Este artículo forma parte de una serie de textos que estudian la muerte en la Edad Media desde el punto de vista de la historia del arte y parten de un proyecto de investigación sobre el arte funerario en las catedrales de León y Castilla.
Si uno era noble en el siglo XI en España y fallecía, ¿dónde se enterraba? No en el interior de las basílicas porque el Concilio de Braga del año 561 lo prohibía. Descartada esta opción, el claustro se postuló como un espacio idóneo para el descanso eterno y la espera del Juicio Final.
¿Qué son los claustros?
El Tesoro de la lengua castellana o española de Sebastián de Covarrubias definía el claustro como “el patio cercado de las iglesias, monasterios, y casas de religión, y encerramiento”. En íntima relación, este autor definía la clausura como “el encerramiento de algún lugar religioso, o monasterio”. Este concepto remite al uso original de los claustros: eran patios cuadrangulares con galerías cubiertas, anejos al templo, que articulaban las dependencias monásticas o canonicales y permitían la circulación entre ellas.
Esta función perduraría en aquellos lugares en los que se convivía en comunidad: monasterios y catedrales cuyos canónigos vivían bajo una regla. En paralelo a las funciones litúrgicas, procesionales y de tránsito entre estancias, los claustros también fueron cementerios para los miembros de estas comunidades. Con el paso del tiempo, igualmente tuvieron acceso a ellos familiares y benefactores.
Desde el siglo XII, los cabildos catedralicios comenzaron un proceso de secularización. Esto implicaba la desaparición de la vida en comunidad al modo de los monasterios. En Palencia y León sucedió desde 1100 y 1120, respectivamente, mientras que en Pamplona no ocurriría hasta el siglo XIX. Perdida la vita communis, surge el modelo de “claustro-cementerio” sin dependencias, dedicando toda la superficie posible a sepulturas de cualquier miembro de la población que se lo pudiera costear.
Ya en los claustros monásticos se habían abierto lucillos funerarios (nichos), pero el de la catedral vieja de Salamanca los sistematizó en el siglo XII. Se concibió como un conjunto cementerial: el muro se articula mediante nichos o arcosolios listos para la venta. El comprador colocaría su sepulcro en ellos, que podría monumentalizar con pintura o escultura. Así, prácticamente se convertían en capillas funerarias.

Con la arquitectura gótica se hizo más compleja la articulación de los muros, porque sobresalen bastante los pilares, como en el claustro de la catedral de Burgos, del siglo XIII. Esto hacía que los huecos tuviesen mayor profundidad y resultasen en una estampa más magnificente. Asimismo se construyeron claustros meramente cementeriales en iglesias parroquiales y colegiales.
La fama del claustro
El claustro fue el lugar al que los laicos tuvieron un acceso inicial más generalizado para enterrarse, antes de que en el siglo XIII se empezaran a obviar las restricciones del Concilio de Braga y se abriera la veda a la sepultura en espacio sagrado.

En la catedral de León, el templo está colmado de sepulturas episcopales. Sin embargo, el claustro recibió los restos de canónigos y de laicos benefactores de la sede, incluyendo varias mujeres. Las familias nobles, preocupadas por exaltar su linaje, urdían estrategias de patronazgo, memoria y representación social. Estas iban desde la heráldica, que buscaba mostrar a quienes pasaban por delante de quién era la sepultura, hasta la compra de capillas privadas.
Claramente, la acogida de enterramientos en las instituciones suponía un factor muy importante: el económico. Los ingresos en concepto de derechos de sepultura o de compra de nichos eran elevados. Con el tiempo, se abrirían capillas privadas de carácter funerario en las galerías. En la catedral de Toledo, en el siglo XV, estaba sistematizado el precio a pagar por una sepultura según su ubicación en el claustro, dentro de una clara jerarquización topográfica y presupuestaria.
Fruto de la donación de dinero o bienes, que podían disponerse en los testamentos, se abría la opción de instituir misas, aniversarios y procesiones para la memoria y salvación del alma. En ellas, el clero se desplazaba hasta la sepultura del fallecido para rezar un responso por él.
La fuerte devoción a instituciones concretas atraía numerosos enterramientos, como sucedió en el claustro-cementerio del monasterio de San Benito el Real de Valladolid, fundado en 1390. El cronista español Fray Mancio de Torres afirmaba en 1622 que “quien podía tener sepoltura en San Benito de los Beatos, le parecía que estaba cierto de su salvación”, pero “más si se podían sepultar en el claustro”. Este autor vio “muchos religiosos ancianos que no se atrevieron a pasar ni pisar aquel claustro diciendo que era sepoltura de santos”.
La importancia de la iconografía
Con todo, el fin era alcanzar la redención y salvación del alma. La iconografía de los claustros, como el de la catedral de León, así lo demuestra. En él, los arcosolios, el ciclo pictórico de Nicolás Francés del siglo XV y las figuras e inscripciones de las bóvedas, renovadas en el siglo XVI, avanzan hacia este sentido escatológico y salvífico. Las mencionadas pinturas mostraban el año litúrgico completo, con especial énfasis en la Pasión y Gloria de Cristo.
Los epitafios atraían la atención del clero en esas procesiones dentro de la liturgia de difuntos. Muchos de los textos lanzaban alabanzas al fallecido y apelaban a la piedad del lector. Por su parte, hay figuras que, como Sansón, tienen una fuerte carga simbólica, como si fuesen una versión anterior de Jesucristo y de su victoria sobre la muerte. Igualmente, estos espacios funerarios eran perfectos para representar danzas macabras, así como apóstoles, evangelistas, la Virgen y otros santos, entendidos como intercesores.

Y, finalmente, el alma llegaría al lugar deseado, en perfecta conjunción con el jardín que se encontraba en el centro de las galerías. Como este era casi una representación edénica del Paraíso, para él se traían plantas y árboles de otros lugares. Al de la catedral toledana llegaron arrayanes, cipreses y laureles de Santa María de Guadalupe. Además, eran habituales los pozos o norias hidráulicas en estos vergeles.
En algunos casos, se ha perdido esa naturaleza claustral, pero en la mayoría de claustros se mantiene. El ejemplo más significativo es el de Santo Domingo de Silos, a cuyo ciprés dedicó el santanderino Gerardo Diego el soneto “El ciprés de Silos” (1924), cargado de connotaciones ascensionales y espirituales en relación con el alma.
Adrián Celis Crespo, Investigador Predoctoral en Formación, Universidad de León
Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation.





