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La situación de los principales Estados europeos en la Restauración


(Tiempo de lectura: 2 - 3 minutos)

En esta pieza realizaremos un repaso de la realidad interna de los principales Estados europeos en la época de la Restauración hasta el inicio de las oleadas revolucionarias, que van desde 1820 a 1848.

En Rusia solamente se liberalizó muy tímidamente la situación en Polonia con el establecimiento de una Carta Otorgada en 1815 con un ejecutivo controlado desde San Petersburgo y con un virrey que era el hermano del zar. En el resto del Imperio la autocracia rusa se reforzó, persiguiéndose cualquier conato revolucionario o simplemente reformista.

Prusia sí planteó algunas reformas, pero muy controladas. Ciertamente, se abolió la servidumbre hereditaria de los campesinos, se suprimieron los gremios y los monopolios señoriales y se reorganizó la hacienda. En principio, aunque Prusia podía presentarse como el Estado menos fuerte de los que organizaron la época de la Restauración, en el Congreso de Viena consiguió territorios en el oeste y el este, que la convirtieron en una verdadera potencia alemana, especialmente en el norte, y que tendría mucho que decir después del período que aquí estudiamos.

Austria, gobernada por Metternich, era un Estado muy grande, pero complejo porque bajo la autoridad del emperador agrupaba un mosaico de pueblos: alemanes, checos, eslovacos, italianos, polacos, húngaros y rumanos. Aunque se pudo mantener la unidad, combinando autoritarismo y habilidad, este factor de la diversidad siempre pesó, y más frente a una Prusia más cohesionada.

Como hemos visto, en el Congreso de Viena se creó la Confederación Alemana, que venía a suceder al Sacro Imperio Romano Germánico, incluyendo a treinta y nueve Estados, con Prusia y Austria, sin olvidar las ciudades-Estado, así como áreas no alemanas, mientras dejaba fuera otras zonas de habla alemana. Se creó una Dieta, con sede en Francfort y presidida por Austria, pero su labor fue un fracaso, porque no se pudo poner en marcha ni un ejército ni unas leyes de tipo constitucional comunes. En realidad, la Confederación terminó por ser un instrumento de las políticas prusianas y austriacas de signo autoritario. Tanto las tendencias liberales como las nacionalistas consideraban que era un verdadero obstáculo a derribar.

España terminó la Guerra de la Independencia con la esperanza de que el sistema político diseñado en las Cortes de Cádiz se pusiera en marcha, pero en aquella Europa y rearmados los poderosos sectores absolutistas internos, se frustraron los deseos contenidos en la Constitución de 1812, inaugurándose el denominado Sexenio Absolutista. El país, con Fernando VII recién restaurado con todas sus prerrogativas, transitó entre una profunda crisis económica, agravada por los movimientos independentistas americanos, y por una política represiva contra liberales y afrancesados.

Gran Bretaña era el Estado más distinto a todos los existentes porque era una consolidada Monarquía Parlamentaria, con dos partidos, el tory y el whig, un modelo político alejado casi infinitamente de todos los demás, hasta de los menos absolutistas como el francés de Carta Otorgada. Esta particularidad hizo que los británicos no participaran en la Santa Alianza, pero también aprendieron cuestiones, derivadas de la época napoleónica e inmediatamente posterior. En primer lugar, les reafirmó en su tradicional política de dominio marítimo, pero también que no podían desentenderse de la situación continental europea, intentando evitar que surgiera un nuevo poder que rompiera el equilibrio, su gran apuesta en el Congreso de Viena, como bien defendió Castlereagh, aunque terminó desilusionándose por el marcado carácter autocrático en las intervenciones de las potencias absolutistas.

Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.

Premio Mejor Aliado 2024 de la Asociación Blanco, Negro y Magenta.

 


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