El malestar y la necesidad del ciclo progresista
- Escrito por Gaspar Llamazares Trigo
- Publicado en Opinión
El malestar social a raíz de la crisis financiera y de la desconfianza en la política, debido a la desigualdad extrema, al descrédito del ejercicio y de la alternancia política y como consecuencia de la imagen de los partidos, de los políticos y del conjunto de las instituciones democráticas, han estado en el trasfondo de las causas que han provocado el resurgimiento del populismo a lo largo de esta última década. Más recientemente, el miedo al contagio y a la muerte, junto a las distorsiones y a la angustia por las restricciones de la pandemia, sumados a los efectos del cambio climático y de las consecuencias de la guerra, con el ahorro energético, el aumento de los precios y la consiguiente devaluación de las rentas salariales, han multiplicado la sensación de incertidumbre y de inseguridad. A todo esto se unen además otros problemas más cercanos como el mantenimiento del bloqueo de los salarios, el incremento especulativo de los precios por parte de las empresas y el deterioro del poder adquisitivo de los trabajadores y sectores medios, todo con el argumento de la guerra y la crisis energética. El paso de la ansiedad de la sociedad industrial a la depresión de la de consumo provienen también de la rápida transición digital, que deja fuera a las generaciones de la cultura analógica y que somete a la auto exposición y la auto exigencia a los hijos de la revolución digital.
El clima general ha pasado también de la sensación de riesgo al malestar y ahora a la de angustia ante las emergencias determinadas por las catástrofes y la consiguiente necesidad de seguridad. Por otra parte, la desintermediación es solo un sueño individualista del populismo y un espejismo de los tecnócratas que al final se transforma en una pesadilla. También un sentimiento de rabia provocado por la oposición política y los medios de comunicación conservadores, con la impugnación de la legitimidad del gobierno y la agitación de la perspectiva inminente de recesión, catástrofe y ruina.
Todas estas consecuencias de la pandemia, de la guerra y del cambio climático, han asociado al actual gobierno de coalición progresista a las restricciones de la pandemia a la relación social, así como la rebaja del poder adquisitivo de los salarios y al imperativo del ahorro y la eficiencia energética como expresiones de una nueva austeridad. En conclusión, el gobierno actual aparece vinculado a la gestión y al relato negativo de las restricciones colectivas, del agravio y el sufrimiento, mientras por contra la oposición de derechas pretende liderar el relato positivo de la reivindicación de la libertad individual y del principio del placer.
Como consecuencia, el cambio de ciclo político hacia la derecha aparece, en la opinión pública y en las encuestas poco menos que inevitable, aunque solo sea para, como en el gatopardo no cambiar nada, tan solo una suerte que se prevé cada día más adversa. En este sentido, la derecha funciona últimamente como un tándem bien engrasado, por una parte aprovechándose y agitando la indignación contra el sistema político, y por otra asociando a la necesidad de seguridad con la vuelta al gobierno de los que han nacido para mandar. Por eso mismo, la orientación de la gestión del gobierno y sus posibles consecuencias para la protección de los más vulnerables parece un tema secundario y menor.
En definitiva, no se trata tan solo de mantener el gobierno de las izquierdas, sino que al mismo tiempo que gobernar es preciso cambiar el proyecto, la organización, el modelo de gobernanza, la comunicación y la imagen pública, recuperando la cultura política y poniéndola en práctica consistente en que la democracia representativa no tiene alternativa ni en la vuelta al ágora mítica del mundo clásico ni en las redes sociales de la era digital.
La tarea es por tanto mejorar la democracia representativa para ampliar un aún insuficiente Estado social: recomponer un nuevo contrato social y constitucional, regenerar la vida política y con ello reanimar y revitalizar las instituciones democráticas como los partidos, la justicia, el parlamento y también los intangibles como la cultura democrática que son los que soportan toda la construccion institucional y muchos de los cuales provienen, en este país, de la Transición a la democracia .
Regenerar esos intangibles es el requisito previo para sustituir los relatos de parte por el proyecto común, el partido personal por el partido de pensamiento, el gobierno compartimentalizado por el gobierno de coalición en torno al programa, así como el parlamento, hoy agitado y polarizado de forma irreconciliable, por una cámara de diálogo, deliberación, negociación y acuerdo, aspectos todos ellos que requieren huir de la dictadura de lo inmediato y lo efímero que distingue a la mecánica populista. También la judicialización de la política por una justicia independiente cuando instruye y falla, el autoritarismo de emergencia por la democracia representativa y el individualismo por la cultura cívica.
Se impone superar, en definitiva, el asalto iliberal a la democracia que estamos padeciendo durante la última década y que sólo alimenta ya a la extrema derecha. Ahí está Gran Bretaña como ejemplo del parlamentarismo más antiguo del mundo enfermo por la patología populista que afectó a todo su sistema social y político. Hay más ejemplos, pero el de Gran Bretaña, por haber sido la primera históricamente en alumbrar la cultura cívico-democrática, es el más preocupante y el indicador de que el virus populista puede afectar a la viabilidad de la construcción europea.
Se trata pues de responder desde el gobierno, conciliando las prioridades con las urgencias. Las prioridades con la más amplia participación política, social y profesional y la capacidad ejecutiva ante las urgencias.
También en la justicia y en el Tribunal Constitucional adecuando la interpretación de la Constitución a las nuevas demandas de la sociedad de las catástrofes y la política de emergencia.
Para ello se necesita también un nuevo modelo de partido que sustituya al presidencial y pretoriano concebido para el asalto al poder del populismo, pero también al partido gestor para la selección de élites del liberalismo, para construir el nuevo partido de pensamiento, sucesor imprescindible del partido de transformación y que tiene que surgir apegado al terreno, capaz por tanto de percibir el pulso social, una organización de ideas, valores y con un proyecto propio, pero sobre todo con cultura democrática basada en la noción del límite y como consecuencia en el diálogo y la negociación política, alejado del narcisismo y el populismo y la megalomanía actuales.
Gaspar Llamazares Trigo
Médico de formación, fue Coordinador General de Izquierda Unida hasta 2008, diputado por Asturias y Madrid en las Cortes Generales de 2000 a 2015.