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Mehdi Ben Barka (1920 – 1965): Reflexiones sobre su secuestro, tortura y muerte y cuestiones conexas que no debemos olvidar


(Tiempo de lectura: 7 - 14 minutos)

Todas las sensaciones están acompañadas de sufrimiento.

Heráclito.

Los servicios secretos son opacos y sus actuaciones, con frecuencia, ilegales, turbias e inconfesables. Por otra parte, sus procedimientos se envuelven en una densa capa de silencio, las más de las veces, por conveniencia.

Hoy quiero hablar en mi colaboración para El Obrero de Mehdi Ben Barka, por diversas razones. Fue un político socialista marroquí, un activista por la independencia, un reformador y un opositor al régimen corrupto de Hasan II. Estaba dotado de un carácter firme y resolutivo. Algunos lo consideran un verdadero estratega de la revolución.

Su palabra era precisa y rotunda. Sus intervenciones contundentes y lúcidas. Fue intuitivo, cauteloso, prudente más cuando estaba convencido de la utilidad social de sus ideas, desgranaba una audacia eficiente. Era uno de esos hombres que sabia cuidar con atención y esmero el jardín del futuro.

Entre sus logros más destacados, está la fundación de la Unión Nacional de Fuerza Populares (UNFP), Partido que jugó un papel determinante, para lograr la independencia de Marruecos. En su corta y truncada vida fue objeto de persecuciones, destierros, atentados, cárcel y hasta una pena de muerte en rebeldía, a cargo de los aparatos represivos franceses y marroquíes.

Tendemos a no prestar atención a hombres como él –la memoria es frágil- que desempeñaron un papel fundamental en la independencia de sus países. Desarrolló una labor activa en la organización y desarrollo del Movimiento Tercer Mundista. En su trayectoria no escasean acciones para que se robusteciera y obtuviera relevancia a escala internacional.

Los años cincuenta y sesenta, en que se produjo la independencia de un buen número de países africanos, en modo alguno fueron apacibles. Por el contrario, son turbulentos y a poco que se hurgue, no es difícil descubrir una atmósfera tóxica y donde las nuevas clases dirigentes tienden a perpetuar el ‘modus operandi’ de la administración colonial, con más frecuencia de la que hubiera sido deseable.

Estuvieron a la orden del día las represiones brutales, la puesta en práctica de una estrategia de dominación para, intentar controlar los procesos y que obedecieran a los intereses de los nuevos mandatarios y de sus apoyos internacionales.

Hay que atreverse a ‘atravesar el espejo’ y ver toda la podredumbre y corrupción que refleja. Las ‘vendettas’ se sucedían inexorablemente y quienes ‘habían soñado’ un futuro de libertad, veían con frustración y rabia que las estructuras atrasadas y feudales se perpetuaban. La educación y la sanidad seguían en una situación lamentable y la corrupción extendía sus tentáculos por doquier. Una minoría con la complicidad de las antiguas potencias coloniales esquilmaba unos recursos necesarios para la modernización de los países.

Únase a esto, que en el Reino de Marruecos por ejemplo, el monarca tendía a ejercer el poder de forma casi absoluta y a eliminar, sin contemplaciones, a cualquiera que se oponía a sus designios.

Intentemos aproximarnos a cómo y de qué forma obtuvo Marruecos su independencia. Para ello, seguiremos el rastro de Mehdi Ben Barka. Poseía una inteligencia excepcional, lo que le permitió ser el primer licenciado en Matemáticas de Marruecos.

Como tantos otros jóvenes empezó a relacionarse con círculos nacionalistas que reclamaban la independencia. Cursó, asimismo, estudios universitarios en Argel y tras la II Guerra Mundial, se fue comprometiendo, más y más, significándose políticamente. Fue, por ejemplo, firmante del Manifiesto por la Independencia y cofundador del Partido Istiqlal, lo que le costó su primera experiencia carcelaria. Cuando fue puesto en libertad, creó un periódico de agitación y combate.

Pronto surgieron diferencias en el seno del nuevo Partido entre veteranos y jóvenes, entre posibilistas y revolucionarios y entre quienes querían cambios superficiales y epidérmicos y quienes consideraban que la independencia era esencialmente una oportunidad para la modernización y para salir del atraso y del subdesarrollo.

