¿Fue un fracaso el siglo XIX español? (V)
- Escrito por Francisco Martínez Hoyos
- Publicado en Historalia
Lo que parece buen negocio ahora no tiene por qué serlo al cabo de un tiempo. A Carlos III le pareció buena idea ayudar a Estados Unidos a independizarse de Gran Bretaña. A primera vista, todo eran beneficios para el rey así fastidiaba a sus enemigos ingleses. El monarca no tuvo en cuenta que así facilitaba que algún día sus propios dominios americanos quisieran separarse de España. ¿Por qué iban a seguir atados a una lejana metrópoli cuando podían seguir el ejemplo de sus vecinos del norte? No obstante, en un primer momento, América siguió siendo una balsa de aceite con la excepción de unos pocos rebeldes, caso del venezolano Miranda o del peruano Viscardo. La situación empezó a complicarse cuando, a raíz de las guerras con los británicos, Madrid no pudo asegurar las comunicaciones ultramarinas.
La pérdida de Trinidad, en 1797, supuso un fuerte golpe simbólico para los criollos. Si ellos constituían una parte de la monarquía, ¿cómo es que se cedía aquella isla a una potencia extranjera y se daba entender así que los territorios americanos eran intercambiables y, por tanto, prescindibles? Aun así, la fidelidad a España se conservó más o menos intacta, aunque ya empezaban a difundirse las ideas de Libertad, Igualdad y Fraternidad. En 1808, José de San Martín, el futuro libertador argentino, combatía contra los franceses a la batalla de Bailén. Andrés Bello, futuro prohombre de la independencia venezolana, escribía por entonces un hermoso soneto dedicada a aquella victoria de las armas hispanas.
Pero, puesto que en la península había un vacío de poder, los americanos se sintieron legitimados para tomar sus propias decisiones. Los primeros intentos secesionistas se saldaron con tremendos desastres, no solo por las derrotas en el campo de batalla. Los criollos defendían al principio un programa clasista que no tenía por qué entusiasmar a los indios, a los negros y los mulatos. ¿Por qué las clases subalternas debían apoyar a unos independentistas que eran la misma gente que les explotaba en el día a día?
España hubiera podido aprovechar esta división con una política inteligente. Hizo exactamente lo contrario. Aunque las Cortes de Cádiz definían la nación como la reunión de los ciudadanos de ambos hemisferios, no se reconoció a los habitantes del Imperio una representación proporcional a su peso demográfico. Los peninsulares no querían perder su hegemonía. Por eso no consintieron en que España se convirtiera en una región más de algo que hubiera sido mucho más grande.
Los recursos procedentes de América seguían siendo necesarios. Aunque se habla poco de ello, la plata americana contribuyó a financiar la lucha contra Napoleón. En los territorios ultramarinos se hablaba de “independencia” respecto a los franceses, no tanto en relación a los españoles.
Tras la Guerra de la Independencia, el país estaba, obviamente, exhausto. Aún así, se hizo un esfuerzo militar inaudito para recuperar las colonias. Un poderoso ejército, a las órdenes del general Morillo, cruzó el Atlántico. Sin embargo, sus victorias se malograron por la política de represión brutal, que enajenó a la causa hispana muchas simpatías. Fernando VII, mientras tanto, compró barcos rusos para proseguir con su ansiada reconquista. Muchos de estos navíos no entraron en funcionamiento. Se dijo que estaban podridos, pero todo parece apuntar a que no se hizo el necesario mantenimiento. En 1820, un ejército que esta preparándose para ir a América se sublevó e inició el Trienio Liberal. Los nuevos gobernantes creyeron, ingenuamente, que bastaba implantar de nuevo la Constitución de Cádiz para que los americanos regresaran al redil de la madre patria. Era ya demasiado tarde para eso.
Una historia demasiado simple a tendido a contraponer a los españoles reaccionarios con los americanos progresistas. No fue exactamente así. Entre los españoles también se contaban liberales que aspiraban a un sistema constitucionales. A su vez, encontramos independentistas con ideas manifiestamente conservadoras. Incluso se trazaron proyectos para crear monarquías. Ninguno de ellos llegó a prosperar.
La derrota en Ayacucho del último virrey del Perú marcó el fin del dominio español. Contra toda a esperanza, los hombres del general Rodil siguieron resistiendo en El Callao mientras se comían hasta las ratas. En Madrid, por desgracia, Fernando VII seguía sin enterarse de lo que realmente sucedía. Obsesionado con lo que era imposible, envío a México una ridícula expedición al mando de Isidro Barradas que se saldó con el esperable fracaso y espantosas pérdidas humanas. Murieron la mitad de los participantes.
España, en adelante, se vería reducida a la condición de potencia de tercera categoría. Sin la plata americana, además, se despeñó hacia el desastre financiero. Si alguien pensó que las cosas no podían ir peor, pronto vio que se equivocaba. La propia península iba verse sumida en los horrores del conflicto civil con la Primera Guerra Carlista. Se conservaron Cuba y Puerto Rico, en las que iban a cometerse los mismos errores. En lugar de tratarlas como las provincias peninsulares, se las sometió a leyes de excepción. En 1898 se recogerían los frutos de tantos desaciertos.
Francisco Martínez Hoyos
Francisco Martínez Hoyos (Barcelona, 1972) se doctoró con una tesis sobre JOC (Juventud Obrera Cristiana). Volvió a profundizar en la historia de los cristianos progresistas en otros estudios, como su biografía de Alfonso Carlos Comín (Rubeo, 2009) o la obra de síntesis La Iglesia rebelde (Punto de Vista, 2013). Por otra parte, se ha interesado profundamente en el pasado americano, con Francisco de Miranda (Arpegio, 2012), La revolución mexicana (Nowtilus, 2015), Kennedy (Sílex, 2017), El indigenismo (Cátedra, 2018), Las Libertadoras (Crítica, 2019) o Che Guevara (Renacimiento, 2020). Antiguo director de la revista académica Historia, Antropología y Fuentes Orales, colabora en medios como Historia y Vida, Diario16, El Ciervo o Claves de Razón Práctica, entre otros.