China y la pelea de los tigres
- Escrito por Manuel Peinado Lorca
- Publicado en Opinión
Hay una expresión china —zuò shān guān hǔ dòu— que significa “sentarse en la montaña a ver cómo pelean los tigres”. En el Foro Económico Mundial de Davos de 2026, la escena parecía calcada del proverbio. Dentro del centro de congresos, las grandes potencias se medían con cautela y zarpazos retóricos. Donald Trump, con sus gestos grandilocuentes sobre Groenlandia, fue el más estridente. Mark Carney, primer ministro canadiense, se llevó los aplausos al advertir que las potencias medias deben plantar cara a los abusones.
Fuera, en el paseo principal, los países emergentes —de India a Nigeria— competían por visibilidad con escaparates brillantes y mensajes optimistas. China, curiosamente, no ocupaba ningún local. El discurso de su viceprimer ministro, He Lifeng, pasó casi desapercibido en los titulares. Pero su contenido fue inequívoco: China aspira a ser el estabilizador del sistema internacional, defensora del libre comercio y del orden basado en normas. Y, sobre todo, quiere liderar la transición energética global proporcionando al mundo la tecnología limpia necesaria para combatir el cambio climático, un asunto apenas tratado en Davos.
“El país trabajará con todas las partes para garantizar el libre flujo de productos verdes de calidad”, dijo He el 20 de enero. La invitación estaba hecha: empresas de todo el mundo debían aprovechar la transición baja en carbono.
Pekín se percibe a sí mismo como el gran nodo industrial de esa transición. No tanto por la velocidad con la que reduce sus propias emisiones —que siguen siendo elevadas— sino por su papel decisivo en la fabricación de las herramientas que permitirán reducir las de otros. China controla más del 80% de la cadena global de suministro solar y produce más del 70% de los vehículos eléctricos del planeta. Sus exportaciones limpias llegan a casi todos los rincones del mundo.
Ese dominio inquieta. Muchos líderes temen que la supremacía industrial china reconfigure el comercio global. Estados Unidos ha respondido con aranceles y barreras. Los fabricantes estadounidenses intentan reinventar su industria de vehículos eléctricos para competir con modelos chinos más baratos. La directora gerente del FMI, Kristalina Georgieva, advirtió que una “avalancha” de productos verdes chinos podría provocar reacciones proteccionistas. Su recomendación fue pragmática: permitir la competencia sin elegir ganadores mediante políticas industriales hipertrofiadas.
Durante años, la cuestión se consideró un asunto de comercio. Hoy es también una cuestión climática. Si la tecnología china sigue abaratándose y su adopción crece, las emisiones globales podrían caer más rápido de lo previsto. Simon Stiell, responsable de la Convención Marco de la ONU sobre Cambio Climático, afirmó en la última COP que las exportaciones chinas ya están “eliminando gigatoneladas” de emisiones potenciales.
La implicación es profunda: reducir emisiones empieza a parecer menos inalcanzable, especialmente en los mercados emergentes, donde la demanda energética crecerá con mayor intensidad. Pero también abre una nueva tensión geopolítica. ¿Cómo aprovechar la tecnología china sin quedar atrapados en una dependencia estratégica incómoda?
La ironía es que el auge verde chino nació de una decisión que no era principalmente climática. Tras la crisis financiera de 2008, muchos gobiernos apostaron por estímulos verdes. Estados Unidos y Europa giraron después hacia la austeridad. China, en cambio, redobló la apuesta con billones de dólares en inversión acumulada para levantar una potente base industrial limpia e infraestructuras energéticas.
El resultado es visible. China concentra alrededor del 70% de la producción mundial en seis tecnologías clave identificadas por la Agencia Internacional de la Energía: solar, eólica, vehículos eléctricos, baterías, electrolizadores y bombas de calor. El precio de los módulos solares ha caído cerca de un 90% desde 2010; el de las baterías de ion-litio entre un 80% y un 90%. Lo que antes era tecnología de nicho se ha convertido en la opción energética más barata en muchos mercados.
Sin embargo, la reducción de emisiones no es automática. En China y en numerosos países compradores, la energía solar se instala con rapidez, pero a menudo para cubrir nueva demanda eléctrica, no para sustituir centrales de carbón o gas. Los escenarios energéticos actuales siguen otorgando espacio a los combustibles fósiles.
Aun así, empiezan a surgir señales de cambio. Pakistán, el vigésimo noveno mayor emisor mundial, sorprendió en 2023. Con un sistema eléctrico caro e inestable y protestas ciudadanas por facturas desorbitadas, el país vio cómo fabricantes chinos inundaban su mercado con paneles solares baratos. Las políticas locales facilitaron importaciones y permitieron vender electricidad a la red. Entre 2022 y 2024, las importaciones solares se multiplicaron por cinco. Este año, la energía solar podría aportar el 20% de la electricidad del país. Las baterías de litio chinas también se expandieron, permitiendo almacenamiento continuo.
Lo decisivo no fue un gran plan climático, sino la economía. Cuando la energía limpia es más barata, se impone. Ese caso expone una limitación de muchos modelos climáticos: suponen que la política es estática, cuando en realidad puede cambiar rápidamente si cambian los incentivos económicos.
África podría ser el siguiente escenario de transformación acelerada. Según el centro Ember, veinte países africanos registraron récords de importaciones solares chinas antes de junio de 2025. Argelia multiplicó por treinta y tres sus compras; Zambia y Botsuana por ocho y siete. El patrón es lógico: los países con mayor crecimiento de demanda eléctrica suelen ser también los más soleados.
Sin embargo, estos movimientos apenas se reflejan en los grandes informes energéticos. El último World Energy Outlook de la Agencia Internacional de la Energía generó debate al proyectar una demanda resistente de petróleo y gas. Pero esos escenarios parten de políticas actuales. Si los costos siguen cayendo y la demanda eléctrica aumenta, es probable que las políticas evolucionen en consecuencia.
Un análisis del medio especializado Carbon Brief estimó que las exportaciones chinas de 2024 reducirán un 1% las emisiones fuera de China. Puede parecer modesto, pero ese porcentaje supera las emisiones anuales de la mayoría de los países europeos.
La pelea de los tigres continúa en la montaña. Mientras las grandes potencias discuten sobre aranceles y seguridad, China avanza discretamente en el terreno industrial que puede definir el ritmo de la transición energética. El dilema para el resto del mundo no es menor: aceptar esa realidad y adaptarse, o resistirse y arriesgar una fragmentación que encarezca y retrase el camino hacia un sistema energético más limpio.
Manuel Peinado Lorca
Catedrático de Universidad de Biología Vegetal de la Universidad de Alcalá. Licenciado en Ciencias Biológicas por la Universidad de Granada y doctor en Ciencias Biológicas por la Universidad Complutense de Madrid.
En la Universidad de Alcalá ha sido Secretario General, Secretario del Consejo Social, Vicerrector de Investigación y Director del Departamento de Biología Vegetal.
Actualmente es Director del Real Jardín Botánico de la Universidad de Alcalá. Fue alcalde de Alcalá de Henares (1999-2003).
En el PSOE federal es actualmente miembro del Consejo Asesor para la Transición Ecológica de la Economía y responsable del Grupo de Biodiversidad.
En relación con la energía, sus libros más conocidos son El fracking ¡vaya timo! y Fracking, el espectro que sobrevuela Europa. En relación con las ciudades, Tratado de Ecología Urbana.
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