado una elección desde hace décadas. El pasado tiene las espaldas anchas. ¿Todo concordia? ¿Todo compechanería? En la soledad, regañina al conductor porque ha dejado el coche oficial treinta metros allá. Etilismo profesional. Amar al pueblo no significa carecer de autoridad. La condescendencia se ha de compensar con jerarquía. Más tonto no se puede ser si no se comprende esto. ¿Volver al barrio? ¡Jamás!

En la corporación los hay de todos los tamaños: pequeños, minúsculos, microscópicos; desde los que te pueden amargar la vida poniéndote diez contenedores de basura ante la puerta, para comodidad y ahorro del servicio mixtado, hasta los que pueden apoyar la guerra sin antes haber contado los macutos. Sus competencias no les facultan, pero ahí está la gracia del cargo: en no hacer lo que se debe, y sí lo que no se puede.

¿Tímidos, pusilánimes, obedientes? En absoluto, la de autopsias que hay que hacer a los cadáveres de los muertos (no, no es un pleonasmo, es un superlativo: te pueden fulminar tres veces) para llegar. ¿No los hay grandes? Claro que los hay, pero su volumen no pasa el tamiz de lo mínimo (recuérdese: no hay gente). Ahora el desafío no es el programa, el proyecto, el plan, la idea, el ideal, la inteligencia, la audacia, el valor, el verbo desprendido de frases hechas que algunos creen dan empaque técnico (ventana de oportunidad, sí es sí, no te haré un espoiler, la uni, cero patatero, pasa por, etc. etc. etc (incluida la incorrecta redundancia).

El compañero que tiene aspiraciones no es sino un insolente. Además, guárdeme cuarto y mitad para mis allegados. Es el siglo de los listos (gentileza de Hollywood), ya no hay inteligentes. Pero, así, ¿cómo realizar la solidaridad, la cooperación partidaria? ¿Cómo cambiar nada con dos frentes, uno externo y otro interno? Pero, ¿quién ha dicho que haya que cambiar nada? No hay que salir de la rutina. ¿Por qué nos ha de preocupar nuestro lugar en el mundo si tenemos suficiente labor con nuestras luchas intestinas, salvo cuando se habla de guerra o de recortes. ¿Recortes? ¿Qué es eso del AROPE, del Gini, que dan la medida de los que estando de puntillas tienen el agua al borde del labio? Los españoles nos preciamos de tener una risa fácil. Pero no hemos afinado aún si se ríen con nosotros o de nosotros. He de preguntárselo a mi amigo institucionalizado.


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