El actor y escritor reflexiona sobre memoria histórica, feminismo, vivienda, censura y el papel de la cultura frente al avance de la extrema derecha. A propósito de su novela Triángulo, defiende una creación artística comprometida con su tiempo y capaz de incomodar y sembrar preguntas.
Carlos Bardem entiende la interpretación y la literatura como dos formas de contar historias, pero también como herramientas para observar y cuestionar la realidad. En esta conversación aborda algunos de los grandes debates de nuestro tiempo: la memoria histórica, la desigualdad, la crisis de la vivienda, el feminismo y la libertad de creación. El actor y escritor reivindica una cultura que no se limite al entretenimiento, sino que interpele al poder y contribuya a desarrollar el pensamiento crítico. «El arte que no toma partido es decoración, es colaboracionista», sostiene.
1. El oficio de contar historias
Eres actor y escritor, dos oficios que comparten la necesidad de contar historias, pero que funcionan con herramientas muy distintas. ¿En cuál de los dos encuentras mayor libertad y en cuál sientes una responsabilidad más grande?
Dos caras de la misma pasión, contar historias a través de personajes. No podemos vivir sin historias que nos expliquen, que nos den sentido. Cuando actúo soy una pieza más en un equipo al servicio de una narrativa ajena, de las historias de otro. Aquí la responsabilidad es estar al nivel de los demás y lo que te exigen. Cuando escribo la narrativa es totalmente mía y por tanto la responsabilidad que supone la autoría es total.
Estudiaste Historia y Relaciones Internacionales antes de dedicarte plenamente a la interpretación y la literatura. ¿Hasta qué punto esa formación ha condicionado tu manera de entender el mundo y de construir tus personajes?
La condiciona totalmente. Por ejemplo, me gusta analizar las cosas en ciclos largos, establecer analogías con otros procesos y momentos de esa historia que no se repite, nunca de una manera exacta, pero que sí rima. Eso me salva del adanismo de pensar que lo vivimos no pasó nunca antes, en mayor o menos grado. No se puede entender nuestro hoy sin conocer nuestro ayer. Y me ha conformado ideológicamente, suscribo esa frase de que todos, o casi, los profesores de Historia son de izquierdas porque la han estudiado.
En tu carrera has interpretado personajes muy diferentes, algunos de ellos especialmente oscuros. ¿Qué te interesa de explorar la maldad humana? ¿Crees que el actor debe comprender a sus personajes incluso cuando sus actos resultan moralmente indefendibles?
La maldad es para mí una obsesión. He interpretado algunos tipos malvados, despiadados, y como actor estas obligado a buscar en ti que puede conectar con esa maldad. Y no juzgarlos. Si los interpretas tienes que ponerte en sus zapatos, en su cerebro, y entender que hasta el peor de los monstruos cree tener razones para hacer lo que hace. Todos llevamos la oscuridad dentro y, por eso, nuestra misión en la vida es erradicarla, no ponerla nunca en práctica contra nuestros semejantes. Todos llevamos a un Hitler y a un Mozart dentro, nuestra misión debería ser estrangular al Hitler en la cuna y alimentar al bebé Mozart para que crezca hermoso y sano. Además, en consecuencia, yo diría que todas mis novelas son cartografías de la maldad, desde ángulos, épocas y personajes diferentes.
Todos llevamos a un Hitler y a un Mozart dentro.
¿Te has sentido alguna vez encasillado por tu apellido o por tus posiciones públicas? ¿Hasta qué punto ser Carlos Bardem ha condicionado tu carrera, para bien o para mal?
Cada uno elige su manera de estar en el mundo, así que pago gustoso el peaje, que lo hay, de defender lo que creo que es justo. Tengo un altavoz, ¿por qué no usarlo? Lo entiendo como un privilegio, pero también como una obligación. Supongo que son los que callan, los que se ponen de perfil, los que no alzan la voz para no molestar o perder contratos, los que tendrán cosas que arreglar con sus conciencias. O no. Ni lo sé ni me interesa. Y ser un Bardem pues obviamente ayudó al principio, pero también me puso encima una responsabilidad mayor. La obligación de estar a la altura de mi apellido. Mi tatarabuela ya era actriz.
