Leyenda negra posmoderna, relaciones internacionales, Ayuso
- Escrito por Luis Méndez
- Publicado en Opinión
Muchos en España, abducidos por una posmodernidad escéptica de todo, salvo de lo suyo, niegan que una leyenda negra contra España se renueve cada equis tiempo. Para ellos no hay maquinaciones políticas, y todo es tal como aparece a primera vista. Los cristales tintados sólo son cristales. Hay que reconocer que la maquinación tuvo su efecto: tales incrédulos alegan que carecemos de la relevancia necesaria para tanta ingeniería. Desconocen los tratados de Tordesillas o de París (los primeros). La cuestión es que mientras los otros trabajan el futuro, nosotros nos solazamos en la despreocupación. ¿No iba de eso la fábula de la cigarra y la hormiga? ¿Irrelevantes? Allá donde haya riquezas, rutas y la posibilidad de una identidad unificada no habrá tal.
Lo peor no es que no sepan, sino que no les interesa. Si descubrieran que la intención es demostrar que además de malísimos fuimos un pueblo disminuido intelectualmente (se verá qué significa esto) posiblemente algo se removería en su interior. Porque, igual que cada hiperbóreo lleva en sí un imperio, por muy insignificante que sea su papel en él mismo, cada uno de nosotros, por el contrario, arrastra la secular losa de tales descalificaciones. Aunque se refieren al pasado han hecho mella en el presente, sobre todo si el rescoldo se reaviva de vez en cuando.
También hay en nuestro país sectores cultos que, conociendo el asunto, muestran una indiferencia absoluta. Están convencidos de que son más de ahí (no de allí) que de aquí. No exageramos. Se consideran ciudadanos de una cosmópolis anglófila que no tiene fronteras para ellos. Esto no es criticable, cada cual se engaña como puede, ajeno a que los porteros de la City o de Wall Street son inflexibles.
Sobre la disminución intelectual recordemos a Arthur de Gobineau, quien sostenía que nuestra mezcla de sangres producía una degeneración física y mental que se reflejaba en la estructura ósea; o a Stendhal, que atribuía nuestra falta de luces a nuestra naturaleza y a la formación recibida (racismo ilustrado). Esto era en el siglo XIX, pero como también se verá, son los otros los que regresan constantemente al pasado, mientras que nosotros, los primitivos, nos mostramos civilizadamente indiferentes o despistadamente inermes. Habrá de todo.
No somos españolistas (sería imitar lo que criticamos), sino todo lo contrario: echamos de menos un universalismo verdadero. En absoluto nos molesta la música extranjera en las emisoras (¿quién puede rechazar las composiciones italianas, francesas, zíngaras?). Tampoco nos molestan las camisetas con banderas o capitales de fuera (siempre que no se veten las nuestras) ni la ausencia de españoles en las frecuentes clasificaciones literarias ni en las listas de las mujeres más bellas ni en las de los actores y actrices inolvidables. Lo que criticamos es el monopolio establecido por quienes se han reservado el papel de ombligo mundial, con drástica exclusión de los demás. No porque le tengamos tirria a nadie, sino porque no hay causa para tal preeminencia. En casos siguen anclados en las fatigas de Isabel Tudor.
Hay quienes sí saben que hay leyenda, pero que es cosa del pasado, por lo tanto, inoperante. Pero son demasiadas las pruebas para aceptarlo así: desde el Spain is pain (España es una pena, en periódicos diversos), hasta las conmemoraciones escolares en el Día de Colón, en las cuales los niños norteamericanos (recordemos que pertenecen a la anglosfera) se disfrazan de frailes españoles maltratando a los indígenas de las antiguas posesiones españolas.
