Thor Heyerdahl y “Rapa Nui”. XIV
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Historalia
El análisis de las cenizas de una primitiva hoguera, localizada en el eres de Vinapu, mediante el procedimiento del carbono 14 proporcionó, una vez más, resultados chocantes. El muro central del “abu” principal, con su sillería de estilo incaico, había sido levantada en el año 857 de nuestra era. Correspondía en consecuencia, al periodo arquitectónico más antiguo, lo cual contradecía todas las teorías establecidas hasta ese momento. Bill Mulloy encontró pruebas de que el conjunto, fue posteriormente reedificado y ampliado dos veces, por unos arquitectos mucho menos diestros, que ya no dominaban la fina técnica de sus antepasados. Así que, fueran éstos quienes fueran, tragados o no por el tiempo, sus huellas comenzaban a manifestarse. Primero la fosa de Iko. Ahora Vinapu. La historia de la isla de Pascua, aflojando los barrotes de su estrecha cárcel hasta la fecha, empezaba a adquirir perspectiva.
Los de Vinapu no fueron, ni mucho menos, sucesos aislados. Hasta que la expedición noruega hizo acto de presencia, en la tierra de Hotu Matua, uno de los misterios más relevantes, inherentes a las estatuas, era su fidelidad a un modelo único, el llamado clásico, ejemplificado en la cantera del Rano Raraku. El parecido de unas con otras, además de palmario, resultaba obsesionante. Fuera de Rapa Nui no existía en todo el mundo, nada que armonizase con aquel monumental conjunto de figuras. Debido a esta circunstancia, la mayoría de los investigadores no era reacia, a la idea de que podían haber sido concebidas, de principio a fin, por los propios moradores del Ombligo del Mundo, por compleja e inimaginable, que esta empresa pareciera.
Pero he aquí, que los arqueólogos empezaban a desenterrar estatuas muy alejadas del modo clásico. Edwin Ferdon, del Museo de Nuevo México – el único de los tres profesores estadounidenses, al que Heyerdahl conocía personalmente antes de partir de Noruega – encontró una original cabeza sonriente en Orongo, el centro ceremonial de los “tangata manu” (hombres pájaros) situada en la cumbre del volcán Rano Kao, en el vértice occidental de la isla. Tras tallas igualmente singulares, iban apareciendo emparedadas en el interior de los muros, de diversos “abu”. El padre Sebastián recordó, de pronto, haber visto un par de figuras humanas cinceladas en duro basalto negro, a tamaño natural. Dentro de la propia Hanga Roa, la única aldea de Rapa Nui, el religioso alemán y los indígenas, ayudaron a Heyerdahl, a izar una vieja estatua de “bani-bani”, el material utilizado para labrar la imagen descabezada de Vinapu, correspondiente, lo mismo que esta última, a un tipo primitivo, del que nadie había visto otro ejemplar, ni siquiera de rasgos similares.
El broche de oro, a esta sucesión de anómalos hallazgos lo puso, como no podía ser menos, el que se produjo en la mismísima cantera del Rano Raraku. Un par de ojos en un vulgar resalte de roca, era lo único que se distinguía, cuando la brigada de trabajo, comenzó a excavar. “Antes de eso” se asombra Heyerdahl, “miles de personas habían pasado por allí, sin darse cuenta de que la piedra los miraba y, sin ni siquiera soñar, que, en el subsuelo, se hallaba el resto del gigante”. Porque de uno de ello se trataba, como todos pudieron comprobar, una vez que fue exhumado, se su azarosa tumba. Sólo que no poseía ningún rasgo que le identificara, con el resto de sus hermanos de cuna. La estupefacción de arqueólogos y nativos iba en aumento y, alguien corrió en busca del padre Englert y, del gobernador Curti, paraque compartieran con los demás, aquellos instantes irrepetibles.
Salvo por sus cuatro metros de altura y, sus diez toneladas de peso, el nuevo moái rompía todas las normas vigentes, en los seres de piedra del Rano Raraku. Su cuerpo estaba completo, con pierna incluidas. La cabeza era de trazos redondeados y, en su mentón lucía una perilla de chivo, que restaba dureza a su expresión. A diferencia de los demás, tapaba su desnudez con una especie de poncho y – lo decididamente revolucionario – en una postura genuflexa. ¡Un moái “tuturi” (arrodillado)! Jamás se había visto nada semejante. Pero allí estaba, delante de todos, “en una posición llena de naturalidad”, describe Heyerdahl, “con sus gruesas nalgas descansando sobre sus talones y sus manos colocadas sobre las rodillas en vez de descansar sobre el vientre”.
Pues eso.
(Continuará.)
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.