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La evolución del catolicismo español


(Tiempo de lectura: 6 - 11 minutos)

El reciente viaje de León XIV a España ha puesto el foco en el catolicismo español y su devenir histórico; también en una perspectiva de futuro.

No hace falta subrayar el papel de la Iglesia Católica y sus ideas a lo largo de una historia nacional en la que no ha sido infrecuente que los analistas se hayan referido a este país como “la católica España”.

A lo largo del siglo XX tal caracterización fue modulándose al compás de las tendencias de modernización, secularización, democratización y mejora de los niveles de educación de la población. Tendencias que tuvieron una cierta culminación durante el breve período de la Segunda República, con una ulterior inflexión horrenda durante la “nazificación” y la dictadura franquista. Años en los que la persecución contra las corrientes laicistas y republicanas adquirieron niveles de gran radicalismo, con el propósito de “catolizar” a sangre y fuego a la población.

Franquismo y catolicismo

Durante las últimas etapas del franquismo —calificado por algunos como nacionalcatolicismo— diversos movimientos católicos, una parte de la jerarquía y un amplio sector de la opinión pública evolucionaron hacia coordenadas propias de la cultura democrática, bajo la influencia de Papas como Juan XXIII y Paulo VI, y sus impactantes encíclicas, empezando por la Pacem in Terris.

Durante aquel período, bastantes círculos católicos se comprometieron con la dinámica de evolución política de España en una perspectiva democratizadora e incluso social, impulsados por movimientos sindicales de inspiración católica, por diversos “curas obreros” y por otras plataformas y revistas políticas, como “Cuadernos para el Diálogo”, que lideraron figuras como Joaquín Ruiz-Giménez, Gregorio Peces-Barba, Pedro Altares, etc.

En la sociedad española se está reduciendo sustancialmente la proporción de personas que se consideran católicas practicantes (un 17,6%), y bastantes menos entre los jóvenes (12,5%). 

Aquel fue un tiempo en el que también se produjo una reacción ultrafranquista contra los católicos progresistas, en la que no faltaron agresiones y atentados, y en la que los ultras realizaban pintadas en las paredes con consignas como “Tarancón al paredón”, reclamando medidas extremas contra el propio Cardenal Primado de España, Vicente Enrique Tarancón.

Con la Transición Democrática, y su éxito práctico, el catolicismo ganó prestigio y consideración social, haciendo posible que la Iglesia y los católicos españoles fueran objeto de reconocimiento público. Reconocimiento que en el nuevo ciclo de la España democrática quedó consolidado con la aprobación de la Constitución de 1978.

Nuevas condiciones

La evolución del catolicismo español se vio afectada por la ausencia en España de algo similar a lo que fueron las democracias-cristianas de los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Partidos que en otros países europeos han venido desempeñando un importante papel moderador, frente a los riesgos de la polarización y el extremismo. En este sentido, no hay que olvidar que en España existe un importante sector de población, que puede cifrarse en torno a un tercio del electorado, que se ubica en los espacios del centro político. Sector que, después de las evoluciones fallidas de la UCD de Adolfo Suárez y del fracaso de Ciudadanos, no puede desempeñar su papel equilibrador natural.

Debe recordarse, en este sentido, que junto al actual posicionamiento claramente ultra (franquista) de Vox, el otro gran partido de la derecha española actual (el PP) viene del sector más “franquista” de los evolucionistas de dicho régimen. Es decir, tal partido político (Alianza Popular) fue fundado por Manuel Fraga Iribarne y otros seis importantes ex ministros y dirigentes del franquismo. Partido que inicialmente tenía porcentajes de voto que se mantuvieron por debajo del 9% (8,3% en 1971 y un 6,1% en 1979). Pero que se vio beneficiado por la crisis del centrismo (UCD) y por la ausencia de una gran formación de orientación demócrata-cristiana. Una formación que habría podido tener la influencia y ayuda de todas las redes y bases de poder de la Iglesia Católica española. Algo a lo que en su día renunció la propia Iglesia bajo la influencia de papas como Juan XXIII y Paulo VI.

