Monty. El muchacho de la boina. II
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Historalia
Monty cada vez era más revoltoso y travieso. A una disputa seguía otra, y cada cual terminaba, con el inevitable culatazo del orgullo herido. Saltaba a la vista que había heredado, en alto grado, la poderosa voluntad de su madre. Así que el choque entre los dos, era inevitable.
Exteriormente no había nada dramático en todo eso. Las travesuras y fechorías de Bernard, eran las propias de los muchachos de su edad. En cierta ocasión, excitado a más no poder, persiguió a una niña por la casa con un cuchillo de trinchar (mucho después la víctima dijo, que se había sentido tan acosada como Rommel). Parecía incapaz de decidirse a tomar la vida, tan pacífica y tranquilamente como sus hermanos. Para él todo incidente constituía un duelo. Toda pendencia se convertía, en una batalla personal. Ni él ni su madre cederían. Bernard podía aceptar la costumbre, pero detestaba la manera cómo era aplicada. Y desafiando a su madre, se encontró luchando, infructuosamente, contra una voluntad que era exactamente, tan poderosa como la suya. Se daba cuenta de que era malo, pero se sentía incapaz de frenarse. Algo muy fuerte, irresistible, le empujaba a poner a prueba, todo cuanto se presentaba, en el área de sus preocupaciones.
El problema era igualmente difícil para la madre. Pensaba que su deber consistía, en ser más bien dura que indulgente con él. Y como ocurre muchas veces, en las relaciones entre padres e hijos, el muchacho la llevaba al límite máximo de la exasperación. Entonces, desde la cima de la escalera, le llamaba con voz imperiosa: “¡Bernard, ven!”. Bernard subía los peldaños con aire resuelto y firme y, después de haber recibido la consiguiente paliza, dominándose aún, pero temblándole los labios, bajaba de nuevo la escalera.
Posiblemente, Bernard hubiera rechazado cualquier control, al que se le intentara someter, in- cluso en tan tierna infancia. No podía soportar la represión; le sacaba de quicio. Pero a veces se sentía solo y desgraciado y, sin darse cuenta, experimentaba la necesidad de un mayor afecto, que el que ordinariamente encontraba. En ese oscuro y hermético mundo de la niñez, se estaba formando un carácter.
Mirando hacia atrás, muchos años más tarde, Maud Montgomery escribió: “Apenas necesito decir que Bernard a menudo fue díscolo, exactamente lo mismo que los otros niños”. Donald, su hermano mayor, fue más explícito: “Era el malo de la familia; perverso por naturaleza, e individualista por carácter”.
Pues eso.
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.