Talleyrand. Introducción. II
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Historalia
Pocos personajes históricos ha tenido el honor de ser tan despreciados y, considerados tan odiosos como Charles-Maurice de Talleyrand-Périgord (1754-1838).
Algunos lo han admirado por esnobismo o por llevar la contraria y, otros se han dejado fascinar por él, como el ratoncito por la boa. También hay quienes le compadecen por su “vocación forzada” y “su infancia sin amor”. Pocos, en cambio, han hecho un esfuerzo por “entenderlo”, quizá por no caer en aquello que decía Mme. de Staël: “Comprenderlo todo es perdonarlo todo”. Y, ciertamente, Talleyrand hizo cosas difícilmente perdonables, unas veces porque no le quedó más remedio y, otras porque no halló razón suficiente, apara abstenerse de hacerlas. Más o menos maltratado por el mundo en sus primeros años, no se anduvo con remilgos, a la hora de ajustar cuentas con este mismo mundo. Su aspecto espectral y su cojera, no lo hacían especialmente atractivo a la vista, salvo para la infinidad de mujeres a las que fascinó.
Dice un proverbio africano: “Eres hijo de tu época más que de tu padre”. El longevo Talleyrand fue hijo de muchas épocas y, de muchos mundos. Fue a la vez contemporáneo de Voltaire, de Mirabeau, de Bonaparte, de Lamartine y de Balzac. Paradójicamente, aunque siempre estuvo comprometido con su presente (un presente infinitivamente cambiante: recordemos todo lo que pasó entre febrero de 1754 y mayo de 1838 en Europa, en el mundo y, sobre todo en su Francia natal), permaneció “inmutable”. Emmanuel de Waresquiel – para mí un historiador fascinante – subtitula su biografía ejemplar de Talleyrand “Le prince immobile”, porque hay algo en él fijo, estático, seguro, que, en última instancia, acaba por convertirlo, en el único “asidero” de su país, frente a tantos hechos que agitaron Francia, a lo largo de medio siglo.
Solo fue infiel a cuanto le pareció efímero, en el mundo que dejó tras de sí la Revolución: Iglesia, políticos, regímenes, discursos y juramentos. Fue, en cambio, en muchos aspectos, el guardián infatigable de su país y, del fuego de la civilización gala con su culto a la libertad, las artes, la industria, la riqueza – ya fuera mejor o peor adquirida – e, incluso, a la gastronomía. Cargado de vicios y, extraordinariamente inteligente, su cinismo descarado fue lo que le granjeó más enemigos. Se le ha criticado, mucho más que su cojera física, de la que no tuvo la culpa, la “cojera moral” de su comportamiento sinuoso. Desde muy pronto intuyó, que los meandros (y no los caminos rectos e iluminados) son la ruta más segura hacia el éxito. A su alrededor, en torno a su cabellera empolvada, que nunca abandonó, un enjambre de avispas alborotadas le llamaba “traidor, traidor” a gritos, como en una comedía de Aristófanes. Pero veamos ¿a quién traicionó realmente? A traidores. En política cualquier innovación es siempre una traición (veamos lo que hoy sucede en nuestra política) Como él mismo afirmó, “afortunadamente las leyes se dejan violar sin que griten”.
Pues eso.
(Continuará)
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.