Visita papal

La reciente visita a España de León XIV ha permitido visibilizar dos hechos importantes re- lacionados con estas cuestiones: por una parte, la enorme capacidad movilizadora y organizativa de la Iglesia Católica, con sus parroquias, sus colegios y sus alumnos/as, sus órdenes religiosas, sus redes asociativas, sus residencias, etc. De ahí la entidad de sus movilizaciones. Incluso en períodos en los que todo el mundo habla del declinar de los sentimientos religiosos.

Por otra parte, dicha visita ha demostrado también la capacidad de impregnación que en el mundo actual puede tener el humanismo social, cuando este se encarna en mensajes y propósitos que sintonizan con necesidades, inclinaciones y anhelos de muchas personas. Algo que se ha visto con León XIV en su defensa de los inmigrantes, en la condena de las polarizaciones, de los extremismos y de los discursos de odio y xenofobia que se propalan por las derechas extremas. Así como en otros componentes sociales, solidarios y tolerantes, que se pueden resumir en el postulado de “Sed hombres”, “sed humanos y comportaos como tales”.

Propósitos y exhortaciones que recuerdan el pensamiento de grandes filósofos y humanistas como Jacques Maritain, Enmanuel Mounier y algunos otros.

Los mensajes y escritos de León XIV dejan claro que no existe compatibilidad entre declararse católico y practicar el odio, los extremismos políticos y la segregación y devaluación de los emigrantes, y de muchos otros semejantes 

La cara… y la cruz

Junto a estos logros y propósitos (la cara), la Iglesia Católica también tiene su cruz en el mundo actual. Una cruz en forma de tradicionalismos desfasados –incluso en la manera de vestir–, de arcaísmos en las conductas (¿por qué aún el celibato?), de determinadas patologías graves (¡ay los abusos!), y de no pocos desfases respecto a los avances de las ciencias y, sobre todo, en persistir anclados en posiciones de exclusión de las mujeres, que continúan condenadas a desempeñar papeles secundarios, subordinados y dependientes. Algo en lo que el desfase con la realidad social es abrumador e incomprensible.

Aunque es posible que la visita de León XIV a España –y otros actos similares– y la influencia de su encíclica Magnifica Humanitas tenga efectos positivos a corto plazo, habrá que verificar si tales impactos y efectos son suficientes como para revertir las tendencias regresivas que hasta ahora venían constatándose en la evolución del catolicismo en una sociedad tan emblemática como la española.

Las regresiones, sobre todo en las últimas décadas y años, se venían constatando no solo en el vaciamiento de la mayoría de los seminarios en los que durante siglos se habían formado los sacerdotes, sino en cuestiones tan simbólicas como la propia reducción, año tras año, del número de españoles que en sus declaraciones de la renta marcaban (sin mayor coste ni problemas) la casilla de la Iglesia Católica como destinataria de la parte (fija) que en España todos debemos destinar a fines sociales o eclesiales.

En concreto, desde que se implantó dicha medida (de la mano de un gobierno del PSOE, por cierto), los españoles que marcan tal casilla han pasado de ser el 39,7% de los contribuyentes en 1991, a solo un 10% en 2024. Es decir, cuatro veces menos (Vid. gráfico 1).

Igualmente, durante los últimos años el número de españoles mayores de 18 años que se declaran católicos ha venido disminuyendo de manera pro- gresiva. Sobre todo, los que se declaran católicos practicantes, que han pasado a ser un sector muy minoritario de la población española, hasta el punto que durante los meses transcurridos de este año 2026 se han reducido hasta solo un 17,6% de la población. Con el matiz añadido de que entre este grupo de católicos solo una parte son “practicantes” en el sentido literal de la expresión. Es decir, los que asisten al menos una vez a la semana a misa son solo un 17% de estos, mientras que un 49,7% dicen que no asisten nunca o casi nunca, y un 23,7% dice que solo lo hace “varias veces al año”.