2. Literatura, memoria y actualidad
En Triángulo abordas asuntos como la memoria histórica, la vivienda, el feminismo y la guerra de Gaza. ¿Por qué has sentido la necesidad de reunir cuestiones tan distintas en una misma novela? ¿Qué hilo común las conecta?
Creo que las buenas novelas nunca se reducen a un solo tema, sino que aspiran a capturar el espíritu de un tiempo, el zeitgeist de una época. Quería escribir algo muy actual, situado en nuestro ahora e incluso en un mañana inmediato, pero inevitablemente el hoy no se entiende sin nuestro ayer y ahí aparece uno de los temas: el golpe fascista del 36, las fosas, la dictadura. Faulkner escribió que el pasado nunca muere, ni siquiera es pasado. Y la amnesia, voluntaria u obligada, no es un buen cimiento sobre el que construir nada. Además, las atrocidades de ayer y las de hoy se espejean. Los verdugos y las víctimas son siempre las mismas en Troya, Badajoz o Gaza.
Has defendido que no existe una literatura completamente apolítica. ¿Significa eso que el escritor tiene la obligación de tomar partido? ¿Dónde queda el espacio para la literatura que busca, ante todo, entretener, emocionar o plantear preguntas sin ofrecer respuestas?
¡Claro que no existe la literatura o el cine apolítico! El que se auto titula así es, por supuesto, muy político. El entretenimiento es siempre colaboracionista con el poder. La cultura, la de verdad, es contestaría a ese poder, es imposible sin pensamiento crítico, sin ser incómoda. Y un matiz, la cultura no da respuestas-eso es propaganda, o el “sano entretenimiento” que te dice que no te preocupes, vives en el mejor de los mundos posibles-, la cultura precisamente interpela porque siembra preguntas. Y de manera más personal, a mí no me interesa la forma sin fondo. Yo no renuncio a la belleza en lo que escribo pero escribo para sembrar preguntas, para buscar las costuras. Y hoy, ante el fascismo rapante, el arte que no toma partido es decoración, es colaboracionista.
La cultura precisamente interpela porque siembra preguntas.
La memoria histórica sigue siendo uno de los grandes focos de confrontación política en España. ¿Cómo se puede transmitir la historia de la Guerra Civil y la dictadura a las nuevas generaciones sin convertirla en un instrumento de enfrentamiento partidista?
Deberíamos probar algo revolucionario: contarles lo que pasó. Que lo estudien en colegios e institutos. Que sepan que Franco no fue un abuelito autoritario, sino un dictador asesino. Deberíamos aplicar con contundencia la Ley de Memoria Histórica, y no permitir que seudo historiadores y demás revisionistas romanticen lo que fue un golpe de estado contra un gobierno democrático y una dictadura atroz. Denunciar cuando eligen qué contar, lo embellecen o relativizan, pero se niegan a que se explique la otra parte: la represión, las torturas, las fosas, los exilios y cárceles, al grito de ¡no removamos el pasado, miremos hacia adelante! Tan pasado es lo que les gusta como lo que no.
Has criticado los discursos que presentan la Guerra Civil como una tragedia inevitable entre dos Españas equivalentes. ¿Cómo se puede combatir el revisionismo histórico sin caer, a su vez, en una utilización partidista de la memoria?
El revisionismo histórico, una parte de nuestra industria “cultural” muy rentable para quienes lo practican, se combate con la verdad, con las publicaciones de historiadores serios, con arte comprometido con esa verdad. Curioso que la descalificación de la verdad, de narrar lo que pasó sin romantizar, edulcorar o directamente deformar, se descalifique calificándola de partidista, ¿no? A los que así atacan no les molesta la política, les molesta que no milites en su política.
3. Compromiso político y sociedad
Has expresado públicamente posiciones políticas muy claras y has defendido que la cultura debe comprometerse con su tiempo. ¿Crees que un artista que mantiene posiciones políticas explícitas corre el riesgo de perder parte de su público? ¿Te preocupa ese coste?