Otra prueba la ofrece el universo Marvel, capaz de adecuarse a cada generación sin renovar nada. En las películas Eternals (2021), What If...? (2021) o Black Panther: Wakanda Forever (2022) reaparecen Isabel la Católica y el Imperio español como muestras de crueldad y perversión, lo que provoca que los protagonistas de la historia, los buenos, abandonen la Tierra. Lectores de tebeos ellos, ¿conocerán las Leyes de Indias o los sorprendidos escritos de Henry Hawks sobre el buen trato a los indios en los tribunales españoles? Sospechoso es el olvido de Tasmania, donde quedó una única superviviente, o del Congo Belga, verdadero museo de los horrores, o de Australia, inmensa prisión a cielo abierto, con presos de hasta 9 años. Sólo por curiosidad comparativa deberíamos ver o volver a ver, como muestra blancolegendaria, la británica 55 días en Pekín, ciudad en la que los europeos fueron invadidos por los chinos. Cualquiera diría que tras la caída del Imperio Español por fin reinó la concordia universal.
Una prueba de estas cronologías complejas nos la ofrece Alma Guillermoprieto. Mejicana, Premio Príncipe de Asturias, que escribe en inglés (quizás es el caso contrario a Borges, quien escribía en español porque, decía, respetaba demasiado al idioma inglés) considera la conquista como una herida abierta y una estructura persistente. ¿Herida y estructura de qué? En la entrevista afirma que Trump se sintió con autoridad para hacer todas las barbaridades que ha hecho en el mundo y que en 2018 no nos imaginábamos la destrucción de Gaza. Aceptando todo lo que dice sobre Trump, y más, nos sorprende en ella la permanencia de unos (nosotros, herida permanente) y la evanescencia histórica de otros. Antes de Trump y después de nosotros el mundo era un paraíso. Jimmy Carter sostenía en 2018 que su país, en 242 años de historia, sólo había tenido 16 de paz: qué despiste. La nabka y otras lindezas jamás se dieron antes. La periodista mejicana, mientras nos tiene a nosotros resucitados, ha convertido a Trump en un cajón de sastre que absorbe los males pasados presentes y futuros de su país. Deberíamos hacer algo semejante con Fernando VII y culparle del caso Noos.
La verdad es que la anglosfera ha tratado con más habilidad estas cosas. Por ejemplo, la defensa de España que hace Vargas Llosa es contraproducente. Ni es mentira lo que dice ni su crítica produce efectos unificadores. Critica a los creadores de tal historia, sí, ingleses y holandeses principalmente, pero más contra los indigenistas hispanoamericanos actuales (que después de todo dicen cosas que nuestras más altas instancias han aceptado) y contra nosotros por no defendernos. Pero, no; que una fuerza no se defienda adecuadamente no la convierte en más culpable que al agresor. Una cosa puede ser miopía y otra, inmoralidad. Tales aportaciones no obvian el problema y lo redirigen. Además, como sabremos así que es xenofobia y qué propaganda?
Y esta es la parte más actual del asunto. La leyenda sigue causando efectos porque nosotros nos empecinamos en pisar la trampa. A la angloesfera no le preocupan las maldades del mundo ni las propias. ¿Cómo creer así en su preocupación humanitaria por los indios? Lo que realmente les interesa es que la cuña entre las Españas subsista. Lo que realmente se ataca es la base histórica de unos pueblos para que no desarrollen un proyecto común, que es lo que verdaderamente preocupa. Con reproches estériles entre nosotros no repararemos el pasado, y daremos pábulo a las exageraciones históricas.
Se ha criticado a Felipe VI por admitir la culpa, sin darse cuenta de que es increíble que en un mundo salvaje los españoles llegáramos como no llegaron los demás, es decir, humanitariamente. Ahí es donde hay que incidir, en que aplicar la ley y la moral a un solo país es tan injusto como interesado, e inutiliza la fuerza de esa ley. ¿Acaso nuestro imperio --o el suyo-- se portaba bien con sus nacionales? No le pidamos peras al olmo. Sin embargo, no olvidemos que fuimos los únicos en crear leyes y establecer debates con libertad para cuestionar la legitimidad de la por lo visto única conquista del mundo. Y es incierto que De las Casas fuera perseguido. Muy al contrario, tenía abiertas las puertas del emperador.
