¿Fue un fracaso el siglo XIX español? (IX)
- Escrito por Francisco Martínez Hoyos
- Publicado en Historalia
Imaginemos que alguien diera la vuelta al manido argumento de “España nos roba” y acusara, de lo mismo, a Cataluña. En el siglo XIX eso fue lo que sucedió. Los diversos intereses económicos regionales, al colisionar, suscitaron comentarios críticos. Gente como, por ejemplo, Joaquín Costa, se quejaba de las leyes que protegían la industria catalana perjudicaban al resto del país. Porque obligaban a comprar productos textiles demasiado caros, cuando hubiera sido más rentable adquirirlos en el extranjero. Se iniciaba así, según esta hipótesis, un círculo vicioso: los precios demasiado altos impedían la creación de un mercado interior al constituir una traba para el consumo.
Costa no era el único en pensar así. Benito Pérez Galdós, en carta al novelista Narcis Oller, decía que correspondían a los castellanos las verdaderas razones para el separatismo. No a los catalanes, porque ellos eran “los hijos mimados de la nación”. El resto del país estaba obligado a comprar sus productos, sometido “a las exigencias de una industria que no acaba de perfeccionarse”. Sin embargo, Galdós no dejaba de elogiar a Cataluña y, más en concreto, a Barcelona, en especial por su actividad industrial: “Soy de los que admiran los productos catalanes, y no de los que los desprecian sin saber lo que dicen”.
Uno de los catalanes que defendía el proteccionismo era el poeta Bonaventura Carles Aribau. En 1833, su Oda la Patria marcaría, según la historia oficial nacionalista, el inicio de la Renaixença, un movimiento similar, hasta en el nombre, a otros despertares patrióticos que se dieron en otros puntos de Europa, como el Risorgimento italiano. En realidad, el poema de Aribau, más que a la patria, estaba dedicado al patrón. Nos referimos a su jefe, el banquero Gaspar de Remisa. La nostalgia de Cataluña, en este contexto, no expresa un sentimiento nacionalista sino la típica añoranza del lugar de nacimiento, perfectamente compatible con la lealtad a España.
Aribau, de hecho, escribió a lo largo de su vida más en castellano que en catalán. No fue el único. El historiador Próspero de Bofarull, por ejemplo, publicó obras como Los condes de Cataluña vindicados, en la que ponía en valor el pasado local. Se ha hablado, a nivel historiográfico, de la existencia de un “doble patriotismo”, pero no tanto de la jerarquía entre esas dos fidelidades. España, para un catalán de principios del siglo XIX, tenía prioridad. Eso explica que, como ha señalado el historiador Joan-Lluís Marfany, fueran catalanes los inventores del nacionalismo español. Por sorprendente que ahora nos parezca, era un héroe castellano, El Cid, al que más se invocaba entonces en el Principado.
Hay que esperar a la Revolución de 1868 para que se inicie un catalanismo en el que el término tenga un sentido nacionalista similar al de la actualidad. Pero no supuso, en realidad, una aportación forzosamente progresista. La Renaixença se distinguía por su profundo conservadurismo. Se basaba en la idealización del pasado de una Cataluña gloriosa que, en realidad, nunca había existido. Al mismo tiempo, se ignoraban las realidades incómodas para las élites. Así, frente al moderno mundo industrial, se habló del campesinado como fundamento de la nación. De una nación de la que se excluía lo castellano, por más que estuviera presente en la vida cotidiana. Para los nuevos nacionalistas, había que catalanizar Cataluña para que esta se pareciera no a lo que realmente era sino a lo que debía ser, en función de determinados prejuicios ideológicos.
El catalanismo se propuso recuperar la lengua catalana, entendida como el fundamento de la identidad de la patria. Se ha tendido a exagerar la decadencia del idioma desde los Reyes Católicos, sin tener en cuenta que su destino fue mucho más favorable que el de otras lenguas de territorios que se unieron a una entidad mayor. El caso del galés resulta muy ilustrativo. En 1536, año de la incorporación a Inglaterra, lo hablaba la práctica totalidad de los galeses. En 1990, en cambio, menos de la quinta parte. En cuanto a otros países, encontramos fenómenos de exterminio idiomático en Italia o en Francia. Tras la revolución de 1789, sucesivos gobiernos se dedicaron a suplantar el bretón o el occitano por el francés. En la Francia republicana, como diría el presidente Pompidou en 1972, no había lugar las lenguas regionales.
En su origen, el catalanismo no fue un movimiento separatista. Valentí Almirall no aspiraba a la independencia sino a rehacer España desde distintas premisas, de forma que la opresión de la uniformidad dejara paso a los lazos de la unión. Lo que buscaba era regenerar el Estado, de forma que Cataluña encajara en el mismo sin problemas. No obstante, también sostenía el antagonismo entre el carácter catalán y el castellano.
Joan Maragall tampoco fue independentista, por más que su famoso “Adéu, Espanya” se saque una y otra vez de contexto. La España de la que se despide el poeta es una España concreta, la que vive anquilosada en sus glorias pretéritas, la que permanece sumergida en el fango del caciquismo y del atraso cultural. Por tanto, podemos entender que su postura no es tanto la de un nacionalista catalán como la de un regeneracionista partidario de la solución federal. Su nieto Pasqual, el futuro alcalde de Barcelona, se situaría en esta órbita.
Otro asunto es que la historia oficial del independentismo se apropie de cualquier manifestación de catalanidad para dibujar un conflicto eterno e irresoluble entre Cataluña y una metrópoli opresora que, paradójicamente, sería más pobre que la supuesta colonia. En el siglo XIX, sin embargo, lo local no era más que una expresión de españolidad. Un Víctor Balaguer, sin ir más lejos, deseaba una historia nacional española que también tuviera en cuenta las glorias de la antigua corona de Aragón, no sólo las de Castilla.
Francisco Martínez Hoyos
Francisco Martínez Hoyos (Barcelona, 1972) se doctoró con una tesis sobre JOC (Juventud Obrera Cristiana). Volvió a profundizar en la historia de los cristianos progresistas en otros estudios, como su biografía de Alfonso Carlos Comín (Rubeo, 2009) o la obra de síntesis La Iglesia rebelde (Punto de Vista, 2013). Por otra parte, se ha interesado profundamente en el pasado americano, con Francisco de Miranda (Arpegio, 2012), La revolución mexicana (Nowtilus, 2015), Kennedy (Sílex, 2017), El indigenismo (Cátedra, 2018), Las Libertadoras (Crítica, 2019) o Che Guevara (Renacimiento, 2020). Antiguo director de la revista académica Historia, Antropología y Fuentes Orales, colabora en medios como Historia y Vida, Diario16, El Ciervo o Claves de Razón Práctica, entre otros.