No me interesa la cultura colaboracionista, el arte sin compromiso se queda en decoración. La cultura es comprometida, semillero de preguntas y pensamiento critico o no es. Y más en tiempos de rebrote del fascismo. Personalmente, no me preocupa que haya quien no me lea por mis posicionamientos políticos. Es mi manera de estar en el mundo y mis libros son el lugar desde el que peleo por lo que creo que es justo y denuncio lo que siento que no lo es.
En ocasiones se acusa a determinados sectores culturales de mantener una relación demasiado próxima con la izquierda política. ¿Crees que existe una autocrítica suficiente dentro del mundo de la cultura cuando gobiernan partidos con los que se comparten planteamientos ideológicos?
Yo entiendo que la cultura es una manera de poner los afectos en acción, que no se puede escribir sin ser empático con tus semejantes, sin ser crítico. Y esa postura no distingue las injusticias por colores. Yo soy muy crítico con muchas cosas del gobierno de coalición de coalición progresista, que se ha quedado muy corto en muchas políticas. Pero también tengo claro que el enemigo es otro: el fascismo de siempre con nuevas máscaras.
Has defendido las movilizaciones ciudadanas como herramienta para conquistar derechos. ¿Qué responsabilidad tienen los gobiernos progresistas cuando, después de llegar al poder, no cumplen las expectativas de quienes les han apoyado?
Mucha, precisamente por no responder a esas demandas. De todas maneras es una obviedad decir que solo las movilizaciones ciudadanas hacen a los gobiernos moverse. Así ha sido siempre a lo largo de la historia. Los derechos nunca los regalan, se conquistan.
La crisis de la vivienda se ha convertido en uno de los grandes problemas sociales de España. Has señalado a los fondos de inversión, los pisos turísticos y la especulación como factores centrales. ¿Qué medidas concretas deberían adoptarse, incluso aunque supongan enfrentarse a intereses económicos poderosos?
Avanzar más profundamente en una ley de vivienda, en topar los alquileres, en blindar un parque de vivienda pública, que nunca se puedan enajenar o venderse. Y yo soy partidario de engrosar esa parque mediante expropiaciones a los grandes tenedores. La vivienda no puede ser un negocio, tiene que ser un derecho. La propiedad privada no puede estar por encima del interés general.
La vivienda no puede ser un negocio, tiene que ser un derecho.
¿Consideras que la izquierda española está ofreciendo respuestas suficientemente eficaces a los problemas cotidianos de los ciudadanos o se ha instalado, en ocasiones, en una batalla cultural que le impide conectar con sus preocupaciones materiales?
Creo que ha dado una batalla cultural por dotar de derechos a minorías que era y es muy necesaria, pero la realidad es más amplia y compleja. Las movilizaciones de la gente han puesto sobre la mesa las necesidades materiales de la gente, la precarización de enormes capas de la población para enriquecer a una minoría extractivista. Me parece necesario y maravilloso volver a colocar la lucha de clases en el centro del debate.
4. Feminismo, derechos y libertad de expresión
Has definido el feminismo como una de las grandes revoluciones de nuestro tiempo y has hablado de la necesidad de revisar comportamientos masculinos aprendidos. ¿Qué cambios concretos has tenido que hacer tú mismo en tu manera de relacionarte con las mujeres y de entender la masculinidad?
Muchos, el trabajo de deconstrucción de los marcos machistas no se detiene nunca. Yo soy hijo de una gran feminista, que nos educó en la igualdad cuando ni siquiera el feminismo estaba en la conversación cotidiana, pero ese feminismo acababa en cuanto salía de casa. Mi educación sentimental y sexual es la de un chico blanco cishetero de fines de los 70 y primeros 80. Los seres humanos no nos desarrollamos en el vacío, sino en marcos culturales y ese era machista y toxico. Reflexionar sobre esto está en la génesis de mi novela Triángulo. El canon literario occidental está lleno de novelas, algunas maravillosas, de hombres explicando mujeres, narrando su naturaleza y su lugar en un mundo de hombres. Yo en esta novela intento algo radicalmente distinto, explicarles a las mujeres que hay en la cabeza de los hombres, de los tóxicos y los aliados, qué conforma el deseo masculino.
En el debate público actual, determinadas posiciones se presentan como avances en derechos y otras como amenazas a libertades fundamentales. ¿Cómo se puede proteger a los colectivos vulnerables sin limitar el debate crítico ni convertir el desacuerdo en una forma de censura?
