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23-F, el rey Juan Carlos y la inconveniencia de Feijóo


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Entre la ley de Secretos Oficiales, en vigor, y la de Información Clasificada, en vías de progreso al parecer inobjetable, se ha abierto camino la publicación de los documentos del 23F, en efeméride de 45 años de aquella infausta memoria, con un resultado “de azul desganado que los ingleses llaman gris”, que dice Borges, en El Aleph. Las 167 unidades temáticas, como intitula el gobierno, responsable de su publicación, apenas han hecho otra cosa que confirmar cuatro décadas y media después lo ya sabido y reproducido por investigaciones periodísticas aparecidas tiempo atrás. Fallecidas las figuras estelares de la tentativa de golpe de Estado, con la excepción de Tejero, quien más visibilidad ostentaba, que lo hizo dos días después de la publicación, el gobierno ponderó, quizá con acierto, que, con la redondez de los 45 años, hacer públicos estos documentos lo que se pretendía era desmitificar aquellos acontecimientos que produjeron mucho daño reputacional a la idea institucional, histórica y geográfica de España. Solo quedaba el teniente coronel Tejero en la coincidencia de la aireación de los documentos, pero la involuntaria colaboración del destino ha colocado la publicación a la par del óbito del golpista.

El intercambio de diálogos entre los protagonistas, con abundancia de coloquialismos chuscos, las notas manuscritas con gráficos infantiles, junto a las imágenes de la entrada al Congreso tantas veces reproducidas, denotan la calidad de la intentona, que, así y todo, pudo coronarse con el triunfo y que se malogró por la autoría de algunos protagonistas, entre los que crece sobre todos los demás la figura del rey Juan Carlos, junto con sus asesores más cercanos, agigantado entre ellos el general Sabino Fernández Campo. Pero llegados aquí, el asunto toma una deriva insospechada, que es el refuerzo de la imagen del rey emérito, alejado del palacio de la Zarzuela a la capital de los Emiratos Árabes Unidos, Abu Dhabi, desde donde se traslada a España para momentos de ocio y de alguna celebración familiar. Esta lectura diacrónica del golpe de Estado de 1981 le ha permitido al líder de la oposición, Núñez Feijóo, recibir la publicación de los papeles del 23F como una oportunidad aprovechable en el sentido de una reivindicación del perfil del rey Juan Carlos frente al proclamado “republicanismo” del gobierno de coalición y a la escasez de cariño de Vox hacia las formas monárquicas de la jefatura del Estado.

Feijóo advierte las dificultades por las que pasa la afirmación de su liderazgo en medio de una sucesión de comicios autonómicos y ha elegido una vía de defensa del anterior jefe del Estado con olvido, al parecer, de las vicisitudes concretas de la desafección del monarca Juan Carlos y de la relación del mismo con la rama dinástica Borbón, es decir, con el actual rey Felipe. Sin pensarlo, sin existencia de voluntad, pudiera ser que el dirigente del Partido Popular haya abierto una cicatriz que apenas se notaba en el tejido político del teatro público del país. Los documentos de lo sucedido hace 45 años acreditan que la solución que se dio a aquella crisis fue la continuidad de los usos y costumbres de la democracia, y del revelado, por otra parte conocido, sale una imagen muy vitaminada del rey Juan Carlos, lo que puede arriesgadamente originar una demanda de alumbramiento de la documentación de las andanzas del mismo campeón del 23F en otras fechas de su biografía que están adornadas por el abuso, el dispendio, la inestabilidad familiar y la muy escasa ejemplaridad pública. La elección de una parte de la historia en beneficio de la nebulosa de la otra parte coloca a Feijóo en una incómoda posición de defensa histórica de una trayectoria. La próxima ley de Información Clasificada ya tiene abierta una línea de trabajo, que no es otra que la segunda parte del reinado de Juan Carlos, de menos interés sin duda para los grandes trazos de la historia, pero de innegable valor para la interioridad de un miembro de la institución monárquica, adornada entre otras particularidades por la falta de participación ciudadana en su origen y mantenimiento como forma política.

Periodista (Ciencias de la Información, Univ. Complutense de Madrid), colaborador en distintas cabeceras (Diario 16, El País, Época, El Independiente, Diario de Alcalá), miembro del Patronato de la Fundación Diario Madrid.


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