Monty. El muchacho de la boina. I
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Historalia
Queenie, la hija mayor de los Montgomery, cayó gravemente enferma. Los mayores cuidados y atenciones, no pudieron superar, los efectos demoledores de un largo viaje y, tres semanas después del desembarco, la pequeña falleció.
Esa inesperada desgracia, fue la señal de alarma, que hizo que Maud Montgomery, intensificase la decisión de proteger y preservar a su familia, en ese extraño mundo colonial. Se puso inmediatamente a organizar la casa. Se construyó una sala destinada a servirle de escuela y llegaron, procedentes de Inglaterra, maestros e institutrices. Aunque eran muy escasos, los que permanecían allí más de un par de años.
Se procuraba, por ejemplo, que los niños no adquiriesen el acento australiano. Cuando Bernard pronunciaba mal una palabra, se le mantenía en pie delante de la familia y, se le hacía repetirla incesantemente, hasta que acababa por pronunciarla debidamente. A los niños australianos, se les caían los dientes muy pronto. Quizá fuera debido a la cal del agua, o a otra cosa; pero Maud Montgomery, decidió que era por comer dulces. Como consecuencia, los prohibió totalmente a los niños.
Poco a poco las reglas fueron extendiéndose, hasta que no quedó ningún momento del día, que no y estuviera organizado y disciplinado. Los niños se levantaban al rayar el alba. Limpiaban las habitaciones, cepillando los zapatos y astillaban leña para el fuego. Las lecciones empezaban a las siete y media, seguidas de una inspección de los dormitorios y, luego, se dirigían a la capilla. A continuación, el desayuno y, de nuevo, las lecciones durante toda la mañana. Al mediodía, la comida familiar, con el obispo a la cabecera de mesa. Por la tarde, los niños jugaban un rato. Después la cena; ahora los niños comían en el aula. Y, finalmente, el día terminaba a la misma hora, con las oraciones familiares.
Una verdadera vida cristiana, se aproxima a una concepción espartana de la existencia. Pequeñas indisposiciones, no podía ser admitidas, como pretexto para faltar al conjunto de los deberes cotidianos. Así se les fue enseñando a los pequeños. Sabían que, si se despertaban por la noche, a causa de un ligero malestar, les estaba prohibido llamar a la madre; tenían que aguardar hasta que se hiciera de día. Si malgastaban el dinero que se les daba, recibían la correspondiente zurra.
Pues eso.
Continuará.
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.