Vargas Llosa desvía el foco de la difamación histórica y lo redirige a una lucha política actual entre progresistas y conservadores. Sabemos que las inclinaciones humanas atienden más a la emoción que a la razón. Tal enfoque es hacerle el juego a la Leyenda Negra, renovándola, ampliándola y obligándonos a que tengamos que elegir entre nuestra madre o la justicia: o negrolegendaristas o “imperialistas”. He ahí el dilema que no se debe plantear. Aclaramos que ese fue el planteamiento de Camus, quien eligió a su madre (Francia) frente a la justicia (la independencia de Argelia). Pero lo que en realidad no se quiere es un puente entre España e Ibeoramérica. No facilitemos la intención inicial: dividirnos y aislarnos. El Imperio español desapareció, pero no las relaciones entre España e Iberoamérica ni la diplomacia ni las relaciones internacionales. Lo importante ahora es llevar el asunto a una clarificación histórica para que no haya brechas explotables por otros.
No podemos hacer nada por las víctimas de la época, salvo reconocerlas como tales y complicar (poner trabas) a que el asunto se reproduzca en beneficio de otros. Seguir metiendo el pie español en la trampa anglosajona sí es hacer mal. Más peligrosas que nuestros antepasados son las pretensiones de la renovada doctrina Monroe--Trump. Puestos a recomponer errores del pasado se podría proponer en la ONU un mea culpa universal. Sin embargo, ni siquiera se ha logrado una votación unánime contra la glorificación del nacionalsocialismo, impedida por parte de quienes en otros ámbitos denigran a España.
La Leyenda Negra es para nosotros un asunto de actualidad. Tiene alcance geopolítico. Una España realmente hermanada con Hispanoamérica no detendría los intentos de agudizar la doctrina Monroe--Trump, pero sería un palo más a la deriva racista y xenófoba que estamos padeciendo. Mucho más eficaz es el entendimiento entre España y México que la disputa eterna que nos alinea a la nada. Lo conseguido por ambos países es lo posible. Por un lado se reconocen los "abusos" e "injusticias” que sí se dieron, y por otro se olvidan las disculpas formales y reparaciones que después de todo también deberían alcanzar a los descendientes de aquellos españoles convertidos en hispanoamericanos y que no renunciaron a la pirámide de clases. Nos llevaríamos muchas sorpresas si destapáramos los intereses comerciales que provocaron aquel independentismo, apoyado desde fuera por intereses coincidentes. Si México y España lograron el Tratado de Paz y Amistad de 1836, que reconocía la independencia de México y acordaba “olvidar para siempre las pasadas diferencias”, por qué no se va a lograr ahora, cuando caben importantes proyectos comunes y el tiempo ha difuminado impresiones.
Hemos de abandonar una era en la que nuestra mirada ha estado velada por una especie de catarata cultural. Es otra leyenda más esa que pinta de colores maravillosos a una parte del mundo ( y de los que en realidad carece), mientras tiñe a la otra de un color miserable. Finalizamos con la actualidad. ¿Cree Ayuso que una visita paralela a México, poniendo en evidencia a su gobierno, es defender a España? ¿Con su intervención cree que refuerza el eje hispano—hispanoamericano frente la doctrina Monroe--Trump? Ella es trumpista, pero, ¿tanto? Hasta la Iglesia mexicana ha criticado su actitud. ¿30 votos valen más que la recomposición de las relaciones internacionales de España? Hay que defender el pasado del país, pero también el presente. Dilema: es Ayuso pragmática a lo británico? A los británicos hay que reconocerles que anteponen sus intereses a todo, sí, pero intereses colectivos, los de Britania. No los de algún alcalde de capital. Si Ayuso ganara unas elecciones nacionales: ¿ese sería su rumbo? ¿Así de despistados marchan algunos patriotismos?