EDICIÓN EN DÍAS LABORABLES:    ESP    |   EUR    |   AME   |   CAT
⮕ APÓYANOS

Poder, guerra y hambre


(Tiempo de lectura: 7 - 13 minutos)

Hablar de poder, guerra y hambre, con el recuerdo de la COVID aún fresco en la memoria, es volver a los cuatro jinetes del Apocalipsis que cabalgan el horizonte histórico de horrores en el imaginario colectivo (la peste, la guerra, el hambre y la muerte).

Después del ciclo de avances sociales y políticos que siguió a la Segunda Guerra Mundial, con el Estado de Bienestar, las políticas sociales y las ulteriores conquistas científico-tecnológicas que tantos avances han supuesto, parecía que entrábamos en una senda de sensatez humana. Sin embargo, después de una etapa de avances en los campos del conocimiento, la salud, el ocio, la cultura y el trabajo, parece que los seres humanos nos vemos sumidos de nuevo en una espiral de retrocesos, problemas y temores que ensombrecen nuestras vidas y nuestras esperanzas de futuro.

La era del pesimismo

Tras el llamado siglo de las luces y de la razón, y del ciclo de conquistas y avances democráticos y sociales, nuestra época pasará a la historia como la era del pesimismo.

Más allá de los subjetivismos y de las circunstancias personales, en casi todos los países se están viviendo climas de pesimismos personales y colectivos. Se trata de estados de opinión que van más allá del miedo que generan comportamientos e iniciativas tan perturbadoras como las de alguien tan insensible como Donald Trump. Un personaje que los estudiosos y analistas del futuro serán incapaces de entender cómo fue posible que llegara a presidir una nación tan poderosa como los Estados Unidos de América. Sin que nadie fuera capaz de controlarle, ni frenar sus abusos y sus propósitos bélicos que bordean límites de destrucción apocalíptica.

La humanidad vuelve a estar amenazada y atemorizada por los cuatro Jinetes del Apocalipsis, especialmente por el hambre y por la guerra 

En el barómetro del CIS del mes de abril de 2026, un 86,9% de los españoles creía que la guerra desencadenada por Trump suponía un riesgo importante para la paz mundial, mientras que un 83,9% se mostraba preocupado por los bombardeos de Israel, EE.UU e Irán. Al tiempo que un 52,6% creía que en esa guerra en Oriente Próximo podrían llegar a utilizarse armas nucleares; como las bravuconadas de Trump sugieren recurrentemente.

De ahí que la presencia del primer jinete del Apocalipsis (la guerra) esté claramente instalada en nuestras conciencias en el momento presente, con la ayuda adicional de otro personaje, como Putin y su guerra contra Ucrania. A lo que se unen muchos otros conflictos armados (más de medio centenar) en otras partes del mundo que no reciben atención en los medios de comunicación social.

Conflictos y propósitos de anexión, dominación y apropiación de territorios y recursos cuya explicación no se encuentra solo en la presencia de personajes atrabiliarios, sino en estructuras muy concretas de poder económico, comunicacional y social.

La oligarquía tecnológica dominante

Aunque Trump llegara a ser desplazado del poder mediante una reacción sensata del propio pueblo norteamericano y sus instituciones en las elecciones de mitad de mandato de noviembre –si Trump no intenta evitarlas–, o bien mediante un impeachment, no hay que pensar que ese simple hecho va a lograr conjugar los peligros del abuso de poder que estamos viviendo, ni que determinados riesgos y problemas van a quedar erradicados. Por la sencilla razón de que en estos momentos Trump no es sino el mascarón de proa de una oligarquía tecnológica poderosa que está intentando controlar el mundo, utilizando a los demás como simples instrumentos para alcanzar su objetivo de un enriquecimiento y un empoderamiento sin límites.

Lo que ahora está ocurriendo con los abusos de PODER (con mayúsculas), aunque no es algo inédito en la historia de la humanidad, está alcanzando unas dimensiones que no se habían visto nunca antes.

De hecho, un grupo muy reducido de personajes y grandes complejos empresariales y económicos concentran recursos y capacidades que superan con mucho a los de decenas de países y miles de millones de seres humanos de todos los continentes.