Quienes así pensaban eran laicos, frente a la impronta religiosa y tradicionalista de los veteranos. Muchos estaban convencidos de que el analfabetismo y las desigualdades sociales eran reformas que podían acometerse a largo plazo, pero que no eran en absoluto urgentes. Por otro lado, los que tenían como objetivos irrenunciables, superar las caducas estructuras tradicionalistas y dar respuesta a las necesidades de los más vulnerables eran progresivamente, considerados peligrosos y revolucionarios. En definitiva, estas posiciones fueron empujando a Mehdi Ben Barka hacia un ideal socialista transformador.

La historia se repite. Sufrió atentados, fue enviado al destierro en el Atlas y aprovechó este periodo de aislamiento obligado para estudiar a fondo Economía del Desarrollo, Sociología e Inglés, entre otras materias. Era esencialmente, un activista y, en las cartas a su familia, con tinta invisible, hacia llegar mensajes cifrados para sus compañeros de lucha.

Entre tanto, ‘el desencuentro’ en las ciudades se recrudecía y la tensión iba a más. En algunos casos, cientos de manifestantes fueron asesinados por la policía colonial y sus cómplices.

Cundió el nerviosismo. El príncipe Hassan fue desterrado a Madagascar y esto lo convirtió en un héroe para el pueblo. Pronto los hechos se encargarían de demostrar su verdadero talante dictatorial y opresor.

La situación se tensaba más y más. El sector más radical del nacionalismo pasó a la lucha armada, denominándose Ejército de Liberación de Marruecos y estrechó lazos con otros movimientos insurgentes como el argelino.

Francia, la potencia colonial, entendió que no había otra solución que conceder a Marruecos una independencia controlada que le permitiera seguir sacando provecho. Así, Mohammed V fue nombrado rey. Solicitando y obteniendo a cambio que se rompieran los vínculos con el Movimiento de Liberación Argelino.

Es más que posible que ‘las desavenencias’ entre los dos países tengan su origen en pérdidas de confianza como ésta, por no decir traición.

Las primeras medidas del reino de Marruecos fueron decepcionantes, un auténtico jarro de agua fría. Quienes cuestionaban la monarquía fueron reprimidos, el Parlamento era casi una burla, es decir, un órgano meramente consultivo y sin relevancia alguna. Las estructuras tradicionales se reforzaron. Esto provocó que las tensiones soterradas se hicieran visibles y estallaran.

El Istiqlal se escindió y los disidentes con Mehdi Ben Barka a la cabeza, crearon la UNFP (Unión Nacional de Fuerzas Populares) de inequívoca vocación transformadora, reformista e incluso socialista. Estos jóvenes políticos y sindicalistas más evolucionados y modernos, criticaban abiertamente que las estructuras semi-feudales continuaran casi intactas.

Será de utilidad conocer su programa: convocatoria de elecciones libres, una Constitución democrática, recursos para sanidad y educación que paliaran el atraso existente, reforma agraria y poner fin a la marginación secular de las mujeres, como principales reivindicaciones.

El choque contra la realidad fue brutal. Tres meses más tarde, el ‘núcleo dirigente’ fue encarcelado y sus actividades prohibidas.

Si queremos comprender la importancia de los hechos, hemos de ir a la categoría dejando a un lado las anécdotas. Para apreciar la brecha que se había abierto en la sociedad marroquí, entre los tradicionalistas, que se envolvían en la capa de la religión y los modernizadores, baste señalar una de las consignas de los ‘jóvenes revolucionarios’ que no era otra que ¡basta de mezquitas, queremos escuelas!.

Hassan II que sucedió a Mohammed V, emprendió, casi de inmediato, una feroz represión. Se dio cuenta que no era la mejor solución y mandó llamar a Mehdi Ben Barka de su exilio en París. Iba cobrando fuerza una figura, marcadamente siniestra, la del general Ufqir, que posteriormente jugaría un papel determinante en el secuestro y drástica eliminación de Ben Barka. El enfrentamiento entre ambos venía de atrás.

Mohammed Ufqir, autoritario, maniobrero y sin escrúpulos, es más que probable que pretendiera servir los intereses de compañías extranjeras, lo que no sólo le reportaría prebendas, sino que reforzaría su poder. Por eso, reprimió con saña visceral, cualquier núcleo izquierdista que entorpeciera sus planes.

Cientos de veces, se ha repetido una frase con múltiples variantes de Los cuadernos de la cárcel de Antonio Gramsci. No es otra que ‘El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer’. Los periodos de transición son fundamentales para la historia de los países. En ellos se deciden más cosas que las que se detectan a simple vista.

