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A vueltas con el turismo


(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

La industria turística, y su masificación, tiene una contradicción de base: no se puede ser a la vez singular y multitudinario. Este último aspecto destruye el atractivo de lo diferente. Pero la lógica de un sector industrial capitalista es la apuesta máxima: reducción de costes, abaratamiento, multiplicación. Aunque hemos convertido el viaje, la actitud turística, en algo cotidiano y transversal a todo lo que hacemos, apostar por este sector es ya algo arcaico, al igual que pretender mantenerlo. Es una actividad de dudoso beneficio colectivo, con costes medioambientales que no se pueden asumir, y resulta imposible democratizarla; es una cuestión de física, de la relación entre espacio y movimiento de los cuerpos. Si hemos colapsado, estamos en situación de bloqueo cuando el turismo internacional solo lo pueden practicar 2.500 millones de personas y, sin embargo, pretendemos —y seguramente es voluntad de la gente— ampliarlo por las posibilidades de renta de las nuevas clases medias en una proporción aproximada de 200 millones adicionales anuales. En una década, hemos duplicado el número de turistas internacionales. Se puede discutir si esto técnicamente puede ser posible, si las leyes de la física y la capacidad de construir infraestructuras lo hacen factible, pero resulta indiscutible su insostenibilidad medioambiental, de entrada, además de la económica, social y urbana. ¿Doblar la vivienda turística cuando somos incapaces de proporcionarla a todos los ciudadanos?

Cataluña y Barcelona necesitan un modelo de desturistificación, ya que la saturación y los efectos perversos superan con creces los beneficios. Se requiere, como ya hacen Venecia o Ámsterdam, un marketing inverso para desincentivar la masificación y recuperar cifras de sostenibilidad. El sector, poco amigo de la contención y sí de externalizar los costes que genera, se frota de nuevo las manos ante la idea de que la guerra del Golfo Pérsico traerá muchos turistas que pensaban ir allí a España como refugio. El turista no soporta ninguna sensación o posibilidad de vivir de manera insegura. No es una buena noticia. Los ciudadanos de Barcelona, desde hace tiempo, se han visto desposeídos de su ciudad y el nivel de precios de consumo y de la vivienda les obliga a marcharse. El drama de este negocio es que los beneficiarios son unos pocos especuladores y la factura la pagamos todos, tanto la administración en forma de servicios como los ciudadanos con los precios.

No nos engañemos: el turismo es una oportunidad para los territorios más pobres, pero solo debería ser un complemento para las economías ricas si no quieren dejar de serlo. Se puede establecer una comparación con lo que significa la práctica del proteccionismo económico: riqueza por el mantenimiento del mercado a corto plazo, pero retraso a largo plazo por el estancamiento tecnológico debido precisamente a esa protección. La diferencia con las políticas económicas es que estas pueden cambiarse de manera rápida por decisiones gubernamentales; en cambio, de la dependencia del turismo no se sale, o solo se puede salir a largo plazo y con muchas dificultades y presiones de los lobbies. Crea adicción, además de una transformación de estructuras económicas, sociales, urbanísticas y ciudadanas muy difíciles de revertir. Aparte de los aspectos estructurales, se crea entre la ciudadanía un orgullo nacional o urbano estúpido al argumentar cifras y récords de visitantes.

Contrariamente a lo que se piensa o a lo que interesadamente se difunde, la actividad turística organizada no sirve para distribuir la riqueza en el mundo. En realidad, las cifras económicas del turismo nos hablan de otra dinámica. Las rentas turísticas fundamentales van a compañías aéreas internacionales, grandes grupos hoteleros, las principales navieras, plataformas intermediarias de internet, agencias turísticas y todo tipo de turoperadores, radicados en países occidentales muy lejos de las rutas de fantasía que promueven. Los destinos aportan el espacio, el servicio y la mano de obra mal pagada. Y se quedan con la degradación ambiental, la contaminación y la destrucción de ecosistemas económicos y sociales tradicionales. El grado de reparto de rentas turísticas depende también del nivel de desarrollo del destino. En las ciudades occidentales de visita turística obligada, se calcula que llega alrededor del 40% del esfuerzo total que hace el visitante, muy en línea con el coste del viaje aéreo. Cuando el viaje se realiza a zonas más atrasadas, el cálculo de lo que repercute en el territorio no va más allá del 20%; la razón es que buena parte de lo que se consume es de importación.

Josep Burgaya es doctor en Historia Contemporánea por la UAB y profesor titular de la Universidad de Vic (Uvic-UCC), donde es decano de la Facultad de Empresa y Comunicación. En este momento imparte docencia en el grado de Periodismo. Ha participado en numerosos congresos internacionales y habitualmente realiza estancias en universidades de América Latina. Articulista de prensa, participa en tertulias de radio y televisión, conferenciante y ensayista, sus últimos libros publicados han sido El Estado de bienestar y sus detractores. A propósito de los orígenes y el cruce del modelo social europeo en tiempos de crisis (Octaedro, 2013) y La Economía del Absurdo. Cuando comprar más barato contribuye a perder el trabajo (Deusto, 2015), galardonado este último con el Premio Joan Fuster de Ensayo. También ha publicado Adiós a la soberanía política. Los Tratados de nueva generación (TTP, TTIP, CETA, TISA...) y qué significan para nosotros (Ediciones Invisibles, 2017), y La política, malgrat tot. De consumidors a ciutadans (Eumo, 2019). Acaba de publicar, Populismo y relato independentista en Cataluña. ¿Un peronismo de clases medias? (El Viejo Topo, 2020). Colabora con Economistas Frente a la Crisis y con Federalistas de Izquierda.

Blog: jburgaya.es

Twitter: @JosepBurgayaR


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