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El Quijote falso de Vargas Llosa


(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

El confinamiento por Covid tiene muchos inconvenientes, pero se hace algo más llevadero si lo pasas en una “cueva” llena de libros. Aprovechas entonces para leer todo aquello que no habías podido ni mirar, inmerso en las obligaciones cotidianas. Ha llegado el momento, por fin, de la magnífica edición del Quijote de la Real Academia, llena de notas a pie de página y de estudios a cargo de las mejores firmas. Uno de ellos, el de Mario Vargas Llosa, incide con brillantez en el tema de la ficción, una de las obsesiones del creador de La ciudad y los perros. Pero ninguna inteligencia está libre de dejarse arrastrar por sus prejuicios. El texto experimenta un acusado bajón cuando su autor, con un proselitismo que, en el fondo, no nos extraña, quiere hacer pasar al legendario hidalgo por un héroe liberal.

Vargas Llosa nos dice que don Quijote no cree que la justicia deba ser obra de la autoridad sino del individuo. El poder, en lugar de facilitar la tarea al generoso caballero, no haría más que ponerle trabas. Pero la obra cervantina, si la leemos sin anteojeras, es a la conclusión contraria a la que nos hace llegar. El hombre de La Mancha, aunque tiene buena intención, no hacer más que sembrar el caos y el desastre precisamente porque no reconoce más ley que la suya. En lugar de sujetarse a la norma común, la que hace posible la convivencia, se cree con derecho a actuar según le dicta su santa voluntad. Es por eso que no se siente culpable al irse de una venta sin pagar porque… ¡Cuando se ha visto que los caballeros andantes se preocupen de algo tana mundano como satisfacer la cuenta! En este caso, es el individuo el que provoca la injusticia. A la autoridad la echamos de menos porque no se hace presente para detener a ese abusón que confunde sus propias arbitrariedades con lo que es bueno y recto.

Lo mismo sucede cuando don Alonso Quijano da la libertad a los condenados a galeras. Aunque le intentan convencer de esos hombres son delincuentes que van a pagar por sus faltas, él se empeña en no atender a razones. Sucede entonces lo que tenía que suceder. Los criminales, en lugar de darle las gracias, le apedrean y escapan para entregarse a nuevas fechorías. El cura del pueblo de don Quijote será, casualmente, uno de sus nuevos damnificados cuando los salteadores le arrebaten una fuerte suma. Una vez más, el protagonista, al rebelarse contra el Estado, provoca la catástrofe.

Para el cura, el libertador de los galeotes no es un héroe sino un insensato que ha soltado “al lobo entre las ovejas, a la raposa entre las gallinas, a la mosca entre la miel”. ¿No es acaso todo esto lo que hace el neoliberalismo? La derecha actual, al reducir lo público, no hace sino privar a los más débiles del instrumento imprescindible para su defensa. Cervantes no cree que su personaje sea un emprendedor que ha de hacer frente a los mil obstáculos de la burocracia, sino un enajenado que convierte el mundo en una selva en la que te irá mejor si tienes una lanza de tu parte.

Algo similar podemos decir de la escena en que don Quijote interviene para salvar a un pobre criado al que su amo maltrata. En esos momentos, el caballero es la única esperanza del muchacho. Nadie más puede impedir el brutal castigo. Sin embargo, ¿qué hace entonces el supuesto adalid de los pobres? En lugar de asegurarse de que el villano pague a su empleado el salario que en derecho le adeuda, lo que hace es marcharse confiado en que sus órdenes van a cumplirse. Como por arte de magia. El malo, por supuesto, no procede a ninguna reparación. Humillado por aquel entrometido, en cuanto lo ve partir propina a su víctima una paliza aún más descomunal.

Por su negligencia, don Quijote también resulta culpable. No ha cumplido con su trabajo. Así, al abdicar de su obligación, su comportamiento resulta comparable al de esos políticos e ideólogos que pretenden que fuertes y débiles, ricos y pobres, se entiendan entre sí sin necesidad de la mediación de ningún poder por encima de ellos. Por ese camino, lo único que puede suceder en la vida real es que el poderoso, como en la novela de Cervantes, termine riendo a costa del indefenso.

Francisco Martínez Hoyos (Barcelona, 1972) se doctoró con una tesis sobre JOC (Juventud Obrera Cristiana). Volvió a profundizar en la historia de los cristianos progresistas en otros estudios, como su biografía de Alfonso Carlos Comín (Rubeo, 2009) o la obra de síntesis La Iglesia rebelde (Punto de Vista, 2013). Por otra parte, se ha interesado profundamente en el pasado americano, con Francisco de Miranda (Arpegio, 2012), La revolución mexicana (Nowtilus, 2015), Kennedy (Sílex, 2017), El indigenismo (Cátedra, 2018), Las Libertadoras (Crítica, 2019) o Che Guevara (Renacimiento, 2020). Antiguo director de la revista académica Historia, Antropología y Fuentes Orales, colabora en medios como Historia y Vida, Diario16, El Ciervo o Claves de Razón Práctica, entre otros.

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