Gramsci tenía razón en eso, como en tantas otras cosas. Los periodos de transición marcan una hoja de ruta que, una vez puesta en marcha, es difícil alterar. Por eso, frente a todo tipo de fundamentalismos, el escepticismo es un buen antídoto. Las credulidades acríticas, que parecen de otro tiempo, siguen operativas en el nuestro. ¡Amarga lección! En estas ocasiones disponer de una buena brújula es esencial para orientarse.

Frente al atraso es necesario poner en marcha categorías conceptuales que cuestionen una realidad inmovilista. De ahí que, comprender los hechos, sea siempre el primer paso a dar, para superar el estado de cosas imperante. No es fácil ‘una fractura histórica’, más es necesario ir dando los pasos adecuados en la dirección correcta para que pueda producirse.

Quienes son conscientes de la posición que ocupan, saben que para transformar y modernizar el presente es obligado, conocer el pasado y diseñar una hoja ruta para transitar ‘de lo viejo a lo nuevo’. No es casual que surgieran en esos años liderazgos políticos innovadores capaces de correr riesgos y de no acomodarse a lo establecido.

Un historiador como Eric Hobsbawm, en su Historia del Siglo XX, describe con precisión los cambios y alteraciones que tuvieron lugar tras la II Guerra Civil Europea en los distintos países africanos.

Tras este excurso, regresemos a Marruecos. La corrupción, la represión y el atraso dejaron, como triste consecuencia, un país desolado, convertido en un polvorín en estado de inminente eclosión.

Entre tanto, Mehdi Ben Barka iba cobrando prestigio en el Movimiento Tercer Mundista. No es de extrañar que por su prestigio, fuera elegido para formar parte del Comité Ejecutivo del FSA (Fondo de Solidaridad Afroasiático) al que muchos consideran el germen del Movimiento de los No Alineados.

Su carácter luchador se ponía de manifiesto, una y otra y otra vez. Paralelamente, los cambios anunciados por el monarca marroquí, eran rápidamente olvidados. Una prueba más de que obedecían a razones tácticas, cuando no al capricho del soberano. No formaban parte, desde luego, de una estrategia política reformadora. Se aprobó una Constitución ’amañada’ y que recogía alguna de las predilecciones de la monarquía alauita, que no alteraba la inercia inmovilista.

El día a día seguía poniendo de relieve una faz pseudo democrática, por no decir, dictatorial, donde no había separación de poderes.

Se prohibía, sin ir más lejos, que la radio y la televisión dieran información alguna sobre los mítines electorales, con la excusa de que eran críticos con el poder.

El propio régimen solía amañar, descaradamente, las elecciones. Las ganaba, por ejemplo, un partido de nuevo cuño, vinculado al monarca. Lejos, muy lejos, quedaban el Istiqlal y la UNFP.

¿Cuál podía ser la reacción de la oposición ante estos atropellos? denunciar el fraude, aunque no sirviese para nada. Es más, antes de que los Diputados electos tomaran posesión de sus escaños, los más destacados miembros de los Partidos opositores eran detenidos, encarcelados y torturados bajo una acusación recurrente en todos los regímenes totalitarios. Acusarlos de terrorismo y de preparar atentados contra Hassan II.

Mehdi Ben Barka logró huir. Poco más tarde, se celebró un ‘juicio esperpéntico’. Todos los implicados fueron condenados a muerte e incluso, Ben Barka en rebeldía. Como prueba de magnanimidad e indulgencia, Hassan II indultó a todos menos a Ben Barka.

La rueda continuaba girando aparentemente, más nada se movía. Era una mera ilusión óptica. De nuevo, Hassan II arteramente, volvió a anunciar que pondría en marcha reformas. Poco después, cambió otra vez de opinión, decretando el estado de excepción y disolviendo el Parlamento. Formó un nuevo gobierno autoritario, baste señalar que el juez que había condenado a muerte a Mehdi Ben Barka, fue nombrado Ministro de Justicia. Para completar el cuadro, el general Ufqir prosiguió sus turbios manejos desde el Ministerio del Interior. Estos hechos no deberían caer en el olvido, ya que explican algunas situaciones del presente, ‘sic transit gloria mundi’.

Sabemos, por ejemplo que el sanguinario Ufqir, participó en un golpe de Estado frustrado, contra Hassan II. Hay distintas versiones sobre su final, unas señalan que se suicidó y otras que fue rematado con cinco disparos a quemarropa. Desde luego, las traiciones y las delaciones estaban a la orden del día.

