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Estado de shock


(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

La noticia sobre la imputación judicial del expresidente Rodríguez Zapatero ha supuesto una sacudida excesiva para la cultura de izquierdas, donde la ética y la moralidad de sus representantes políticos siempre han sido un principio fundamental. En la actual polarización de la política española, donde la derecha juega una estrategia de destrucción total respecto al gobierno de izquierdas y al presidente Pedro Sánchez, resulta difícil saber qué es verdad, qué es solo una posibilidad y qué es abiertamente la práctica generalizada del lawfare por parte de una judicatura española casi totalmente alineada con la estrategia política de la derecha y la extrema derecha. Resulta evidente que se levantan imputaciones ficticias, como en el caso de la esposa de Sánchez, con un juez Peinado cuya rapidez para mover el caso y llevarlo a juicio resulta tan insólita como el hecho de que la propia judicatura no lo haya apartado de un caso en el que manifiesta una hostilidad injustificada. Desgraciadamente, también es cierto que el PSOE ha sido muy poco cuidadoso con un entorno con demasiados Ábalos, Koldos y Santos Jordán. Se podrá decir, y es cierto, que los casos de corrupción del Partido Popular son más numerosos y de mayor importancia, y que su única ventaja es que la judicatura los deja morir por antigüedad e inanición o, si hace falta, prevaricando.

¡P’alante!

Pero la reacción de los electorados de derechas e izquierdas es muy distinta ante la corrupción y el tráfico de influencias de sus políticos. Existe una cultura conservadora, y más aún en la extrema derecha, donde se presupone que la gente que se dedica a lo público está ahí para hacerse rica, perdonándolo y justificándolo en los suyos, mientras condena por ello a sus adversarios, a quienes se acusa de delincuentes por definición, aunque no exista ningún motivo para hacerlo. Para la izquierda, las conductas delictivas resultan menos aceptables y se justifica poco a los propios. Está bien que sea así. La razón es la primacía de lo social y lo colectivo por encima de pulsiones e intereses individuales. En la cultura conservadora, la inclinación desmesurada al enriquecimiento, de forma más o menos encubierta, se considera una pulsión humana inevitable vinculada a la primacía del interés individual. El asunto de Rodríguez Zapatero se encuentra en una fase muy inicial y habrá que ver si lo que afirma el auto del juez se demuestra. La presunción de inocencia es un valor, y más aún cuando lo que se afirma puede estar contaminado por intereses políticos que buscan la destrucción política y de la figura pública del expresidente. Que semanas antes de hacerse pública la acusación, y bajo secreto de sumario, la oposición ya blandiera públicamente lo que estaba por venir, evidencia una relación demasiado intensa y cercana entre las derechas y el mundo judicial. A estas alturas, pueden pensarse dos cosas. O bien se han forzado hechos para construir un relato políticamente condenatorio contra Zapatero y, de paso, contra el PSOE —algo que en buena parte ya se ha conseguido—, o bien realmente ha habido prácticas cuestionables de tráfico de influencias o incluso de corrupción.

Habrá que verlo, pero el circo ya está montado y juega contra cualquier posibilidad de recomponer las expectativas socialistas tras las derrotas electorales en las comunidades autónomas y, especialmente, tras el batacazo andaluz. El expresidente Zapatero, pese a no haber brillado especialmente en una presidencia marcada por la crisis económica de 2008, se ha convertido en un icono del socialismo y de la izquierda en general. Respetado y admirado por los suyos, pero también abierta y ampliamente por la izquierda del PSOE. En las campañas electorales, su estilo desenfadado movilizaba votos entre el electorado adormecido de la izquierda española. Aportaba y sumaba porque transmitía una conducta éticamente intachable. Fue quien logró el final del terrorismo de ETA y ha sido un negociador internacional relevante. Siempre ha estado al lado de Pedro Sánchez en un partido donde a las viejas glorias les gusta actuar como jarrones chinos imposibles de ubicar. El golpe es muy duro y la gente de izquierdas y el progresismo en general queremos pensar que todo esto es una maniobra sucia de la derecha judicial y política. Pero no estamos tranquilos. Que expresidentes monten asesorías y consultoras no parece lo más adecuado, como tampoco que las hijas vivan de operar con la agenda del padre. Ojalá el problema sea solo estético. Si hay algo más, no solo no se podrá frenar el empuje de la extrema derecha, sino que el enfado y la vergüenza del electorado progresista lo sumirán en la retirada.

Josep Burgaya es doctor en Historia Contemporánea por la UAB y profesor titular de la Universidad de Vic (Uvic-UCC), donde es decano de la Facultad de Empresa y Comunicación. En este momento imparte docencia en el grado de Periodismo. Ha participado en numerosos congresos internacionales y habitualmente realiza estancias en universidades de América Latina. Articulista de prensa, participa en tertulias de radio y televisión, conferenciante y ensayista, sus últimos libros publicados han sido El Estado de bienestar y sus detractores. A propósito de los orígenes y el cruce del modelo social europeo en tiempos de crisis (Octaedro, 2013) y La Economía del Absurdo. Cuando comprar más barato contribuye a perder el trabajo (Deusto, 2015), galardonado este último con el Premio Joan Fuster de Ensayo. También ha publicado Adiós a la soberanía política. Los Tratados de nueva generación (TTP, TTIP, CETA, TISA...) y qué significan para nosotros (Ediciones Invisibles, 2017), y La política, malgrat tot. De consumidors a ciutadans (Eumo, 2019). Acaba de publicar, Populismo y relato independentista en Cataluña. ¿Un peronismo de clases medias? (El Viejo Topo, 2020). Colabora con Economistas Frente a la Crisis y con Federalistas de Izquierda.

Blog: jburgaya.es

Twitter: @JosepBurgayaR


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