El aumento del número de hambrientos en el mundo es el indicador más expresivo del fracaso moral y político de una civilización, y de una manera de ejercer el poder y el liderazgo mundial por parte de Trump y la actual oligarquía dominante 

Se trata de potentados como los que acompañaron a Trump en su última toma de posesión como Presidente de los Estados Unidos y Jefe de su poderosa maquinaria militar. Personajes que lideran las grandes empresas tecnológicas en expansión, los principales recursos energéticos del planeta –no solo el petróleo– y la misma estructura de poder de los medios y sistemas de comunicación social. Cuando no les gusta el proceder de una red social, como ocurrió con Twitter, la compran, y si desean hacerse con una cadena de televisión o un periódico, lo hacen. Incluso con cabeceras de gran prestigio, como el mítico The Washington Post, al que dejaron mudo en las últimas elecciones generales norteamericanas. Y ahora continúan invirtiendo en The Financial Times, The Economist y el mismísimo The New York Times. Por no mencionar lo que están haciendo con las más modestas y limitadas empresas encuestadoras.

Esta oligarquía dominante ¡lo quiere todo y lo quiere ya, sin demora! No solo las capacidades militares, las redes y sistemas de comunicación social, los recursos naturales, sino el mismo control del poder en las instituciones políticas, a través de personajes como Trump. Para ello, despliegan todo su poderío para aplastar y anular a los pocos líderes políticos que se atreven a hacerles frente y oponerse a sus propósitos. Incluso aprovechándose para ello de jueces sumisos –y/o controlados– que se avienen a ser utilizados como instrumentos ejecutores del más siniestro sistema de dominación que se ha conocido en la historia de la humanidad.

Entre el odio y la codicia

Hace poco tiempo se hablaba en las redes y en los medios de comunicación social del pequeño grupo de jóvenes líderes políticos progresistas y social-demócratas (4 o 5, varios de ellos mujeres) que eran una referencia mundial. ¿Cuántos de esos líderes quedan aún al frente de los gobiernos de sus países? Solo Pedro Sánchez, porque los demás no han podido resistir la furia de los Avernos que se desató contra ellos, y sus familias, desde los centros neurálgicos del poder de la oligarquía dominante. Algunas de esas mujeres se “despidieron” con lágrimas en los ojos, reconociendo que ni ellas ni sus familias podían resistir el despliegue de tanto odio político.

Por tener, algunos de los grandes oligarcas tienen incluso compañías espaciales que se han fijado el objetivo de establecer bases habitadas en la Luna y Marte. Algo que está fuera del alcance de la mayoría de los gobiernos de este planeta, con la única excepción –y mucho más modesta– de las tres o cuatro grandes potencias mundiales. Que aún así avanzan en este campo a trancas y barrancas.

Para hacernos una idea del poderío económico de esta pequeña oligarquía dominante, habría que recordar que uno de ellos muy pronto va a tener una fortuna personal de cerca de DOS BILLONES de dólares, en cuanto su propia empresa le abone el bonus de un billón de dólares que él mismo ha exigido en cuanto cumpla un par de objetivos de venta que se han fijado.

Cuando yo daba clases e impartía conferencias sobre los temas de análisis en los que soy especialista, que me apasionan y sobre los que he escrito varios libros –las desigualdades–, les preguntaba a mis alumnos ¿cuántos años estimaban que tendrían que dedicar los milmillonarios de entonces a disponer de su fortuna gastando uno o dos millones al día, por ejemplo? El resultado –entonces– era una cifra desmesurada. También les preguntaba –y/o me preguntaba a mí mismo–, ¿cuánto espacio físico, cuántas naves de edificios enormes se necesitarían para guardar, en billetes de 100 dólares, por ejemplo, tan enormes fortunas?