Las cosas no han cambiado en lo sustancial. Baste un ejemplo. Este ensayo no podría ser publicado en Marruecos, sencillamente porque no es una democracia y porque no existe libertad de prensa y el control de los medios de comunicación es férreo. La censura no solo aprieta, sino que ahoga.

Voy ahora a describir, brevemente, el secuestro y tortura de Mehdi Ben Barka. Se conocen bastantes detalles por personas que estuvieron implicadas, aunque todavía hoy quedan algunos flecos sueltos.

Todo comenzó un 29 de octubre de 1965. Mehdi Ben Barka se desplazó a París para mantener una entrevista sobre un documental que abordaría la descolonización y que se proyectaría en la primera Conferencia Tricontinental. Un testigo presencial, concretamente un estudiante marroquí nos ha legado el testimonio de que dos policías le abordaron y le detuvieron. Nunca más volvió a saberse nada de él. Al parecer el reino de Marruecos tuvo mucho que ver y tanto la CIA como el Mossad, estaban al corriente, los servicios secretos franceses, tampoco salen bien parados.

Se conocen los nombres de los dos policías que lo detuvieron y que Ufqir y el coronel Ahmed Dlimi, aparecieron en París el día 30 en visita extraoficial.

Mehdi Ben Barka fue trasladado a una villa, torturado y asesinado. Parece incluso que su cuerpo fue disuelto en ácido para no dejar rastro.

Hubo un proceso judicial donde algunos datos relevantes y alguna que otra participación de diversos servicios secretos se escamotearon. Como es habitual en estos casos y fruto de estas maniobras, solo se sentó en el banquillo la parte emergente del iceberg. Ufqir, por ejemplo, fue condenado a cadena perpetua en rebeldía, mientras que se paseaba impunemente por Marruecos.

Hay quien considerará estas reflexiones poco pertinentes y políticamente incorrectas. Soy de los que piensan, sin embargo, que hay que ‘desvelar’ las obstrucciones a la justicia que posibilitaron que la mayoría de los culpables salieran, prácticamente, indemnes.

Hoy, más de cincuenta años después, el caso sigue abierto. La apelación a las razones de Estado, hoy como ayer, sigue actuando como cortafuegos e impidiendo que se conozcan, más y mejor, las circunstancias exactas de su secuestro y desaparición.

Para la oposición marroquí Ben Barka es un referente, un líder anticolonialista y un héroe que murió por defender ideales de transformación social.

Gramsci acostumbraba a afirmar que decir la verdad es siempre revolucionario. No se han disipado, ni mucho menos, las sospechas de la implicación de los servicios secretos franceses y marroquíes en la desaparición y asesinato del político marroquí. Es más, siguen creciendo las sospechas, prueba de ello es que el caso, aún permanece abierto en la Corte de Justicia francesa.

Me gustaría preguntarme ¿es Marruecos hoy un aliado fiable? Dejo al lector la respuesta a este interrogante.

Desde luego, los métodos de los viejos analistas, con su sota, caballo y rey, hace tiempo que quedaron esclerotizados y que han dejado de ser útiles y funcionales.

No obstante, considero que hay que seguir insistiendo en que donde la administración de justicia es de baja calidad, servil e incluso corrupta, se establece un cortafuego que impide el acceso a una democracia que merezca tal nombre.

En determinados lugares del Planeta –algunos no muy lejanos- puede afirmarse que no es que la democracia esté en crisis, sino que se sustituye, con frecuencia, por un gigantesco vertedero.

Agradezco a El Obrero la publicación de estas reflexiones. A la altura de la segunda semana del mes de junio de 2022, considero un acto de coherencia lo aquí planteado.

No quiero incurrir ni en una ingenuidad fuera de lugar, ni en un silencio cómplice, sino contribuir a poner de manifiesto una serie de contradicciones con las que, querámoslo o no, hemos de lidiar.

Profesor Emérito de Historia de la Filosofía, Colabora o ha colaborado en revistas de pensamiento y cultura como Paideía, Ámbito Dialéctico, Leviatán, Temas de Hoy o la Revista Digital Entreletras.

Ha intervenido en simposios y seminarios en diversas Universidades, Ha organizado y dirigido ciclos de conferencias en la Fundación Progreso y Cultura sobre Memoria Histórica, actualidad de Benito Pérez Galdós, Marx, hoy. Ha sido Vicepresidente del Ateneo de Madrid y actualmente es Presidente de su Sección de Filosofía.

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