Los griegos. Heráclito. XXXIX
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Tribuna Libre
Junto con la tierra, el agua y el aire, que representan los tres estados elementales de la materia: sólido, líquido y gaseoso respectivamente, el fuego sería más bien la fuerza, que permite la transformación de unos en otros: cerca del fuego lo sólido se hace líquido y lo líquido gaseoso, mientras que, a medida que el fuego se aleja, lo que era gaseoso se torna líquido y, lo líquido sólido (Esta capacidad del fuego, como transformador de la materia, a la vez que su dualidad como dador de vida y muerte, se manifiesta especialmente, en el culto a la Tierra Madre, de los misterios de Eleusis). En este sentido, aparece como algo diferente, de todos los estados que asume la materia y, se presenta como una “fuerza creadora”, con actividad y vida incesante.
Los primeros filósofos buscaron sin excepción, un primer principio que fuera sutil, flexible y maleable: así el “agua” de Tales, el “aire” de Anaxímenes, el “ápeiron” de Anaximandro y, el “fuego” de Heráclito. Este último, sin duda, debió parecerle al filósofo efesio, el más móvil y activo, incluso en su quietud, quizá a eso se refiera, este enigmático fragmento:
“Su reposo es cambiar”
No podemos precisar el primado cronológico del fuego, puesto que siempre “fue”, “es” y “será”, pero si su primado ontológico, puesto que es “principio”, en el sentido de fundamento. Lo que parece claro, es que el fuego no es simplemente, un principio material (Aristóteles tiene razón al afirmar que Heráclito, denominó “fuego”, al “principio” de todas las cosas. Si bien, su propia concepción de las cuatro causas, le ha llevado a encasillar este fuego, dentro de los cuatro elementos naturales, tratándolo como un principio, netamente material). El fuego pues, sería ante todo un símbolo, que permite dar a comprender su pensamiento, mejor que cualquier otro. Se trata tanto del principio del cambio, como de aquello que permanece, a todo cambio.
Resulta significativo, que Prometeo robara el fuego a Zeus, entregándoselo a los hombres y, no otro elemento, símbolo de la creación, de la capacidad humana, para transformar la naturaleza y, de la propia libertad, pero también de la imprudencia, la desmesura y la discordia. Es interesante destacar que, según este mito, el fuego no es un producto natural, sino un regalo, algo que viene “extra naturalmente” al hombre, algo que supera la capacidad y la invención humana. El hombre no descubre propiamente al fuego, sino que utiliza el fuego celeste, por lo que hay que concluir, en consecuencia, que hay sólo un fuego, el divino, del que procede el humano.
En esta misma línea, posiblemente nos encontremos, ante uno de los primeros intentos, de explicar racionalmente, lo que antes se aceptaba, de un modo mítico-religioso, pero no ante una imagen del puro devenir, incesante y destructor, ciego e insensato, como proponen Nietzsche y Spengler, puesto que se trata de una actividad creadora, que se desarrolla “según medidas”
Pues eso.
(Continuará)
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.