Sin embargo, las cifras de hace 20 o 25 años resultan casi insignificantes si las comparamos con las de hoy día, en las que solo uno de estos oligarcas muy pronto va a tener una fortuna de dos billones de dólares. ¿Cómo es esto posible? ¿Cómo es posible que incluso uno de esos grandes magnates –más inteligente y bondadoso que otros– se haya quejado de la injusticia que supone que su secretaria pague más impuestos que él mismo? ¿Por qué apenas pagan impuestos esos grandes oligarcas, mientras aumenta el número de hambrientos y los necesitados? ¿Cómo es posible que esto ocurra en sociedades que nos llamamos civilizadas?

El caballo más negro del Apocalipsis: el HAMBRE

Desde que yo era muy pequeño, el problema del hambre y la pobreza extrema me causaba una enorme desazón. Por eso, posiblemente estudié Sociología y Ciencias Políticas y nunca terminé Derecho, pese a que me quedaban muy pocas asignaturas para concluir.

En los años en los que yo impartía clases de Sociología sobre cuestiones relacionadas con la desigualdad (y no con las encuestas electorales), el hambre en el mundo afectaba severamente a algo más de 840 millones de seres humanos. ¡Una barbaridad! Y poco a poco los organismos internacionales comprometidos en la lucha contra tal plaga “lograron” fijar el objetivo de reducir en plazos intermedios (horizonte 2000) esta cifra a ¡solo la mitad!

Es decir, nuestra “ambición” entonces –según los “Objetivos de Desarrollo del Milenio”– solo llegaba a “intentar” que hubiera en este planeta 400 millones de hambrientos en grado extremo. ¿”SOLO” 400 millones? ¡Como si esto fuera poco!, clamaba yo con mi ingenuidad de joven profesor de Sociología. Y me preguntaba a mí mismo, también ingenuamente, si en algún momento llegaran a este planeta seres inteligentes procedentes de otras galaxias, a la par que nosotros les mostrábamos orgullosos nuestros avances, artilugios y logros científicos, seguro que se sorprenderían y nos preguntarían ¿cómo es posible que dentro de tantos años no intentáramos que no quedara ni un solo hambriento –y ¡no 400 millones!–? ¿Qué les diríamos? ¿Cómo les explicaríamos tamaño desatino?

Y lo peor era –y aún es– que el número de los países que dedican un modesto 0,7% de su PIB a combatir el hambre en el mundo a día de hoy se pueden contar con los dedos de una mano (Luxemburgo, Noruega, Suecia y Dinamarca, a los que algunos años se suman Holanda y Alemania). Por eso, yo me sentí tan orgulloso durante el gobierno de Rodríguez Zapatero, de los esfuerzos que hacía Leire Pajín por aproximar las aportaciones de España a esa cifra tan modesta del 0,7% del PIB en Ayuda oficial al Desarrollo.

Pero lo peor es que, años después, la realidad objetiva es un auténtico desastre. Según el Informe de la FAO de 2026, utilizando datos del año 2024, los hambrientos son 828 millones de personas –y aumentando–, al tiempo que los que padecían inseguridad alimentaria grave o moderada eran nada menos que 2.284,8 millones de personas. ¿Cómo es posible que no hayamos logrado resolver algo tan sencillo como que todos nuestros congéneres puedan irse todas las noches a dormir sin tener que sentir retortijones de tripa y dolor por no tener nada dentro de sus estómagos? Algo que a veces las madres intentan paliar haciendo beber a sus bebés agua caliente cocida con unos pocos hierbajos.

El problema es que las cifras de la FAO cada año son peores, a pesar de los esfuerzos de algunos especialistas “muy finos” que año tras año se esfuerzan en modular (y maquillar) las cifras reales mediante ajustes técnicos y ponderaciones convenientes que rebajan los requisitos para cuantificar lo que realmente es “hambre”. A veces tratando de “maneras técnicamente plausibles” las calificadas como “insuficiencias alimentarias”. La realidad es que, desde muchos frentes, se intenta que los análisis sobre estas cuestiones no se dejen “llevar” –nos dicen– por las emociones y las “sensiblerías” que puedan despertar en los mismos analistas. Analistas –se sostiene– que deben ser estrictamente fríos y neutrales en sus cálculos y estimaciones. Como si no fueran neutrales por decir las verdades del barquero.

