España mínima: el país que tenemos y el que hemos dejado de imaginar
- Escrito por Luis Méndez
- Publicado en Opinión
Ni la estructura portante ni los cerramientos convierten un edificio en una vivienda; son necesarios además el agua, la luz, el calor, los muebles; en un nivel superior, los moradores. Aquí un inciso difícil de encajar pero real: ¡ese edificio incompleto sí tiene decorado! El séptimo arte tiene parte de culpa. Hay ciudades de películas que sólo son un conjunto de fachadas de cartón piedra. Cuidado con la engañosa ficción. Un requisito esencial de una democracia es que las leyes se cumplan en su espíritu; si no, son un decorado. ¿Para qué se pregunta entonces al electorado?
El otro día leíamos que se iba a garantizar el cumplimiento del derecho laboral a un descanso semanal de 36 horas ininterrumpidas. ¿Todavía? Hace ya muchos años que el Estatuto de los Trabajadores estableció este derecho, ampliado a 48 horas por muchos convenios colectivos. Es decir, una ficción, en cuanto en 2026 se vuelve al asunto. ¿Qué ocurrió entre tanto? Si algo tan necesario, la recuperación de fuerzas, se defrauda, ¿qué será de derechos menos visibles? Y no hablamos sólo de España. Muchos emigrantes españoles regresados de Alemania detallan realidades laborales y sociales que nada tienen que ver con lo proclamado. Esto nos lleva, subiendo un escalón, a la distinción entre constituciones formales y constituciones materiales o reales. ¿Un fenómeno único de España? No, pero esta es la zona que nos corresponde.
Aclaración previa: estas notas no tienen intención preelectoral. Dado nuestro sistema autonómico, un partido en la oposición (nacional o regional) puede criticar lo que él mismo hace en su propio feudo. Alabanzas y críticas desenvueltamente utilizadas.
Esa agua, esa luz, ese calor, son las ideas, los programas máximos, los objetivos a largo plazo, los credos. Todos estos aspectos parecen etéreos pero son sustanciales en esa construcción material.
En 1978 se aprobó una Constitución que prometía mucho. Incluso tenemos la impresión de que se miraba más hacia Suecia que hacia América. La cuestión es que muchas esperanzas comenzaron a diluirse. El primer aldabonazo fue la Operación Galaxia (noviembre 1978); le siguió la dimisión de Adolfo Suárez en enero del mismo año ("No quiero que el sistema democrático de convivencia sea, una vez más, un paréntesis en la historia de España"). El 23 de febrero de 1981 lo reajustó todo. Una música más de los pactos de la Moncloa de 1977 (pérdida del poder adquisitivo; consolidación del despido libre; desmovilización; falta de reformas estructurales) que de la Constitución aprobada por referéndum. Quedaba en el aire una pregunta pertinente: ¿había o subsistía un poder extraelectoral? Un equívoco añadido fue pretender borrar la historia en vez de ponerla entre paréntesis.
Al principio, en los partidos progresistas había dos sectores diferenciados. Uno, de profesionales; otro, de trabajadores con menos cualificación. Los primeros sólo consideraban importante lo político, sin valorar la labor sindical; los segundos opinaban todo lo contrario, cuando en realidad ambas acciones han de moverse coordinadamente.
Limitarse a denunciar las carencias sociales, laborales, cívicas, de género, medioambientales (por ejemplo, cambiar territorialmente la clasificación de suelo “no urbanizable” a “suelo rústico común”), es limitarse al mundo de una gestión descolorida, donde igual se puede avanzar como retroceder (al modo de aquel dirigente cumplidor que prometió dos cosechas al año. Al día siguiente el año tenía 24 meses). Junto a esa necesarísima labor de lupa sobre lo cotidiano hay que establecer un rumbo y un horizonte, e insistir sobre ello.
Hoy por hoy carecemos de ese horizonte. El “carpe diem” se ha convertido en guía filosófica absoluta. La mayoría sueña con un Nueva York idílico, cuando esta ciudad no da nada ni está aquí. Un pueblo no puede vivir de sueños ajenos, necesita ideas propias. Sin ellas todo serán proyectos chatos, corporativistas, sectoriales, incapaces de concitar nada. Necesitamos un nuevo viaje a Ítaca, donde lo importante son el viaje y la dirección, no la ciudad en sí.
La Constitución debe dar un salto de lo formal a lo real, desprendiéndose de interpretaciones y desarrollos legales que la contradicen y comprimen; valga como ejemplo el fiasco de la vivienda digna que a veces no llega ni a indigna (Gonzalo Bernardo anticipa que tanto alquilarla como comprarla será una tarea imposible). Pasado medio siglo la mano invisible del mercado se invisibiliza absolutamente. A todo esto, ojo con los enfoques reformistas de la Constitución, pero con ánimos involucionistas. El 78 les parece demasiado audaz; de ahí todos los palos a sus ruedas.
Por tanto, hemos de basarnos en unos principios universales desprendidos de mistificaciones legalistas que distorsionan el derecho internacional, supranacional y nacional. Hemos de rehacer esas leyes con la luz de un derecho natural renovado. Es necesario hacerlo de época en época para depurar un positivismo que contradice su propia finalidad de certeza. Guerra no es indefectiblemente defensa. El despido no es optimización de plantilla laboral. Ampliar el idioma no es sustituirlo. Nuestra Constitución, a pesar de lo que diga el artículo 10.2, no contempla satisfactoriamente principios esenciales como los de paz, neutralidad, soberanía, bien común, justicia. Habla de paz, sí, pero esta puede ser alterada por la participación (dicen humanitaria) en guerras ajenas censurables. La soberanía contemplada puede ser recortada mediante la cesión de competencias gubernamentales o judiciales inalienables a organismos exteriores. La justicia, como concepto ético, rebasa lo jurídico y no puede depender de mayorías circunstanciales ni de caprichos jurisprudenciales sacados de contexto. La cuestión impositiva no puede aceptar ingenierías contables que anulen su progresividad. La neutralidad, imperativa para la soberanía, se ignora frente a modelos como los de Austria o Suiza. La legislación blinda los recursos públicos, pero privatiza su gestión, explotación y distribución. Se tolera la planificación, pero supeditada a las directrices de Bruselas, un contrasentido. Nuestros ideales constitucionales no pueden estar mediatizados por intereses ajenos. El responsable de un local oficial decía: no fumen o quiten el cartel.
¿Por qué decimos España mínima? Porque esa es la base insalvable para proyectos mayores que corrijan los males de la desigualdad. Requisito previo para pensar rectamente es pensar. A esta labor deben estar llamados artistas, maestros, periodistas, académicos. En su origen es una lucha cultural. No podemos estar parasitados por ideas ajenas creadas para intereses ajenos. Por supuesto que al inglés le vienen muy bien los anglicismos. Saben que la lengua es la herramienta del pensamiento, y que deformada, lo esclaviza. Cultura, educación, prensa, libertad de expresión, son una trinchera contra la decadencia y dependencia. Aspecto fundamental es el de proveer mecanismos que garanticen la independencia económica de prensa y libro. El libro y el periódico son la continuación de la escuela y de la facultad, que han de ser permanentes. Cada ciudadano ha de sentirse diariamente imprescindible en la construcción de un país mejor. La búsqueda de la ejemplaridad ha de ser su combustible cotidiano. Debe actuar recordando que muchos quieren infravalorarnos. El objetivo: un país modelo en la búsqueda de la belleza, de la inteligencia, del equilibrio. Esto requiere organización y leyes, y las leyes, presión. Sin ella la balanza se desequilibra y el mazo de la justicia golpea en cualquier lugar.