Los jóvenes son el sector de población en el que hasta ahora venía produciéndose de manera más acusada tal proceso de “descatolización”, habiendo llegado a ser solo un 12,5% los católicos practicantes en 2026 entre los jóvenes de 18 a 35 años (y un 11,1% entre los que tienen entre 26 y 35 años, aunque entre estos solo son un 4% los que acuden a los oficios religiosos al menos una vez a la semana (vid. gráficos 2 y 3).

Diversos datos contrastan con la imagen pública que se ha proyectado durante la visita a España de León XIV, de un seguimiento muy masivo de jóvenes procedentes de toda España (e incluso de otros países). Algo que revela esa enorme capacidad organizativa y de movilización que tiene la Iglesia Católica española. De hecho, si tenemos en cuenta que, según los datos sociológicos disponibles, el número total de católicos practicantes (que realmente practican) en España en la actualidad puede estimarse en una cifra que se sitúa en torno a los cinco millones de personas, no deja de resultar destacable que en determinados actos la presencia de fieles haya rondado el millón y medio de personas. Magnitudes que deben ser matizadas por la presencia también no solo de católicos que se autodefinen como “practicantes” (aunque no vayan siempre a los oficios religiosos), sino también de otros que se consideran “no practicantes”, pero que se sienten atraídos por la figura y los mensajes de León XIV. Habrá que ver en las próximas encuestas sobre estas cuestiones hasta qué punto aumentan los sectores de población que se consideran a sí mismos católicos, y hasta qué punto evolucionan los que se definen como “practicantes” o “no practicantes”.

Aunque la hipótesis más previsible es que crezcan tanto los unos como los otros. Sobre todo, si se registran indicios de que los sectores más ultras de la Iglesia Católica ceden y se avienen ante los líderes católicos más entroncados con los mensajes y el talante personal del nuevo Papa.

Y, también, y no como lo menos importante, si se constata en la práctica una mayor sintonía —y aceptación— teórica y práctica de los líderes de las derechas españolas que se consideran católicos, con las concepciones humanistas y respetuosas, desde las que nunca se debería aceptar, ni postular, una devaluación humana de la condición de inmigrantes. Ni de ese disparate que es la “prioridad nacional”.

Secularización de la sociedad

Habrá que comprobar si la posible evolución del catolicismo en España tiene influencia sobre otras prácticas y costumbres de la población. Sobre todo, de los más jóvenes en comportamientos y actitudes que se relacionan no solo con costumbres e inclinaciones privadas, sino con otros patrones de fuerte caracterización jurídica, como es el crecimiento de las bodas laicas (civiles), en detrimento de las bodas católicas, que hasta hace muy poco tiempo en España constituían un patrón social casi obligado, tanto entre sectores religiosos como laicos. Hasta el punto que aún en 1985 el 84,6% de las bodas españolas eran religiosas y solo un 15,4% eran civiles, en comparación con solo un 0,3% en 1975. Situación de la que se ha pasado en poco tiempo a la realidad actual, en la que únicamente un 16,4% de las bodas son religiosas y un 83,6% civiles (vid. tabla 1).

En cualquier caso —evolucionen cómo evolucionen en la sociedad española en los próximos meses y años las orientaciones y las ideas, algunas de las tendencias referidas aquí— aún será preciso analizar cómo van a transformarse —o cómo tendrían que hacerlo— otras referencias y conductas importantes referidas a la realidad y al papel de los católicos en las sociedades de nuestro tiempo. Y cómo se reaccionará ante algunas de las impactantes tendencias que se avecinan. Lo que nos remite a cuestiones casi inveteradas, como el persistente asunto del Concordato entre España y la Santa Sede y, sobre todo, en lo concerniente al papel social y político que podrían, y deberían, desempeñar muchos católicos españoles que se encuentran en sintonía con su Papa León XIV en un mundo tan plagado de problemas, carencias, retos y dificultades como el que tenemos ante nuestros ojos.

 

José Félix Tezanos Tortajada es un político, sociólogo, escritor y profesor español, presidente del Centro de Investigaciones Sociológicas.


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