Y lo mismo se sostiene en las televisiones y los medios de comunicación social, en los que está vetado ofrecer imágenes de niños en los huesos, con sus pequeños vientres hinchados y sus rostros famélicos. Porque –se nos dice– los telespectadores protestaban, y aún protestan, cuando en los informativos se incluyen imágenes que “les hacían atragantar- se” en sus comidas y sus cenas, y les impedían seguir hinchándose a comer, porque los “informativos” suelen coincidir precisamente con las horas en las se suele cenar y comer.

Fracaso civilizatorio

Yo personalmente formo parte del sector indignado de la población por la manera en que se está afrontando el problema del hambre: el de aquellos a los que se nos revuelven las tripas ante tal fracaso. El fracaso de una civilización –la humana– que no da respuesta a una de las mayores ignominias conocidas. Por eso, no puedo dejar de admirar en lo más profundo de mi corazón a los pocos economistas que dedican su esfuerzo primordial a estudiar y afrontar estas cuestiones, así como los voluntarios que dedican su vida a luchar contra el hambre y el subdesarrollo extremo allí donde es más agudo. Generalmente en zonas afectadas por guerras y conflictos de todo tipo que no hacen sino agravar los problemas.

Y, por eso mismo, algunos sentimos el mayor repudio moral hacia personajes como Donald Trump, que ha suprimido la mayor parte de las ayudas que los EE.UU dedicaban a la cooperación al desarrollo que, aunque suponía un porcentaje muy pequeño de su PIB –un 0,2%, lejos del objetivo del 0,7%–, precisamente por la propia cuantía del PIB de los EE.UU suponía una cantidad importante. Tal corte violento y el despido de gran parte del personal de las Agencias norteamericanas dedicadas a estas tareas, está teniendo un impacto grave sobre la situación objetiva de millones de personas; de forma que, cuando la FAO nos proporcione los datos correspondientes a este año –recordemos que está aun con los de 2024–, las cifras sobre el hambre serán mucho más duras y agraviantes.

Y a todo este panorama se unen las consecuencias de las guerras, con sus correspondientes efectos de destrucción, sufrimientos, devastación moral y desarticulación económica. Y el uso indiscriminado del hambre como arma de guerra, tal y como practica Israel en sus guerras contra el pueblo palestino y libanés. Efectos que siempre acaban padeciendo personas muy concretas y que provocan más hambre.

Y lo peor de todo esto es que, con un estricto sentido moral y económico, si se lograra que la actual oligarquía dominante dedicara una parte ínfima de sus enormes riquezas a la Cooperación al Desarrollo, o solo con que Trump destinara una pequeñísima parte de sus Gastos de Guerra a este fin, se podría erradicar la vergüenza del hambre que asola este planeta. Y que nos avergüenza a todos los seres humanos que tenemos un mínimo de sensibilidad y sentido común.

Y la pregunta –la gran pregunta– es, ¿por qué no se hace algo tan sencillo como ésto? En la respuesta concreta de cada uno de nosotros a esta pregunta podríamos tener la mejor guía política para nuestras conductas en momentos como los actuales.

 

José Félix Tezanos Tortajada es un político, sociólogo, escritor y profesor español, presidente del Centro de Investigaciones Sociológicas.


EL TIEMPO

GUÍA TV

CARTELERA

CINE EN CASA

PASATIEMPOS

SORTEOS

Necesitamos tu apoyo económico para hacer
un periodismo fiable y con valores sociales

PERIODISMO DE DATOS

El periodismo independiente necesita el apoyo de sus lectores y lectoras para garantizar que los contenidos incómodos que no quieren que leas, sigan estando a tu alcance. Si compartes estas preocupaciones y si valoras la labor de un medio libre que se atreve a plantearlas, apóyanos ahora.

PREGUNTAS FRECUENTES

¿Por qué es importante tu aportación?

Tu contribución nos permitirá seguir publicando información esencial e independiente que podrás disfrutar de forma gratuita sin muros de ningún tipo.


¿Si tengo algún problema en mi transacción?

Escribe a Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.