Sobre el republicanismo, el servicio desinteresado al Estado y Azaña, según Araquistáin
- Escrito por Eduardo Montagut
- Publicado en Historalia
Continuamos con el análisis de Luis Araquistáin de la figura de Manuel Azaña en el artículo que le dedicó en el número de septiembre de Leviatán de 1934.
Después de haber estudiado el concepto que tenía Azaña sobre el servicio republicano del Estado en el que no se debía esperar recompensa alguna y donde no cabían los amigos, Araquistáin reflexionaba sobre si esa idea del servicio impersonal y desinteresado al bien público era compartida o no por los republicanos. Para el socialista el republicanismo español había heredado, sin darse cuenta, el concepto patrimonial o privado del Estado, aunque habría excepciones. Pero los partidos republicanos de los últimos treinta años no habrían querido tanto derribar la monarquía por un sentimiento de dignidad histórica y de justicia social como porque en el régimen no hallaban espacios a sus “apetitos personales y sus ambiciones de vanagloria”, y si lo hallaban, como podría ser claro en algún “prohombre republicano histórico” a su sombra vivían de forma parasitaria, como la “oposición republicana de Su Majestad”, es decir, que Araquistáin era demoledor con la mayoría del republicanismo español, una opinión, por otra parte, que era bastante común y venía siendo así desde el pasado en el seno del socialismo español.
Los problemas de la República vendrían en gran parte de esa concepción patrimonial del Estado y la política. La Monarquía había legado a la República sus vicios y taras. A la mayoría de los líderes republicanos les movía la “plataforma histriónica y las delicias del poder”. Azaña habría dicho que, si los ministros tuvieran que ir al parlamento disfrazados, es decir, gobernar sin publicidad y en absoluto desinterés, a lo sumo por un jornal, se quedaría casi solo, como, en realidad, así se encontraba en el presente, añadía Araquistáin. Por eso era la clase obrera la que más estimaba a Azaña porque en la misma era donde más vivo se encontraría el sentimiento de servicio a la colectividad. Los trabajadores estimaban a Azaña, a pesar de las discrepancias ideológicas, por su ética política, incluida su ética privada y por su carácter.
Pero también era estimado por el placer de actuar y de amar la obra hecha. Esa era la psicología del buen obrero, como la mayoría de los españoles, que serían amantes apasionados de la obra política y de la obra social. Azaña era un buen obrero. Y lo era por estas palabras:
“Nos ha sostenido, señores diputados, esa pasión íntima, que yo no sé describir, que consiste en el placer inefable de crear cosas, de sacar a la vida cosas inexistentes, pero necesitadas por la conciencia nacional y por el espíritu público ; nos ha sostenido el ansia, el placer, el goce, que unas veces es de artistas y otras de modestos artesanos, de hacer las cosas mejores que eran antes de venir a nuestras manos, y he sentido en muchas ocasiones el placer, casi hasta las lágrimas, de que una cosa mía, una cosa que yo había hecho, dejaba otras anteriores mejor que estaban, y decía para mí: —Nadie sabrá que lo he hecho, pero el que venga lo encontrará—. Esto, señores diputados, es lo que alienta a servir, porque delante del Estado de la República no hay más que eso: servir y llevar, a los menesteres más humildes y más prosaicos de los que gobiernan, una llama, un rayo de esa pasión republicana y española, que debe brillar siempre en el ápice de nuestras almas, y si no brilla esa pasión, ¡ah!, entonces la política, la República, el Estado y el Gobierno no son más que una grotesca danza de apetitos personales.”. (Cortes, 2-10-1933.)
Seguiremos.
Eduardo Montagut
Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.
Premio Mejor Aliado 2024 de la Asociación Blanco, Negro y Magenta.
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