Interesante. Nunca hay que limitar el debate crítico. Pero yo haría una distinción. Todas las personas son respetables, pero no todas las opiniones lo son. El fascismo, y el machismo es una de su caras, no es una opinión, es la muerte de las ideas. No es defendible ni discutible bajo ningún concepto, y solo se puede difundir desde la ignorancia o desde la maldad interesada. En cuanto a la censura otra distinción. La cancelación no es censura. La cancelación es la reacción legitima de personas y colectivos ante valores y artistas que les repelen. Es simplemente gente decidiendo no leer, ver o escuchar, cosas que les agreden. Me parece absolutamente legitimo. La censura es peor, es peligrosa, porque se hace desde el poder. Alguien decide por los demás lo que se puede ver, oír o leer. Eso es lo que hacen ya PP y VOX donde gobiernan.
Todas las personas son respetables, pero no todas las opiniones lo son.
Has advertido del peligro de la censura cultural y de los intentos de condicionar qué obras merecen apoyo institucional. ¿Dónde situarías los límites de la intervención pública en la cultura?
El límite es la censura, ya sea mediante prohibición o desfinanciación.
¿Debe financiarse también una obra cuyo planteamiento ideológico resulte profundamente incómodo para quien gobierna?
Por supuesto, si no incomoda no es cultura. De todas formas esa monserga de la derecha sobre las subvenciones es absolutamente falaz. En este país se subvenciona todo: coches, tomates, panfletos fascistas, partidos políticos… Y parte de otra mentira interesada, la cultura no se debe ver como gasto sino como inversión en la mejora de los pueblos, nunca debe verse en términos de rentabilidad económica, sino como eje fundamental en la educación de ciudadanos en el pensamiento crítico. La derecha, por ejemplo, nunca está en contra de subvencionar su cultura, véase los toros. Está en contra de subvencionar lo que no le gusta, lo que somete sus narrativas a escrutinio o da otra versión de los hechos. La cultura está subvencionada en todo el mundo. No hay cine más subvencionado, con inversiones estatales directas y desgravaciones fiscales, que el cine norteamericano.
Has vinculado en tus reflexiones la memoria de las víctimas de la Guerra Civil con otras formas de violencia contemporánea, incluida la guerra de Gaza. ¿Cómo puede la cultura contribuir a defender los derechos humanos sin caer en la simplificación de conflictos complejos?
Entendiendo que todas las luchas son la misma lucha, que los verdugos y las victimas se repiten. Explicándolo y, por supuesto, haciéndolo con creatividad y talento para retratar la complejidad de lo humano, las contradicciones que implica el existir.
El personaje público y la persona
En un momento de enorme polarización, ¿te resulta más difícil escuchar a quien piensa de manera radicalmente distinta o aceptar que alguien que comparte tus ideas pueda discrepar de ti en cuestiones fundamentales?
Yo no discuto con fascistas. Fuera de ahí cualquier discrepancia razonada es interesante y bienvenida.
¿Hay alguna posición política o social que hayas defendido en el pasado y que hoy revisarías?
Jajaja… Bueno, sí, yo de chaval, era de izquierdas. Luego estudié, leí, viaje, viví, y ahora me situaría en la extrema izquierda.
¿Qué tendría que ocurrir para que cambiaras de opinión sobre una cuestión que consideras importante?
Que me convencieran con datos y razonamientos bien fundamentados. Soy una persona curiosa y siempre dispuesta a aprender.
Después de tantos años de carrera, ¿qué te sigue indignando, qué te sigue emocionando y qué te gustaría que permaneciera de tu trabajo cuando ya no estés en los escenarios, en las pantallas o en las librerías?
Me siguen indignando las injusticias. Es como cuando te preguntan en un restaurante si tienes alguna intolerancia, bueno, yo soy intolerante con la injusticia con la impunidad de los injustos. Y en cuanto a dejar algo en la memoria, empeño que me parece siempre fútil y condenado al fracaso, me gustaría que alguien dijera: ¡era una buena persona!
Me gustaría que alguien dijera: ¡era una buena persona!
Carlos Bardem, actor y escritor.





