Los mares de Agosto
- Escrito por Juan Antonio Tirado
- Publicado en Opinión
Ya viene, miradlo, ya se acerca con sus pisadas de sol, con piercing en el ombligo, como un monarca absoluto empeñado en borrar la memoria de los días repetidos. Ya está aquí Agosto, el mes de Augusto, ese pasadizo de 31 cromos con derecho a tumbona, viaje por el sagrado Egipto de las cosas, mirador del tiempo, terraza con luna y vermú sin periódicos. Eso, para aquellos que agostean en Agosto, pues hay muchos para quienes el mes que viene no es un salto en el almanaque, sino una raya continua en el país de los días laborables. Agosto, ¡salve, viejo Augusto!, que se devora a sí mismo, corazón mareado, baúl sin corbatas, demasiado ruidoso para ignorarlo, hecho de demasía y cháchara. Hubo una época en que Agosto era para mí un río que rara vez conseguía cruzar a nado, un torbellino de angustia en el que quedaba varado, como una ballena triste, a la espera de que me rescatara algún amigo, alguna mujer, algún espejismo, algo de alguien. De entonces me ha quedado un cierto recelo hacia Agosto, aunque le tengo ley, por ser territorio sin mañanas obligatorias y dispensador de horas gratis. Me gusta, además, su empaque de tiempo encendido, esa furia de mes antiguo que no se deja domesticar. Por supuesto que amo a Agosto, cada vez más, más cuando la adolescencia es una isla remota y en la península de mi biografía sesentada el sol sale con alegría de alondra de luz por la mañana y la felicidad es ancha como un mar de arena, al que le falta la profundidad de la tristeza sin fondo, que es la vida. Agosto era para mí un fantasma, lo fue alguna vez, y ahora es una hermosa aventura, una road movie modesta y en familia por las autovías de la patria mía. Luego todo se acaba, como el porvenir que está por llegar, y estamos otra vez en la desembocadura de septiembre. Pero Agosto es valioso en tanto que fugaz y fugitivo, como todo lo bueno de la vida.
Se me abren las compuertas de la memoria, no en una regresión, sino que todo se vuelve desembocadura y presente. Aquí convoco fantasmas y presencias, pero nada tan poderoso como el subibaja de la calle, la geometría hecha de sugestión y tacón alto, la minifalda como la patria perfecta del mirón amateur que podría conmoverse tanto con una chica como con un árbol, aunque acaba quedándose con la gracia del movimiento. Nietzsche decía desconfiar de cualquier pensamiento que no le surgiera mientras caminaba. A mí me encanta pasear, más con buen tiempo, aunque sea sin pensar o pensando poco, siempre buscando la sombra salvadora. Es verdad que me gusta más el verano cuando es todavía incipiente como una primavera madura. Después, el verano a chorros de sudor y arena ardiente de Agosto me gusta relativamente y me disgusta relativamente, porque también tiene su gracia (y su mala sombra) vivir en el puro atontamiento, que no mira en derredor en busca de chicas en bikini, sino que se vuelve hacia adentro como en un monólogo interior, cual si uno fuera un Joyce perdido en Peñíscola. Escribe Carmen Rigalt: “Me gusta el calor, no lo puedo remediar (…) Las personas que amamos el calor somos un poco ordinarias. Sudamos, nos corren chorretones por la nuca, adoptamos poses desparramadas y obscenas, se nos pegan los muslos al rozarse entre sí y cuando nos quitamos la ropa es como si nos quitáramos la piel”. A mí no me gusta exactamente ese calor, ese sudar barroco, esas siestas húmedas que apenas consigue anestesiar el hilo musical del aire acondicionado. Prefiero el calor a la sombra del chiringuito y con cerveza, pero me gusta la prosa suelta y lucida (también con tilde) de Carmen Rigalt.
Nuestro Agosto se abre desde hace décadas con una muerte mitológica, la de Marilyn Monroe, y se cierra con otra, la de Manolete. Dos M mayúsculas, una de la cultura universal, otra, de la española. Marilyn, Norma Jean Mortenson para el registro, fue a morirse, a matarse, o a que la murieran, hace sesenta años, el 5 de agosto de 1962. Su trágico final sigue envuelto en la bruma y el misterio, y no parece que vayamos a salir de esa encrucijada jeroglífica. La rubia de celuloide se muere cada agosto, y cada día está más hermosa, a la manera en que Gardel canta mejor según pasan los años. Marilyn es una diosa rubia y delicada de estos tiempos en que los grandes almacenes son el equivalente de las catedrales góticas. Fetiche oxigenado y feliz del capitalismo, la carnalidad arrolladora de la muñeca rubia de Hollywood llena los bolsillos de todo tipo de mercaderes, que encontraron en ella un filón inagotable. Hay quien tiene siete vidas, pero la Monroe, como casi todos los elegidos por los dioses, tuvo una vida breve, y a partir de ahí cayó en una muerte en sesión continua de la que no la dejan escapar. Manuel Rodríguez Manolete fue a encontrarse con el toro de su vida, de su muerte, en Linares, el 28 de agosto de 1947, hace 75 años. La muerte de Manolete fue la canción más triste para después de una guerra que dejó las cunetas y los cementerios llenos de cadáveres insepultos. Más allá de la tragedia colectiva, la noticia de la cogida mortal del torero cordobés en una plaza del sur conmovió a aquella España prendida del capote del torero del pelo moreno y la mirada triste. Marilyn y Manolete, el doble réquiem de Agosto.
Este Agosto va a serlo de carreteras llenas, de trenes y aviones atestados, de playas a rebosar. Después de varios veranos pandémicos era necesario tirar la casa por la ventana, divertirse a manos llenas. Por lo demás, la gente se va de vacaciones con un rumor de crisis en sus oídos, pero haciendo oídos sordos al rumor. Nos marchamos, yo el primero, con la sana intención de olvidar, no el pasado, sino el futuro que nos espera. Nos leemos en septiembre.
Juan Antonio Tirado
Juan Antonio Tirado, malagueño de la cosecha del 61, escribe en los periódicos desde antes de alcanzar la mayoría de edad, pero su vida profesional ha estado ligada especialmente a la radio y la televisión: primero en Radiocadena Española en Valladolid, y luego en Radio Nacional en Madrid. Desde 1998 forma parte de la plantilla de periodistas del programa de TVE “Informe Semanal”. Es autor de los libros “Lo tuyo no tiene nombre”, “Las noticias en el espejo” y “Siete caras de la Transición”. Aparte de la literatura, su afición más confesable es también una pasión: el Atlético de Madrid.